El algoritmo del morbo: realities, fenómenos virales y la salud mental en juego
Psicólogos y expertos en comunicación advierten sobre cómo estos formatos distorsionan la visión de las relaciones en los jóvenes y generan graves problemas de salud mental a los concursantes
La Isla de las Tentaciones cerraba este enero su novena temporada con casi 1,3 millones de espectadores enganchados a las historias de Darío y Almudena o Mayeli y su embarazo. La cadena ha confirmado ya el inicio de las grabaciones de la décima temporada, con una distancia de tan solo seis meses entre una y otra. Así las cosas, la propia audiencia ha permitido llevar los límites un poco más allá, “con escenas explícitas o situaciones que, probablemente, hace 20 años no se habrían visto en pantalla”, detalla Elena Neira, profesora colaboradora de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).
Han pasado 26 años desde aquel 23 de abril de 2000 en el que el primer Gran Hermano desembarcó en Telecinco, con cuotas de pantalla superiores al 70% y más de 9 millones de espectadores, cifras impensables hoy en día. Después llegaron El Bus, Supervivientes: Expedición Robinson u Operación Triunfo. “Cuanto más intenso es el conflicto que se presenta, más impacto emocional nos genera y más deseamos ver cómo se resuelve”, apunta Aleix Comas, profesor colaborador de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC.
Lo que queda claro es que el formato funciona después de más de dos décadas. “La fórmula de los realities es bastante canónica: mantener la retransmisión lo menos adulterada por el montaje posible e introducir elementos que permitan generar situaciones impactantes”, comenta Neira. ¿Pero qué factores psicológicos influyen a la hora de mantener a los espectadores enganchados? Según Comas, son tres grandes elementos: la estructura del programa, el morbo y la comparativa social.
El fenómeno Montoya arrasa: 'La isla de las tentaciones' supera a Broncano y Motos en audiencias
Si nos centramos en el morbo este está ligado estrechamente al voyerismo. Por su parte, la comparativa social permite poner al espectador en la piel del concursante con el que se siente identificado. La vivencia de problemas reales hace que los espectadores se vinculen con los participantes y tengan interés en el desenlace.
La trampa del amor tóxico
Esta vinculación puede crear falsas creencias. “Hay numerosos estudios académicos que afirman que formatos de este tipo tienen un impacto en la imagen que el público tiene de las relaciones personales y amorosas”, comenta Neira. De hecho, el público principal de algunos de estos realities se sitúa entre los 18 y los 34 años, incluyendo franjas de edad complejas en términos de salud mental.
“Estos formatos refuerzan los estereotipos, ya que los perfiles y los comportamientos que resultan de la edición del programa se seleccionan no en función de lo que es más real o más sano, sino en función de lo que creen que va a generar más audiencia, que justamente suelen ser comportamientos muy polarizados y relaciones muy tóxicas”, advierte Comas. El peligro de todo ello es que, de tanto presentarlo, se acaba normalizando.
La fama y el meme
Pero el formato no solo tiene consecuencias para quien lo consume, también para quien lo protagoniza. Cuando se vive en una realidad nueva, fuera del entorno habitual, y se crea un grupo de convivencia nuevo con el que relacionarse 24x7, puede que “estos cambios empujen a los participantes a actuar no tanto según quienes son, sino según el contexto que los rodea. Y esto los lleva a tomar decisiones y realizar acciones que muy posiblemente no harían fuera”, comenta Comas.
Después del programa puede haber muchos cambios emocionales que sean desagradables: “En primer lugar, les sacan de esa realidad paralela, por lo que tienen que hacer un duelo de la vida que llevan allí y volver a integrarse en la rutina que tenían anteriormente, si es que todavía pueden recuperarla”, advierte el psicólogo.
En gran parte, esa fama se genera en la conversación social en redes sociales, un espacio fundamental para el desarrollo y éxito de este tipo de formatos. “La apuesta de los realities por parte de las cadenas de televisión se basa precisamente en su capacidad de generar conversación en paralelo a la retransmisión, lo que permite no solo crear comunidad, sino también amplificar el alcance del programa y atraer a nuevas audiencias, seducidas por ese runrún que provocan determinadas situaciones”, explica Neira.
El ‘caso Montoya’
Por otro lado, según estos expertos, “la polémica se alimenta de forma deliberada; hay que servir en bandeja temas que permitan generar no solo conversación, sino también memes”. Por ejemplo, el famoso “Montoya, por favor”. “Los memes son el termómetro de la popularidad de un formato”, añade Neira, que afirma que este fue un “momento cocinado”.
Precisamente, conocer los memes o las bromas vinculadas a estos programas permite socializar a través del reality, lo que los expertos consideran una herramienta para fidelizar al espectador. “En el momento en el que un gran número de personas habla del reality, se genera una presión grupal para que tú también lo veas: o lo ves y formas parte del grupo en la conversación o estás fuera”. El algoritmo ha hecho su trabajo.
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