Reflexiones

Apocalipsis

28.03.2020 | 23:40
Apocalipsis

Covid-19. Un verdadero apocalipsis, el mayor jamás conocido por el Homo Sapiens en sus 300.000 años de historia. Digo "el mayor", porque nunca hemos sido tantos y porque ningún fenómeno ha tenido tanto impacto global y mediático como este virus submicroscópico, tan pequeño que no se ve en los microscopios.

Cuando digo "apocalipsis" no lo entiendo en el sentido común de cataclismo, sino en el sentido propio del término griego: "revelación". La apocalíptica es un talante espiritual y un género literario que estuvieron en boga entre judíos y cristianos en una época violenta y crítica (s. IV a.C. - s. II d. C.). Su mejor exponente es el último libro de la Biblia cristiana llamado Apocalipsis, obra fascinante de un profeta cristiano místico y subversivo, escritor genial, durante la cruel persecución del emperador Domiciano, a finales del s. I. Abre los ojos, y ve en la tragedia signos reveladores de la liberación. Y llama a la esperanza, una esperanza paciente y activa, rebelde y pacífica.

Miro y abro los oídos y, del fondo de este panorama desolador, me llegan los ecos de un mensaje general y dos particulares. El Ángel del Bien habla a todos los pequeños y humildes de la Tierra y les dice: Nadie sabemos, ni yo, qué será de vosotros, de vuestro país y de la humanidad entera dentro de unos meses. Escuchadme, pues, y asumid, afrontad la incertidumbre humilde y serenamente. En vuestro confinamiento, más aislados y en comunión más profunda que nunca con toda la humanidad, mantened la calma, respiremos en paz. Y cuidaos. Tan frágiles como sois y os sentís, venga lo que venga, el cuidado personal y mutuo, solo el cuidado, os salvará. ¡Benditas todas las cuidadoras y sanitarias! Escuchadme bien: En la pandemia se revela la salvación. Las palabras lo revelan: virus, en latín, significa "veneno", y en el veneno se encuentra el antídoto. Virus significa también "jugo". Podéis convertir el jugo venenoso en jugo saludable y sabroso de la vida, o podéis seguir segregando y difundiendo por el planeta vuestros propios venenos –el miedo, la codicia, la competición feroz, la prisa creciente–, mucho más nocivos para el planeta, para los más pobres y al final para todos. Podéis sacar lo mejor y lo peor del virus y de vosotros. "El momento decisivo está a las puertas". En nuestras manos está, dice a todos el Ángel de la Vida.

Abro los oídos y escucho. Así habla Jesús, el justo condenado, el condenado vencedor, el crucificado viviente, el Mártir, el Testigo veraz de la Vida, a sus "siete Iglesias", a sus dirigentes primero: No os engañéis. Ni esta pandemia ni ninguna otra depende de un Dios Supremo ni de un Satanás maligno. Anunciad la esperanza y llamad a la responsabilidad, no a la confesión de los pecados. Nunca me importó la culpa, sino la sanación. No organicéis exorcismos ni novenas a santos ni a mi madre María. No os preguntéis "cómo Dios puede permitir esta pandemia y callar", ni decretéis indulgencias plenarias ni recéis implorando misericordia, como si existiera un Dios que pudiera responder a tales preguntas y otorgar o negar la misericordia según su arbitrio. La Fuente de la Misericordia, el Espíritu de la Vida, la Llama creadora, habita en vuestras entrañas, en el fondo de vuestro corazón, en lo más hondo de la realidad. Dejad que brote y crezca, arda y hable, viva y recree una nueva humanidad. Así lo hice yo.

Miro y oigo. Los "cuatro seres animados" –todos los vivientes y el cosmos entero– claman a los poderosos de la Tierra: No nos haréis creer que un virus es el problema más grave. El gran problema es vuestra ambición de poder y de riqueza. Mirad su terrible señal: 9 millones de muertos de hambre al año, y vosotros tenéis la vacuna. Escuchad su grito. Venceréis al virus, pero no venceréis a la Tierra que sois y que son también los virus. Venceos a vosotros mismos. Deponed las armas asesinas. Deponed la codicia y el poder. Detened este ritmo asfixiante. Acatad la justicia, la llamada de la humanidad y de la comunidad de los vivientes. Reinventad otra economía del Bien Común y del cuidado. Promoved un gobierno mundial justo y democrático. Convertíos y viviréis todos. Solo juntos salvaréis la vida, pues es una.

Veo un cielo nuevo y una tierra nueva, y un gran Arcoíris. La voz del Espíritu resuena del fondo de la Tierra y del Cosmos infinito: No temáis. Todos los muertos descansan en paz. Vivid en paz. Bebed gratis de la fuente del agua de la Vida. He aquí que hago nuevas todas las cosas. Que la Gracia y la Paz esté con todos. Ven, Maranatha.