El acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea e India merece leerse no solo en clave comercial, sino como una apuesta estratégica de largo alcance. Bruselas y Nueva Delhi han culminado dos décadas de negociaciones con un pacto que eliminará o reducirá aranceles sobre más del 90% de las exportaciones europeas, con un ahorro estimado de hasta 4.000 millones de euros anuales y la expectativa de duplicar las ventas europeas a India de aquí a 2032. Para la economía productiva europea, el acuerdo abre un mercado de 1.400 millones de consumidores que debe potenciar en Europa el desarrollo y consolidación de sectores clave –desde la automoción, máquina-herramienta, química, farmacéutica y agroalimentario de alto valor añadido–. Las pymes ganarán con procedimientos aduaneros simplificados y un entorno regulatorio más previsible, mientras los consumidores y productores europeos se beneficiarán de cadenas de suministro más diversificadas y precios más competitivos.
Hay, además, un componente de oportunidad y de reto para los servicios. India llega al acuerdo como potencia en tecnologías de la información, servicios profesionales y digitales; la UE es mercado de consumos tecnológicamente avanzados y encara su transición verde y avanzar en la economía del dato. Esto abre puertas a la cooperación, la inversión cruzada y la innovación compartida, pero también coloca ante los sectores tecnológicos europeos un competidor de primer nivel. El desafío será no limitarse a importar servicios baratos, sino usar este marco para escalar nuestras propias capacidades.
Por todo ello, el valor del acuerdo, que aún tiene que seguir desarrollándose en otros apartados, va más allá de su efecto económico inmediato. La administración Trump intenta componer un marco geoestratégico y comercial a su medida mediante la amenaza arancelaria como instrumento cotidiano de presión; la UE reitera su modelo de inserción global mediante el comercio abierto, basado en reglas y con compromisos en clima, trabajo decente y protección de datos. No se trata de renunciar a Estados Unidos, sino de dejar de depender de un socio cada vez más imprevisible y de consolidar un mercado alternativo en proceso de maduración, pero que es ya una opción real.