Fernando Valladares ha sido invitado por Arbil Elkartea para ofrecer una charla titulada “La civilización, la ecología, desafíos y motivaciones para arreglar el mundo. ¿Qué mundo vamos a dejar a nuestros nietos?” en la sala de conferencias de Kultur Elkartea de Deba el 5 de febrero, a las 11.00. Este encuentro se verá precedido de una charla que ofrecerá en el IMH de Elgoibar el 4 de febrero a las 9.30.
El mensaje sobre el futuro del mundo que defiende no es esperanzador. El medio ambiente está bajo amenaza. ¿Estamos a tiempo de girar el timón o ya hemos entrado en una situación de no retorno?
El futuro empieza hoy, no mañana. Yo trabajo desde lo que llamo un optimismo fundamentado, una esperanza activa. La esperanza entendida como simple espera es un desastre: ha sido utilizada como mecanismo de control social, manteniendo a la gente pasiva, confiando en que algo o alguien vendrá a arreglarlo todo. Creo en un optimismo comprometido, con propósito y base científica, no en un optimismo frívolo que nos ha llevado a pensar que todo se resolverá solo. Hay procesos que han entrado en dinámicas de no retorno a escala de tiempo humanas. El deshielo de los glaciares, la pérdida de bosques o las alteraciones en el entorno oceánico son procesos que no vamos a revertir en décadas. Eso no significa que no haya que hacer nada. Aunque no podamos recuperar los sistemas al cien por cien, siempre será mejor atenuar los impactos que dejar que todo siga descontrolado. El ejemplo de la capa de ozono es ilustrativo: no está completamente recuperada, pero está mucho mejor que hace treinta años, y esa mejora ha evitado daños enormes.
“Aunque no podamos recuperar los sistemas naturales al 100% será mejor atenuar los impactos a que siga todo descontrolado ”
En trabajos anteriores hablaba de recivilizar un mundo abocado a tres escenarios: colapso, autoritarismo o transformación. ¿En qué momento estamos?
Simplifiqué escenarios que maneja la ciencia desde distintas disciplinas. El primero es el colapso, hacia el que vamos si no hacemos nada, y del que ya vemos síntomas parciales. Entre medias aparece el autoritarismo, que ha avanzado en los últimos años. Cuando escribí sobre ello, Trump no había iniciado su segundo mandato, Putin no había invadido Ucrania y Netanyahu no estaba ejecutando un genocidio. A eso se suma el auge de la ultraderecha y los fundamentalismos. Tenemos ejemplos claros en Argentina, Hungría, Francia, Italia o España, con discursos xenófobos, machistas y autoritarios. El autoritarismo no es un todo o nada, igual que el colapso: puede ser gradual o regional, pero avanza dentro de democracias muy debilitadas. El tercer escenario sigue abierto y es el único verdaderamente esperanzador: la transformación consciente. Sabemos cómo hacerlo, la ciencia lo ha demostrado, pero no se quiere hacer.
La amenaza interior para Europa
Defiende el decrecimiento como una alternativa ineludible. ¿Qué renuncias serían reales y qué ganancias deberían percibirse para que la sociedad no se rebele ante los cambios que conllevaría?
El decrecimiento va a ocurrir, nos guste o no. No habrá agua, minerales ni materiales suficientes para sostener este modelo. La diferencia está entre una recesión caótica y un decrecimiento planificado. El decrecimiento que defendemos identifica los sectores más contaminantes y empieza por ahí. No puede recaer todo sobre el consumidor: el margen real está en la producción. Lo vemos en la energía: producimos mucha más de la necesaria y seguimos apostando por tecnologías peligrosas como la nuclear. Las grandes renuncias deben venir de las élites económicas y políticas: salarios obscenos, beneficios desmedidos, ayudas no devueltas. Para la ciudadanía los cambios no tienen por qué vivirse como pérdidas, sino como ganancias en tiempo, salud, calidad de vida y control sobre la propia vida.
Europa se presenta como referente en políticas verdes y derechos sociales. Sin embargo, vemos un giro inquietante (medidas contra la inmigración, apuesta por la energía nuclear,...). ¿Estamos siendo testigos de un paso atrás?
Europa está desorientada. No es un paso atrás, sino un avanzar sin rumbo. Tenemos auténticos caballos de Troya dentro de la Unión Europea, como Hungría, Polonia o Eslovaquia, que bloquean el consenso y vulneran derechos humanos. A esto se suma la presión de la derecha en países como Suecia, Noruega o Alemania. y el auge de la ultraderecha. Tenemos a Meloni en Italia, a Le Pen en Francia, a Abascal en España. Todo ello se traduce en cambios en los valores que han sido referentes en Europa, entre los que está una defensa de los derechos humanos que ahora se ve amenazada. El último de esos derechos en llegar, y no por ello menos importante, es el derecho humano a un medio ambiente limpio y saludable. Europa lo está violando mediante leyes y directivas que van en contra de ese derecho. La visión verde de Europa se está volviendo marrón oscuro.
“Las generaciones que han deteriorado el planeta les dicen ahora a los jóvenes que resuelvan el problema. Es una actitud injusta que genera respuestas extremas”
Sus propuestas parten de un presente con la mirada puesta en el futuro. Sin embargo, las grandes potencias —EE.UU., China y Rusia— y el orden económico mundial parecen jugar con otra lógica. ¿Qué margen real queda para acuerdos climáticos y cooperación?
Los márgenes reales para acuerdos climáticos, cooperación y derechos humanos en el escenario geopolítico actual, con Estados Unidos totalmente irreconocible, con una Unión Europea aún más irreconocible y con China, Rusia y la India jugando duro en lo económico, se han reducido enormemente. Se está imponiendo una economía cortoplacista, apoyada en el pelotazo y el rendimiento inmediato a cualquier precio, y uno de los precios a pagar es que la propia economía colapsará, en mayor o menor grado, antes o después, porque es una economía insostenible. En esta situación, el margen para acuerdos climáticos es muy pequeño. Hay que trabajar para ampliar ese margen, y todos podemos hacer mucho. Es como ese zapato que te has comprado y tiene una talla menos que la que necesitas, pero sabes que puedes ampliar esa horma. Tenemos que ganar margen entre todos, y los políticos irán al rebufo de lo que digamos. Necesitamos un sociedad formada y crítica para ganar ese margen en la negociación con una economía suicida.
Dar responsabilidad a los jóvenes
La charla que va a ofrecer tiene a los jóvenes como uno de sus protagonistas. A menudo se idealiza a la juventud como la esperanza y, al mismo tiempo, se la acusa de consumista o de falta de compromiso. ¿Qué parte de esa crítica es paternalismo y qué parte invita a pensar en la necesidad de una autocrítica por parte de los propios jóvenes?
Hay una gran diversidad entre los jóvenes y muchos están organizándose y movilizándose a lo largo y ancho del mundo, como Greta Thunberg. El problema es que se enfrentan a un escenario desolador heredado de unos padres que forman parte de la generación que ha deteriorado el planeta y que ahora les exige que lo arreglen. Esa actitud es injusta y disfuncional. Faltamos al respeto a la juventud, y eso explica algunas respuestas extremas que no nos gustan, pero que son el resultado de una sociedad poco empática. A los jóvenes no hay que tratarlos con condescendencia, sino darles responsabilidad, voz y voto. No tienen que hacer mucho más de lo que ya hacen. Si los tratamos mejor, la mayoría responderá positivamente.