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Un Europeo en el que no saltan las alarmas

Apenas ha echado a rodar el Europeo de Balonmano 2026 y la primera jornada ya ha dejado claras varias certezas que suelen acompañar a este tipo de torneos

Un Europeo en el que no saltan las alarmasBo Amstrup / Efe

Apenas ha echado a rodar el Europeo de Balonmano 2026 y la primera jornada ya ha dejado claras varias certezas que suelen acompañar a este tipo de torneos. La jornada de estreno nunca es sencilla para las grandes favoritas, las aspirantes a luchar al menos por semifinales no tienen margen de error, y la afición juega un papel fundamental para los países más pequeños.

Las favoritas no fallan

Francia y Noruega sacaron adelante sus primeros compromisos sin dar opción y mostrando una sólida imagen. Lo mismo hizo Portugal, que sumó su primera victoria ante Rumanía en un nuevo torneo en el que tratarán de alcanzar su primera medalla.

Grupo mortal de la muerte

El España-Serbia y el Alemania-Austria se resolvieron por diferencias mínimas (de 2 y 3 goles), encuentros que parecieron controlados durante muchos minutos por españoles y germanos, pero en los que ninguno pudo permitirse un solo momento de relajación.

La insistencia, el ritmo y la fe de Serbia y Austria obligaron a los favoritos a mantener la máxima concentración hasta el pitido final. Cada punto en esta fase tendrá un valor incalculable.

Los seguidores de las Islas Feroe, durante el Campeonato de Europa de balonmano, en Oslo

El valor de una generación

Cada Europeo muestra el peso que tiene en cualquier país. Más en los más pequeños, con mayor dificultad de contar con una generación dorada en el momento adecuado. Las Islas Feroe representan a la perfección esa oportunidad histórica.

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Con nombres propios como Óli Mittún, Hákun West av Teigum y Elias Ellefsen á Skipagøtu, el conjunto feroés aspira a hacerse un hueco entre las grandes selecciones del continente tras su gran presentación en el Europeo de 2024 y, por qué no, a protagonizar alguna de las sorpresas que siempre deja este tipo de campeonatos.

A ese talento emergente se suma una afición entregada, ruidosa y reconocible. Convierten cada partido en una experiencia emocional y actúan como un factor diferencial para un equipo que ya no quiere limitarse a competir. Quiere dejar huella.