Máximo Huerta: “Las mujeres nos han cuidado sin épicas, sin ruido, sin titulares..., les debemos todo”
El viaje emocional e inolvidable de una madre con demencia y su hijo da vida a la nueva novela de Máximo Huerta, 'Mamá está dormida', un homenaje a todas las mujeres que lo dejaron todo por cuidarnos. Y a los que se dejan cuidar.
Máximo Huerta nos enamora en su última novela con una historia de amor, de “amor absoluto”. Es la historia de una mujer, con demencia, y de su hijo. Es la historia de un viaje que puede ser el último. Es la historia del principio de una despedida dolorosa. Es la historia de una mujer, como muchas, que pusieron por delante de sus deseos individuales su papel de madre, esposa e hija. Mamá está dormida es un viaje emocional para hablarnos de lo que callamos, de lo que olvidamos y, también, de lo que siempre recordaremos.
Está en plena gira de presentación de su novela. Transmite felicidad.
Lo estoy, pero tengo que decir que he reducido mucho la agenda por los cuidados, en casa estoy más pendiente de todo. Estoy yo, yo cuido a mi madre.
¿Cómo lo lleva?
Es una mezcla extraña entre cansancio y felicidad; cansado porque a veces no puedes más, pero feliz de poder hacerlo.
De ahí nace Mamá está dormida.
Sí, inevitablemente no puedo escapar de mi realidad. Si escribes desde una cárcel, si escribes desde un país en guerra, si escribes desde..., pues afecta a tu literatura, y a la mía le afecta la realidad que vivo, la de una persona cuidadora.
La novela deambula entre la realidad y la ficción.
Es ficción, pero yo robo de la realidad. Habrá muchos lectores que, si me conocen, establecerán ese vínculo entre los personajes y mi vida, y no me importa que haya esa especie de confusión o que le pongan cara. A lo mejor eso conecta con la historia de una manera más potente.
a primera firma de su libro fue en La librería de doña Leo. ¿Qué secreto encierra que se ha convertido en un lugar de peregrinación?
Yo quería empezar en mi librería para que me diera suerte. Doña Leo es una librería más emocional que comercial, quien traspasa su puerta llega con ganas de conocerla..., porque está en un pueblo al que hay que llegar, es pequeñita, acoge. Entonces, tiene esa magia especial ,y quien se va así lo destaca: como una experiencia bonita.
Fue difícil tomar la decisión de salir de Madrid y dejarlo todo?
No. Fue quirúrgica, no dio tiempo a pensar. Hay que dejarlo todo y hay que ir a Buñol y cuidar. Es otro tiempo, no me arrepiento, ni me arrepentiré. Al día siguiente de llegar sabía que era donde tenía que estar.
¿Y tu hermano dónde está?”. Es la frase con la que arranca la novela. Y no es ficción.
Es real, me quedé en shock el día que mi madre me preguntó: “¿Y tu hermano dónde está?”. No había hermano.
Lee aquí las primeras páginas de ‘Mamá está dormida’, de Máximo Huerta
¿Cómo se gestiona eso emocionalmente?
Mal. Pero de manera instintiva le contesté que no tardaría, que estaba fuera de viaje en Madrid… Todo mentira…, y me desdoblé, como si existiera otro. Y esa misma semana empecé a escribir Mamá está dormida, porque la idea era maravillosa, dura, pero maravillosa.
Mentiras piadosas, como las del personaje de Federico con su madre Aurora, con demencia.
Sí, Federico se va desdibujando. Si te das cuenta, en la novela él va perdiendo su personalidad y al final la tiene solo la madre. Él deja de ser él para ser solo el que cuida a la madre. Y todo el rato trabajando con la mentira, mintiendo porque mentir es hacerle la vida fácil a su madre, porque no se puede solucionar la demencia.
¿Se ha hecho a lo largo de estos años las mismas preguntas?
Sí, la presencia de mi madre y del problema está ahí, no es biográfica, pero sí que es real. La atmósfera del cuidado es real, y las mismas dudas, el mismo miedo, el mismo hastío, la misma alegría, las mismas torpezas...
¿Qué se siente el día que una madre no reconoce a su propio hijo?
(Se abre un silencio y una pausa larga en la que Máximo coge aire). Soy incapaz de describirlo. Lo recuerdo perfectamente, es un shock, algo muy triste, lo más triste. Es una mezcla de emociones: de susto por lo que viene y de tristeza infinita, se te rompe algo por dentro. Ese día te das cuenta de que es como si hubiera empezado la despedida, de hecho, comienza la despedida.
Y se llega a normalizar…
Sí, porque convives con ello las 24 horas del día. Los cuidadores nos tenemos que autoproteger también, no podemos caer, porque tenemos que cuidar.
Nació en el 71, la llamada “generación sandwich”, porque salimos de cuidar a los hijos a cuidar a nuestros padres o ambas cosas a la vez.
Nos está tocando vivir esto a nuestra generación, pero sobre todo a las mujeres. El cuidado recae en las mujeres. No es nada nuevo, ese cuidado no ha estado en manos de hombres, siempre ha estado en manos de mujeres, y precisamente porque ha estado en manos de mujeres, es un problema del que no se ha hablado. Una realidad dura e invisible. Por eso me parecía interesante y vital como fondo y raíz de la novela. Las mujeres nos han cuidado de forma silenciosa, sin épicas, sin titulares, sin ruidos. Porque era lo que tenían que hacer. Fueron hijas, luego esposas y después madres.
Esta novela merece que al acabar te levantes a dar un abrazo a alguien, un beso...”
La novela es una road movie en un viaje que va de Alicante a Navarra en una autocaravana. A veces llega a ser asfixiante... ¿Era el objetivo?
Es un viaje íntimo, lleno de las emociones concentradas en una autocaravana con enfados, risas, ironía, despistes… Todo en un viaje de dos personas cara a cara. Yo quería una autocaravana, porque era la única manera de concentrar la realidad del cuidado como un lugar donde hay poco espacio. Poco espacio para los sueños, pero también mucha sensibilidad para lo emocional, mucha cercanía para las emociones. Es una metáfora: es como establecer el nexo que hubo en el útero, pero al revés. Volver a estar estrechamente unidos, solo los dos: madre e hijo. Es el amor absoluto del que hablo en la novela.
Mucha gente se puede ver reflejada, porque habla de historias de la vida de gente corriente.
Es que a mí la épica de las grandes batallas, de los grandes hechos, me interesa poco a la hora de escribir. A mí me interesan las batallas de lo que sucede entre pucheros, en casa, en la cama, en familia..., porque esa es la realidad de la que nadie habla y, sin embargo, todos vivimos.
Así es la batalla de los cuidados.
¿Seremos cuidados o cuidaremos? Como aquella canción de Forever Young, ¿no? ¿Crees que vas a ser eternamente joven? Pues no. Y esa me parece la auténtica batalla de la que no se habla. No sé por qué no hay épica en el cuidado.
Ese beso que no dimos, esa llamada que no hicimos, como recordaba la hija de una de las víctimas del accidente de tren del Adamuz. Ese viaje que quedó pendiente…
Lo que pude llorar escuchándola. Es que creemos que somos inmortales y que siempre va a estar tu amigo, tu madre, tu padre, tu hermano. Y en el camino nos perdemos muchos “te quieros”, muchos besos, muchas llamadas.
La memoria a veces nos juega malas pasadas y recordamos lo que nos hubiera gustado que pasara.
Porque somos muy noveleros y nos inventamos muchas anécdotas, las exageramos. Todos somos escritores de nuestra propia vida. Y ahí es donde funciona mucho la mentira.
¿Con qué quiere que se quede el lector cuando llegue a la última página de Mamá está dormida?
Me gustaría que cuando lo cierren tuvieran ganas de preguntarle algo a sus padres o a una persona a la que quieran. Esta novela merece que te levantes a dar un abrazo a alguien, un beso...
Luis Landero ha dicho de su novela que usted logra transformar el dolor en belleza.
Me emociona de quien viene, porque precisamente yo no quería que la novela fuera triste, sino que mi obsesión en la vida es intentar ver belleza hasta en los momentos más duros, porque es la única manera de salvarnos. Por eso, se la dedico a todas las mujeres que cuidan. Y a todos los que se dejan cuidar.