Voces de mujer: las telefonistas de la Diputación Provincial de Gipuzkoa

04.04.2021 | 02:12
Telefonistas en un locutorio.

El grupo de mujeres que trabajó entre 1909 y 1947 en las centrales de la Red Telefónica Provincial consiguió importantes avances para este colectivo en un periodo en el que sus derechos apenas estaban reconocidos, como anular la obligación de abandonar el puesto de trabajo al contraer matrimonio o su reconocimiento como funcionarias.

La plantilla de las telefonistas que atendió la Red Telefónica Provincial desde 1909, fecha de concesión del Estado a la Diputación, a 1947, fecha de reversión de la red al Estado, o sea a la Compañía Telefónica, fue uno de los grandes colectivos de mujeres trabajadoras no solo de Gipuzkoa sino de Euskadi. Ni en Bizkaia ni en Araba existió una plantilla de trabajadoras tan numerosa dependiente de sus diputaciones como esta de las telefonistas en Gipuzkoa.

Su historia comenzó a la par que la de la Red Telefónica Provincial. Tras ser concedido el permiso de gestión a la Diputación por parte del Gobierno, la organización de la Red Telefónica se puso en marcha y, claro, las telefonistas eran una parte esencial de esta, ya que el teléfono en esa época era manual, es decir, para establecer comunicación entre un abonado y otro era necesario que una telefonista efectuara la conexión.

Las tres primeras estaciones de la red inauguradas comenzaron a funcionar en enero de 1910 en tres localidades –Eibar, Ibarra y Bergara–, que contaron ya con una telefonista al frente. Estas primeras tuvieron la ayuda de una experimentada telefonista de la Compañía Peninsular de Teléfonos llamada Mari Cruz Urkiza, que estuvo en la Diputación Provincial de Gipuzkoa hasta el 10 de diciembre de 1909. Al día siguiente se reincorporó a su puesto en la Compañía Peninsular. El trabajo de estas primeras telefonistas no estaba reglamentado, ya que no existía aún un reglamento oficial.

Las telefonistas debían trabajar los siete días de la semana sin contar con el merecido descanso. El sueldo que recibían era relativamente exiguo. Las que trabajaban fuera de su localidad de residencia contaban con el alojamiento gratuito. Sirva como ejemplo el caso de una de las telefonistas de la central situada en la calle San Martzial de Donostia. Dos de las tres telefonistas que formaban el equipo lo hacían en el turno de mañana y en el de tarde, la tercera, que se encargaba del turno de noche, pudo disponer de una habitación para descansar. También el vigilante de la central y su familia tenían una habitación a su disposición.

En 1911 se promulgó el que fue el primer reglamento interno de la Red Telefónica Provincial, gracias al cual las telefonistas pudieron disponer del primer día de descanso semanal. Fue el primero de varios derechos reconocidos por la Diputación Provincial de Gipuzkoa a la plantilla de las telefonistas.

A lo largo de los años se fueron inaugurando las diversas estaciones de la Red Telefónica. Localidades como Tolosa, Legazpi o Zarautz no inauguraron sus centrales y subcentrales hasta bien entrada la década de los años 20 y todas contaron con una o dos telefonistas entre sus plantillas. Eran personal necesario e insustituible, ya que sin ellas habría sido imposible el funcionamiento de las centrales. No debe olvidarse que en 1923 se inauguró el teléfono automático en Donostia, lo que hacía pensar que el empleo de las telefonistas iba a desaparecer pronto, tal y como quedó reflejado en algunos periódicos de la época.

Sin embargo, y por fortuna para ellas, no fue así. Las telefonistas continuaron ejerciendo su labor en las diferentes centrales y subcentrales repartidas a lo largo de Gipuzkoa hasta que la Red Telefónica Provincial fue revertida al Estado, tal como señalaron las condiciones de concesión a la Diputación Provincial de Gipuzkoa.

El sueldo que recibían por su trabajo fue un tema que varias veces fue objeto de debate en las sesiones en la Diputación Provincial. Hacia 1920, una telefonista recibía alrededor de 1,50 pesetas de sueldo diario. En ocasiones se trataba de reconocer los recortes que sufrían por bajas de enfermedad. Algunas de las más típicas eran la gripe, el catarro bronquial, la albuminuria o la traqueítis, y las retenciones que se les practicaban en los sueldos oscilaban desde las 25 pesetas, la mínima, y las 93 de máxima. En otras ocasiones, algunos diputados plantearon la posibilidad de ascensos, ya que cada vez tenían más trabajo. En algunas de esas ocasiones lograron que se les subiera el sueldo. En definitiva, las telefonistas fueron siempre preocupación en la Diputación, sabedores los diputados de la vital importancia que tenía el trabajo que desarrollaban las jóvenes en las centrales y subcentrales repartidas por Gipuzkoa.

La forma de acceso al puesto de telefonista fue un tema que preocupó a los miembros de la Diputación hasta 1916, en que definitivamente quedaron fijadas las características de conocimientos que deberían tener las jóvenes, cuya edad debía oscilar entre los 16 años cumplidos y los 40.

Idiomas, aritmética y geografía El primer concurso de acceso se convocó en 1909. De las 102 jóvenes que se presentaron aprobaron la prueba 69. Los primeros años transcurrieron sin mayores inconvenientes. En 1915 se convocó el siguiente concurso, que trajo como primer problema el escaso número de aprobadas. Para intentar arreglar la situación, el director de la Red Telefónica, Ignacio María Echaide, decidió, de acuerdo con los miembros de la Diputación, convocar un nuevo concurso. Estas fueron las jóvenes que lograron superar las pruebas: Luisa Barrenetxea, Mónica Aguirre, María Aristigieta, Emilia Iruretagoiena y Lucía Martínez.

Las aspirantes debían demostrar dominio hablado y escrito de castellano y euskera, y era positivamente valorado el dominio de otros idiomas como inglés o francés. Finalmente, las aspirantes debían tener conocimientos de aritmética y geografía.

A mediados de 1928 llegó otro gran logro para las telefonistas: el reconocimiento como funcionarias, esto es, mismo salario y condiciones de trabajo que los funcionarios. Fue un auténtico logro, dado que ni en Bizkaia ni en Araba las respectivas diputaciones otorgaron nunca a sus telefonistas los mismos derechos. Un nuevo año, 1932, marcó otro logro para estas mujeres. Hasta ese momento debían abandonar el puesto de trabajo al contraer matrimonio. El último caso fue el de Dolores Zaldua, telefonista de la central de Donostia, quien envió una carta renunciando voluntariamente a su puesto de trabajo porque iba a contraer matrimonio. La Diputación aceptó su solicitud acordando entregarle como premio a su trabajo 1.400 pesetas que quedaron fijadas en el Fondo de Premios que estaba disponible en la Diputación. Esta injusta situación desapareció en 1932, cuando los miembros de la Diputación decidieron con toda la razón anular esta situación.

Las telefonistas sufrieron los contratiempos de la Guerra Civil al igual que el resto de guipuzcoanos y vascos. Un nutrido grupo de ellas fue apartado al inicio pero unos meses después fueron definitivamente readmitidas. Algunas de ellas fueron Eugenia Beristain (Zarautz), María Pilar Bazán Lasa (Irun), Justa Ayestaran Loinaz (Lazkao), Dolores Aramburu Zabaleta (Tolosa), Anastasia Altolagirre Garay (Bergara), las hermanas Matilde y Dionisia Aramendia Irigoyen (Irun) y Casilda Arcelus Loyola (Ormaiztegi). A pesar de ser readmitidas, un grupo de telefonistas partió al exilio a un pueblo del sur de Francia acompañadas por un miembro de la Diputación Provincial de Gipuzkoa. Otro grupo de telefonistas fue sancionado con la inmediata pérdida del trabajo.

Algunas de las sancionadas fueron Jenara, Justina y Mari Cruz Arrue (Tolosa), Isabel Egaña (Villabona), Benita Bernedo (Mutriku) y Pilar Lizarazu (Hondarribia). En total, fueron 35 las telefonistas que fueron destituidas de sus puestos de trabajo durante la Guerra Civil. En este número no están incluidas las telefonistas de la central de Eibar quienes, en 1938, junto con otros empleados de la central, fueron destituidas de sus puestos de trabajo.

La posguerra fue dura para todos y las telefonistas no fueron una excepción. En las sesiones de la Diputación Provincial de aquellos años solo se reflejan los nombres de las telefonistas para anunciar oficialmente su destitución.

Al comienzo de 1940, es decir, los últimos años de gestión de la Red Telefónica Provincial por parte de la Diputación, las telefonistas volvieron a ser objeto de interés en las sesiones de la institución. La reversión al Estado se acercaba y los miembros de la Diputación comenzaban a estar nerviosos por el personal y las instalaciones, por el futuro de unos y otros. En lo referente al trabajo de la comisión encargada de la reversión al Estado fue encomiable dado que veló en todo momento por salvaguardar los intereses y derechos de las telefonistas. De hecho, Telefónica se comprometió a que las más jóvenes pasasen a formar parte de su plantilla en Gipuzkoa.

En resumen, el grupo de mujeres que trabajó, aproximadamente entre 1909 y 1947 en las centrales de la red, consiguió importantes avances para las trabajadoras en un periodo en el que sus derechos apenas estaban reconocidos.

Eran una parte esencial ya que el teléfono de la época era manual y era necesario que una telefonista efectuara la conexión

Desde 1911 pudieron disponer de un día de descanso semanal, el primero de varios derechos reconocidos a la plantilla

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