Miguel Marín Paredes fundador de la unidad del dolor de la osi donostialdea

"La ausencia total de dolor en un paciente complejo es muy difícil, pero se puede aspirar a una buena calidad de vida"

30.10.2021 | 23:45
"La ausencia total de dolor en un paciente complejo es muy difícil, pero se puede aspirar a una buena calidad de vida"

Miguel Marín Paredes, donostiarra de 68 años, acaba de jubilarse después de más de 43 años trabajando en la OSI Donostialdea, donde fundó la Unidad del Dolor

donostia – El doctor Marín Paredes es una eminencia a nivel estatal en el tratamiento del dolor crónico. "Entré de residente en este hospital en 1978 y empecé de adjunto de anestesia en el 82", cuenta. "Se me hace un poco raro dejar esto, aunque no me he jubilado del todo porque tengo actividad en la sanidad privada un par de días a la semana", aclara. En esta entrevista charla sobre su trayectoria como médico, centrada en un tema tan complejo y difícil de medir como es el dolor, algo "muy personal y subjetivo".

¿Cómo fueron los inicios de la Unidad del Dolor?

–Soy anestesista e hice la residencia de anestesia. Había una cosa nueva, la clínica o unidad del dolor, que solo había dos en España, una en Madrid y otra en Barcelona, y nos dieron la opción de ir a rotar ahí durante unos meses para ir a ver cómo era eso. Me fui a Barcelona con otro compañero y me enganchó. Conseguí plaza de anestesista y a ratos libres, poco a poco, empecé a ver pacientes con dolor, una labor que se hizo también en otros hospitales. De aquel germen fundamos la Sociedad Española del Dolor en los 80. He sido bastante salsero para formarme, he ido a muchos congresos. Al principio éramos 30 y tantos y ya nos estamos jubilando.

¿Cómo funciona la Unidad del Dolor?

–Recibimos pacientes desde cualquier especialidad y también desde Atención Primaria. Se establece la valoración del problema, el tipo de dolor, la intensidad, qué tratamientos se han empleado, aspectos psicosociales del paciente... y a partir de ahí se hace un plan de trabajo. Yo soy anestesiólogo, pero no debe ser competencia solo de anestesiólogos, sino de todos. A nosotros se debe recurrir cuando la situación es compleja y para aplicar técnicas específicas. El trabajo tiene que ser multidisciplinar. El tratamiento del dolor es muy complejo, tiene componentes físicos y psicológicos, y siempre estamos detrás de los especialistas. Nuestra medicina es paliativa.

¿Se puede considerar normal tener dolores crónicos? ¿Cómo hay que enfocarlo?

–El dolor agudo es útil, si no sintiéramos dolor cuando metemos la mano en aceite hirviendo o cuando nos va a dar un infarto, tendríamos un problema. Pero hay un dolor crónico que no tiene ningún valor biológico, que no te avisa de nada, como pueden ser una espalda muy estropeada con artrosis o una enfermedad degenerativa que va a producir dolor. No tenemos la cura, pero sí podemos utilizar técnicas y tratamientos para que ese paciente no sufra tanto dolor. Cómo enfocar el dolor crónico es una asignatura pendiente. Todo el mundo asume que para la tensión, el colesterol o la diabetes tiene que tomar pastillas siempre. Sin embargo, para el dolor se tiene la impresión de que no hay que tomar medicación porque parece que se abusa. No se trata de tomar el día que te duele mucho y al siguiente no. Lo que hay que hacer es llevar unas pautas y un tratamiento para paliar ese dolor.

Entiendo que llegan pacientes desesperados.

–Normalmente sí porque han dado muchas vueltas, buscando cosas que no encuentran. Pero eso está cambiando, llegan antes y se trata el dolor. Nosotros estamos cuando todo lo demás fracasa, o para pedir consejo y ayuda. Un paciente normalmente viene y me suele decir: Doctor, quíteme usted el dolor. Yo les respondo que no se le va a quitar nunca, pero que lo vamos a intentar aliviar o paliar. De la misma manera que no se te va a quitar la diabetes o el párkinson. Hay enfermedades que antes eran mortales y ahora no porque la esperanza de vida es mayor, pero hay que intentar aliviar los dolores. Y hay que hacer también una buena labor preventiva, por ejemplo dolores de espalda que se pueden evitar con buenas posturas, o evitando el sedentarismo y la obesidad. Cuando los pacientes nos llegan es que el problema está cronificado.

¿Algunos pacientes han recurrido a otras técnicas o tratamientos ajenos a la sanidad clásica?

–El paciente con dolor a veces recurre a otros tratamientos no contrastados y a veces funcionan, es curioso. El dolor crónico tiene mucho de componente psicológico, depende mucho de la personalidad del paciente. Los tratamientos que aplicamos nosotros tienen una base científica, se ha demostrado su utilidad. Otro problema que tenemos es que es muy difícil hacer protocolos estrictos para un tipo de dolor determinado, porque depende mucho del paciente. Siempre he dicho que hay que fabricarle al paciente un traje a medida, hay personas que sobrellevan el dolor muy bien, a otros el dolor los destroza... no solo es aplicar una técnica a una dolencia concreta. Hay que ver al paciente en su conjunto: qué tipo de trabajo hace, situación psicológica, familiar y social, edad, incluso creencias religiosas. Hay gente que espera una vida mejor después de la muerte y aguanta.

¿Cómo conocen al paciente?

–Lo importantísimo de una buena consulta es hablar bien con el paciente, estudiar su situación a fondo y luego hacer las pruebas complementarias. A veces no me vale con saber que tiene una hernia de disco, necesitamos más. La base de la medicina es primero tener una buena comunicación con el paciente y luego hacer un buen diagnóstico antes de empezar a pinchar o hacer un tratamiento de los que hacemos.

¿Ofrece la Unidad del Dolor servicio psicológico?

–En su momento tuvimos una psicóloga, ahora no. Sería una buena cosa disponer de un psicólogo, sería importante. Muchas veces nosotros hacemos de psicólogos. Pongo un ejemplo para que se vea cuánto tiene de psicológico el dolor: cuando hacemos un ensayo clínico con un fármaco y a la mitad de los pacientes les damos el fármaco y a la otra mitad le damos agua con azúcar, los del fármaco mejoran, pero los de placebo también y hasta tienen efectos secundarios, es curiosísimo.

El umbral del dolor es muy personal y difícil de medir.

–Es muy difícil de objetivar, es una sensación totalmente subjetiva. Hay una serie de test y de escalas para medir el dolor que quizás no sirve para medir la intensidad del dolor, pero sí, por ejemplo, para que un paciente te diga que tiene una intensidad de dolor de siete sobre diez y luego baje a tres después del tratamiento. Esa mejoría sí podemos medirla. Pero no podemos objetivar exactamente el dolor que tiene el paciente, podemos aproximarnos. Es una de las cosas que lo hace difícil. La experiencia y los años te van dando callo en todas las situaciones. En general la gente está satisfecha con los tratamientos y mejora.

¿Cuáles son esos tratamientos o técnicas que aplican?

–La base son los fármacos, y dentro de ahí los opioides, incluida la morfina. Eso ha tenido una evolución brutal los últimos 20 o 30 años. Hay un montón de fármacos que, bien utilizados, son útiles, pero son difíciles de manejar porque provocan adicción. Y usamos técnicas como infiltraciones, bloqueos nerviosos, técnicas de radiofrecuencia en las que se trata de dormir de alguna manera el nervio para que deje de transmitir esa sensación dolorosa, técnicas de estimulación eléctrica o implantes en la médula para frenar la entrada del dolor al cerebro. Y el tratamiento farmacológico necesita una continuidad, hacer un seguimiento del paciente.

¿Cuáles son los dolores crónicos más habituales en los pacientes que usted ve?

–Cuando empezamos, lo que más veíamos era dolor oncológico. Ahora ha aumentado la prevalencia del dolor crónico mal llamado no maligno, es decir, patologías osteoarticulares y dolor neuropático por lesiones nerviosas. Esas son las dos cosas que vemos ahora fundamentalmente, sobre todo columnas cuando ya no se pueden operar. Si se pueden operar, perfecto, porque se puede curar. Además, la cirugía de columna puede tener secuelas y a esos pacientes los tratamos nosotros. Tenemos población mayor con patología de columna, ahí aplicamos algún tratamiento y fármacos, aunque con los mayores hay que tener cuidado porque ya pueden estar atiborrados de fármacos. Otra cosa que hay que decir es que no es solo pinchar, igual hay que perder unos kilos o si el paciente tiene un trabajo que es de mucho esfuerzo, a lo mejor no vamos a poder tener resultados. Claro, ahí entramos en las bajas, las incapacidades... lo que complica mucho la situación. Por ejemplo, un paciente de 50 y pico años en un trabajo de mucho esfuerzo, a lo mejor hay que adecuar su trabajo y puede que no sea fácil en una época de crisis. Esto es un mundo.

La gente quiere vivir sin dolor, pero debe asumir que hay que convivir con ello.

–Sí, pero con un dolor que se pueda controlar, como hay que convivir con otras cosas. Lograr la ausencia absoluta de dolor en un paciente complejo es muy, muy difícil, y así se lo decimos. Pero aspiramos a una buena calidad de vida. Y hay situaciones en las que una técnica concreta le puede dejar sin dolor mucho tiempo, meses o incluso años, son técnicas además repetibles porque son poco invasivas. El 80% de las hernias discales deja de dar la lata, pero tiene que estar todo el proceso bien estudiado y dirigido.

¿Hay casos concretos especialmente complejos que recuerde?

–He visto miles de pacientes y muchos de ellos complejos. Por ejemplo, una paciente con cáncer de páncreas que no toleraba nada de medicación, con una técnica de radiofrecuencia la tuvimos tres años prácticamente asintomática. Los pacientes intervenidos varias veces en la columna son complejos, pero también conseguimos buenos resultados con neuroestimuladores epidurales. Es una técnica carísima, eso sí. En un implante de esos, solo el material puede rondar los 20.000 euros. Son miniordenadores que van debajo de la piel. Ahí Osakidetza no escatima. El gasto compensa porque ese paciente deja de ingresar en el hospital, deja de consumir fármacos, tiene mejor calidad de vida, puede incluso volver a trabajar...

Sus pacientes son principalmente gente mayor, pero también habrá tenido pacientes jóvenes.

–Normalmente en el caso de los jóvenes son lesiones tras accidentes, después de un accidente fuerte te queden secuelas por arrancamiento de un nervio o porque te deja la espalda fastidiada. Con ellos hay que tener mucho cuidado con medicamentos como morfina, deben ser el último recurso y hay que intentar aplicar antes otras técnicas porque puede provocar una dependencia.

Y usted, ¿está bien de dolores?

–Estupendamente. No voy a perder el contacto con la profesión. Tengo ganas de seguir. El otro día seguí una charla online de un médico de 84 años. Ahí estaba explicando su técnica y sigue como emérito en el hospital. No sería malo adaptarlo aquí, porque no estás quitando el puesto de trabajo a nadie. Si tienes ganas, claro. Aquí nos jubilan, pero creo que todavía tenemos cosas que aportar. Hace dos semanas fui al hospital de Valdecilla (Santander) a ayudar a implantar unas bombas de infusión porque la doctora no lo había hecho nunca y no se atrevía a hacerlo sola. Lo hicimos entre los dos, le eché una mano por que todavía no tenía esa seguridad.

"A la Unidad del Dolor se debe recurrir cuando la situación es compleja y para aplicar técnicas específicas"

"No podemos objetivar el dolor que tiene un paciente; es una de las cosas que hace difícil el trabajo"

"El dolor crónico tiene mucho de componente psicológico, depende de la personalidad del paciente"

"Algunas técnicas que utilizamos son carísimas, pero Osakidetza ahí no escatima porque compensa"

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