No hubo piedad para Nurul Amin Shah Alam, que llegó a EEUU en diciembre de 2024 como refugiado, huyendo del genocidio contra la minoría rohinyá en Myanmar (Birmania). Como otros muchos, entró en un país donde creía haber encontrado una vida digna y segura. Sin embargo, todo se torció de muy mala manera cuando fue detenido por agentes de inmigración estadounidenses a finales del pasado año. Tras comprobar que no podía ser objeto de deportación, fue liberado a unos ocho kilómetros de su domicilio sin tener en cuenta que no hablaba inglés y que padecía ceguera, de hecho utilizaba una barra como bastón para orientarse.
Para los funcionarios de inmigración que abandonaron a su suerte a este hombre rohinyá, el hecho de que el mercurio no llegara al cero durante días en la ciudad tampoco fue inconveniente para deshacerse de él. Shah no llegó a su casa y unos días después, su cadáver fue encontrado en la ciudad de Buffalo.
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Los genocidas no pudieron con él en Myanmar, tampoco la ley norteamericana, pero sí la total ausencia de empatía y humanidad de unos agentes que otrora habrían servido a una democracia modélica y hoy son esbirros de una sociedad que se asoma peligrosamente al abismo, donde las libertades están en riesgo, la vida de ciertas personas ha perdido todo su valor y la dignidad y seguridad que Shah buscaba comienzan a ser un espejismo para mucha gente que ahí reside.
Es muy preocupante la deriva que está adquiriendo EEUU, ya que su poder e influencia mundiales pueden arrastrar a otros países en la misma dinámica y hacer de este mundo un espacio más insoportable de lo que ya es. Siempre habrá que tener presente a Shah, especialmente cuando las urnas nos convoquen, pues solo la democracia salvará a la democracia.