'Narciso y Goldmundo' | Tú, yo y Dios

19.02.2021 | 00:00

'NARCISO Y GOLDMUNDO' (Narziss und Goldmund)

Dirección: Stefan Ruzowitzky. Guion: Stefan Ruzowitzky, Robert Gold (Novela: Hermann Hesse). Intérpretes: Lukás Bech, Henriette Confurius, Roxane Duran y Georg Friedrich. País: Alemania. 2020 Duración: 110 minutos.

Se cumplen 90 años de Narciso y Goldmundo de Herman Hesse. Aunque carece de la popularidad de El lobo estepario, Demian y Siddhartha, en su estructura se impone el ADN del escritor suizo-alemán que ganó el Nobel en 1946, cuando Europa se buscaba entre las ruinas del horror nazi. La espiritualidad, el arte y el viaje como proceso iniciático, elementos afines al imaginario de Hesse, prendió en la sensibilidad de la contracultura hippie de los años 60 gracias al fervor que le dispensaron líderes como Colin Wilson y Timothy Leary. Ahora, con esta adaptación de fidelidad turbia, Stefan Ruzowitzky, ganador del Oscar a la mejor película en lengua no inglesa por Los falsificadores (2008), parece reinventarse.

Estrenada en Movistar y Filmin casi al mismo tiempo que el magnético y trilero documental de Scorsese sobre la gira de Bob Dylan en 1975, algo en Narciso y Goldmundo parece reverdecer la atención de hoy por las huellas del misticismo de ayer. Al comienzo de su amistad, cuando Narciso le hace saber a Goldmundo que su vocación le conduce al camino del monasterio, Goldmundo le replica "Seremos tres. Tú, yo y Dios". De ese triángulo trata esta fábula medieval. Del duelo entre el arte y la oración; del pulso entre la lujuria y la contemplación.

Ruzowitzky, (Viena, 1959), director y guionista de Narciso y Goldmundo, se comporta como un cineasta sin fe en sus propios recursos. Incluso parece dudar del texto de Hesse y se empeña en buscar refugio en multitud de citas cinéfilas aunque no encajen entre ellas. En su adaptación Ruzowitzky, se sirve muy bien de la música, saca partido al contexto histórico y sabe exponer el terreno movedizo y resbaladizo en el que transcurre la historia entre Narciso, el santo calmo, y Goldmundo, el artista inquieto. Planteada como un duelo de reflejos tan diferentes como complementarios, Ruzowitzky abusa de los guiños al Bergman de El séptimo sello, a Braveheart, a El nombre de la rosa, a Rosselini... Pero cuantas más referencias proyecta, más diluye la primigenia idea que recorre el texto de Hesse. Pese a ello, su bizarra puesta en escena abona momentos en los que parece que será mucho mejor de lo que acaba siendo.