Carlos Duarte
Catedrático de Ciencia y Tecnología en Arabia Saudí

Carlos Duarte: "La obra de Cristina Iglesias 'Hondalea' en el Faro de Santa Clara no tiene impacto negativo alguno en su ecología"

05.07.2021 | 00:15
Carlos Duarte: "La obra de Cristina Iglesias 'Hondalea' en el Faro de Santa Clara no tiene impacto negativo alguno en su ecología"

--- "Hasta el año 2050 está en nuestras manos dejar a nuestros hijos y nietos un océano más saludable; luego será imposible", alerta el biólogo marino Carlos Duarte.

--- A su entender, "nuestra generación tiene una responsabilidad particular en recuperar este contrato intergeneracional en el que los padres se comprometen a dejar un mundo y una vida mejor para sus hijos, algo que ha estado roto durante dos generaciones, que está en riesgo de seguir rompiéndose".

"Hemos perdido aproximadamente la mitad de lo que podíamos llamar el capital natural del océano, pero la buena noticia es la constatación científica de que es posible en una sola generación recuperar la abundancia de vida de los océanos a niveles que podría haber conocido mi bisabuelo. Pero si no somos capaces de revertir los impactos negativos en un plazo de diez años, el deterioro habrá sobrepasado el punto de no retorno", explica el biólogo marino Carlos Duarte, que recientemente participó en el simposio internacional en el marco del Donostia Sustainability Forum y los Cursos de Verano de la UPV/EHU y la Fundación BBVA, en Donostia. Destacados expertos del mundo del arte y la ciencia reflexionaron sobre Hondalea, la nueva obra escultórica de Cristina Iglesias en el faro de la isla de Santa Clara.

Duarte, galardonado en 2020 con el XII Premio Fronteras del Conocimiento en Ecología y Biología de la Conservación de la citada Fundación, se incorporó en 2015 a la Universidad Rey Abdalá de Ciencia y Tecnología en Arabia Saudí, donde es titular de la Cátedra de Investigación Tarek Ahmed Juffali en Ecología del Mar Rojo. Además, es catedrático en la Universidad de Aarhus (Dinamarca) y en la Universidad de Australia Occidental.

"Nuestra generación tiene una responsabilidad particular en recuperar este contrato intergeneracional en el que los padres se comprometen a dejar un mundo y una vida mejor para sus hijos, algo que ha estado roto durante dos generaciones, que está en riesgo de seguir rompiéndose, pero que tenemos ahora una ventana de oportunidad única para reconstruirlo y poder legar un futuro más saludable a nuestros nietos", afirma.

Por la importancia del mar, ¿a nuestro planeta en lugar de Tierra no le debiéramos llamar 'Océano'?
–El inventario de exoplanetas crece, pero seguimos sin haber descubierto otro Oceáno, ese que da su color único a nuestro planeta. Por eso sería más razonable conocerlo como planeta Océano. Además, ayudaría a entender mejor por qué es realmente único y porqué se ha desarrollado en él la vida.

Algunos (pocos, a decir verdad) critican que Cristina Iglesias ponga su escultura en la isla Santa Clara. ¿Tiene algún impacto negativo en la ecología de su ecosistema litoral?
–He tenido la oportunidad de visitar la obra y me ha sobrecogido a nivel humano y científico. Creo que es un patrimonio para la ciudad, que será posiblemente uno de los puntos de atracción que hará que Donostia sea aún más visitada. Pero también será un punto de reflexión y tengo un interés particular por ver cómo el arte refleja el océano y nuestro planeta, porque nuestro planeta es océano. No me he encontrado con una obra que aporte una percepción sensorial tan profunda sobre el océano como la obra de Cristina Iglesias. Creo que no hay ninguna obra de arte de cualquier dimensión que haya sido capaz de captar la visión que capta esta obra. Hablamos de un legado realmente enriquecedor para la posteridad y para la humanidad, no solo para Donostia. Me ha impresionado. Si fuera ciudadano de Donostia, para mí sería un orgullo que el faro, la isla, fuera un lugar donde se ha podido representar y captar la forma del océano de modo tan profundo. Además, no tendrá impacto negativo alguno sobre la ecología de la isla. Desde el punto de vista medioambiental no hay preocupación sobre la intervención. Es arriesgada, porque ocupar el interior de un espacio como el faro y hacerlo a cielo abierto la convierte en una obra arriesgada, pero ante ese riesgo se ha conseguido un resultado único tanto desde el punto de vista artístico como también sensorial y de reflexión.

¿Cuáles son las actuaciones antropogénicas más graves contra nuestros océanos? ¿Plásticos, contaminación química y biológica, sobrepesca, transporte marítimo, destrucción de marismas, manglares y zonas intermareales...?
–Están todas interrelacionadas, pero tienen distintos grados de severidad. La que más daño ha causado, desde luego, es la caza y la pesca, la que venimos ejerciendo desde hace más tiempo, pero que se ha intensificado a lo largo del siglo XX. Ahora hemos empezado a reducir el impacto de la caza, pero también poco a poco de la sobrepesca para llegar a niveles de los stocks pesqueros que puedan ser más compatibles con un estado sostenible de esos recursos. Tras la sobreexplotación de caza y pesca, la destrucción de hábitat es un impacto sustancial y hemos perdido aproximadamente la mitad de todos los hábitat marinos importantes para la biodiversidad, aunque estas pérdidas se hayan ralentizado debido a políticas introducidas en los 80 y 90; y está el problema del cambio climático, con una presión más intensa que añadimos sobre el océano, haciendo peligrar el resultado de políticas de conservación, porque el aumento de temperaturas no entiende de límites de áreas protegidas y afecta tanto a áreas protegidas como no. Y padecemos la contaminación como problema antropogénico encallado.

¿Más que el de los plásticos?
–El problema de los plásticos, aunque sea tan visible, tangible y fácilmente perceptible por la población, no está al mismo nivel que los otros en cuanto a la severidad de sus consecuencias sobre el ecosistema marino. Se ha de resolver, para lo que ha ayudado la concienciación cívica, pero no tiene el efecto de los demás.

Como el cambio climático.
–Es un problema creciente en el océano, sobre todo para algunos ecosistemas que viven en rangos extremos climáticos, como son los arrecifes de coral y los asociados al hielo marino, en el Ártico en particular. Hay otro problema que tradicionalmente se ha olvidado y que es muy importante como es la contaminación acústica de los océanos. Y el doble problema de que, por un lado, estamos introduciendo ruido de forma creciente con la actividad humana y a la vez silenciando a los océanos, porque la pérdida de abundancia de vida marina ha silenciado la banda sonora marina y ha hecho que la comunicación entre animales marinos con sus sonidos para guiar su ecología, esté enmascarado; más aún por esta cacofonía de sonidos que los humanos introducimos en el mar.

Habíamos oído del "carbono verde", pero usted introduce el concepto de "carbono azul", ¿qué explica? ¿Quizás nos falte educación biológica marina?
–El papel de los bosques como ecosistemas capaces de secuestrar carbono o retirar carbono de la atmósfera y acumularlo en biomasa y también en suelos, es algo que se ha reconocido desde hace muchas décadas; lo que aportamos nosotros es otro color a la capacidad de ecosistemas para actuar sobre el cambio climático, el carbono azul oceánico. Azul para poner en valor el hecho de que los océanos contribuyen de forma decisiva a retirar exceso de carbono de la atmósfera; en ese sentido, tenemos ecosistemas que son los campeones de la biosfera en secuestro de carbono: los manglares, marismas y praderas submarinas. Hasta hace escasamente una década su importancia como grandes sumideros de carbono no se había reconocido. Ahora está claramente establecido y más de 70 países incluyen la conservación y restauración de estos importantes ecosistemas en sus actuaciones para alcanzar los objetivos del acuerdo de París para la estabilidad climática.

Y siendo mucho mayor su eficacia, ¿por qué se han tardado tanto en conocer? ¿Quizás por considerarlos ecosistemas marginales?
–Muchos de esos ecosistemas como marismas y manglares, se consideraban no solo de escaso valor, sino como insanos e insalubres; en muchos casos se talaban. En España se han desecado muchas marismas para convertirlas en zonas de cultivo, pensando que eso iba a generar unas condiciones de mejor salud pública. Estos ecosistemas, al estar en la línea de costa, estaban en tierra de nadie. No eran considerados parte del océano por los oceanógrafos tradicionales, ni tampoco bosques terrestres; estaban olvidados. Hace doce años publiqué un artículo en el que me refería en particular a las praderas submarinas de posidonia como los patitos feos de la conservación de la biodiversidad, porque entonces ni siquiera a las ONG medioambientales les interesaban esas praderas. Esto ha cambiado y se reconoce su valor.

Mediterráneo, ¿'mare nostrum o 'nostri maris cloaca'? ¿Exagero si digo que utilizamos este mar, y otros, como nuestro estercolero?
–Hay puntos negros en todo el océano y en el mar Mediterráneo, pero no les llamaría estercoleros a ninguno de ellos. Creo que dramatizamos en exceso su deterioro porque no reconocemos su capacidad de recuperación o de resiliencia, ni tampoco el hecho de que, si reducimos las presiones sobre los océanos, o el mar Mediterráneo, podemos recuperar rápidamente la abundancia de vida marina y su estado ecológico positivo, porque tienen muchísima más capacidad de recuperación que los ecosistemas continentales.

Así pues, al hablar de ecología, calentamiento global o biodiversidad, ¿no habría que dirigir el debate más hacia los mares?
–La comunicación de las crisis planetarias inhibe la acción; en este sentido, he publicado en una página web de Naciones Unidas un artículo de un síndrome creciente en nuestra juventud, la ecoansiedad. Porque una gran proporción de jóvenes veinteañeros entiende que los problemas de nuestro planeta son difíciles, dolorosos y por tanto irresolubles; se sienten impotentes para resolver los problemas de forma positiva y eso genera apatía. Se necesitan políticas de choque para que los jóvenes se involucren en estos problemas y vean el océano como fuente de soluciones para una sociedad que busca desarrollar economías compatibles con un planeta saludable.

¿Cuáles son sus planes de investigación? ¿Seguirá en el mar Rojo? ¿Se dedicará más a la divulgación científica de calidad?
–Tengo planes centrados en actuaciones. No me sirve haber propuesto un marco desde la ciencia para generar un océano saludable en 2050 si no ayudo a que ese marco de actuación se convierta en una realidad. He creado, junto a Alejandra Cousteau, la organización Océano 2050, cuyo objetivo es traducir a hechos tangibles la hoja de ruta para conseguir ese océano que necesitamos. También he contribuido al desarrollo de una nueva plataforma del G-20 para acelerar nuestra capacidad científico-tecnológica para conservar y restaurar los arrecifes de coral; no quiero claudicar ante la predicción agorera de que perderemos entre un 75-95% de los arrecifes de coral debido a cambio climático; incluso si conseguimos los objetivos de París, no quiero que esa predicción se convierta en una realidad sin presentar una buena lucha. El artículo sobre ecoansiedad lo he publicado con una joven modelo rusa, muy inteligente, que vive en Nueva York, y que ha participado en muchas campañas medioambientales contra plásticos, etc. Estoy muy interesado en el desarrollo intergeneracional y trabajar con las generaciones Z y Alfa para que contribuyan con sus capacidades únicas a resolver problemas.

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