Un carnaval que bebe de la tradición

El Carnaval de Gipuzkoa tiene a Tolosa como buque insignia, pero son muchos los municipios, barrios o zonas del territorio que lo viven con entusiasmo aunque sin brillo, purpurina, ni carrozas y con raíces muy firmes en la historia.

16.02.2020 | 06:22
El grupo de dantzaris que recorre el entorno de Behobia acompañados del burro que les ayuda en la recogida de presentes.

El Carnaval, la fiesta del disfraz y la transgresión, tiene muchas caras. La de los brillos, las pelucas y las plumas poco o nada tiene que ver con esos inauteris seculares que tienen sus raíces en el acervo cultural vasco y que todavía se mantienen en algunos municipios de Gipuzkoa.

La puska biltzea es, en la mayoría de los casos, parte consustancial de estos históricos carnavales. Consiste en realizar un recorrido por los caseríos del municipio y el entorno para recoger alimentos que se cocinan para celebrar una opípara comida o cena. En la actualidad, en algunos casos se ha dejado de recopilar comida para recoger dinero que se dedica a fines diversos.

Personajes diferentes -aunque con la presencia recurrente de los txantxos- y distintos escenarios para un único objetivo: que la tradición no caiga en el olvido y las generaciones más jóvenes se sumen a la labor de mantenerla.

Uno de los municipios que vive sus inauteriak de forma muy especial es Lizartza, que comenzó su Carnaval el pasado fin de semana con la tradicional degustación de hígado, reminiscencia de la costumbre ya desaparecida de sacrificar un ternero para comerlo a lo largo de las fiestas. Es la jornada que caldea el ambiente carnavalero con el impulso de Otsolar Dantza Taldea.

Ayer, como cada sábado del fin de semana anterior al Carnaval, los txantxos (vestidos "a su aire con lo que encuentran" y con la cara pintada) y los txistularis y dantzaris (estos ataviados de blanco con un mantón colorido, txapela, faja roja, cintas y palos) se reunieron de buena mañana para comenzar su recorrido, con parada en el caserío Etxe-Zahar para almorzar y regresar al municipio en torno al mediodía.

Los carnavales de Lizartza, explica Malen Arrospide, tienen su fundamento en unos bailes que "se han ido transmitiendo de generación en generación". Aunque las primeras imágenes que se han recogido datan de 1928, se tiene constancia de que con anterioridad ya existían.

La Guerra Civil supuso una interrupción en este legado que se volvió a recuperar en 1955, con la creación de un grupo de baile. Desde entonces, de una forma u otra, la danza se mantuvo aunque no se celebrara el Carnaval, y en 1993 un grupo muy activo manifestó su interés por recuperar esta fiesta, que se volvió a celebrar en 1994. Aunque no se podían prolongar por tantos días como en un inicio, se "intentó respetar la mayoría de los detalles", explica Arrospide.

Además, tampoco se consideró oportuno coincidir en fechas con el carnaval de Tolosa y se adelantaron una semana. Por ello ayer, de caserío en caserío, txantxos y dantzaris fueron realizando su recolecta para preparar una suculenta comida. Hoy esa recaudación se traslada al casco urbano, como aperitivo de las inauteri dantzak, que se celebran con la participación de cuatro grupos para abrir el apetito antes de iniciar una comida con la ternera como protagonista.

Abaltzisketa también ha trabajado para mantener sus tradiciones, cuyos orígenes son difíciles de determinar. "No hay ningún testimonio escrito sobre eso", apunta Aitor Otamendi. "Se dice que la tradición viene de cuando se reunían los quintos que iban al servicio militar para celebrar el Carnaval", explica Otamendi.

Cómo se mantuvo y se transmitió no queda claro, aunque sí se sabe que hubo interrupciones, hasta que en torno a la década de los 80-90 volvió a tomar fuerza. "Es algo que ha pasado en diversos municipios que han tenido Carnaval, lo perdieron y lo volvieron a recuperar", apunta Otamendi.

El domingo de carnaval, un grupo de ocho personas -txantxos, dantzaris, dos personas disfrazadas que portan una cesta y una escoba, y los trikitilaris- comienza su recorrido a las 8.00 horas, bailando ante el Ayuntamiento antes de iniciar la ruta por los caseríos de la zona.

El relevo, hasta a fecha, se ha ido garantizando y los jóvenes del municipio siguen manteniendo una tradición que les obliga a ataviarse con sus abarcas, pantalón y camisa blanca, faja roja, corbata negra y "unos trapos que tenemos guardados como reliquias", con estampados rojos y otros amarillos que los participantes se ponen de forma alterna. En la cabeza, una txapela roja con sus borlas blancas.

Muy cerca, en Amezketa, también se viven unos carnavales con sello propio, cuyos orígenes resultan asimismo complicados de ubicar en el tiempo. "Antes de la Guerra Civil existían y se mantuvieron algunos años después de que acabara pero, tras una larga interrupción, se recuperaron en 1976", indica Jokin Artola.

En aquella época funcionaba en Amezketa un asociación muy activa, Zazpi Iturri, que sigue viva y que con el testimonio y la labor de recuperación realizada por Koldo Saralegi, recientemente fallecido, volvió a retomar la senda de esta fiesta.

Anteriormente, según señala Artola, ocho dantzaris, un poltsero, un trikitilari y el txantxo componían la comparsa que realizaba el recorrido, ataviados los dantzaris con una boina roja con borlas y adornos y -"según los recursos de cada familia"- con pantalones de mahón, camisa blanca, faja y abarcas. Pero cuando se recuperó en 1976 el personaje de txantxo desapareció, y en la actualidad, sin limitar el número de participantes a ocho, la indumentaria sigue siendo similar, aunque con txapela negra y una pañoleta colorida.

Aunque se trata de garantizar al menos un grupo de ocho, no existe un tope de participantes, intentando que el número sea par para poder hacer divisiones si es necesario.

Esta comitiva sale el sábado y el domingo de Carnaval. A las ocho de la mañana se reúne en la plaza antes de desayunar y, divididos ya en dos grupos, inician la marcha. El sábado un grupo recorre los caseríos de Bedaio "en furgoneta", y el otro, en este caso caminando, los situados en el entorno de Amezketa. El domingo los grupos se dividen entre Ugarte y lo que haya quedado sin visitar en Amezketa para juntarse en el barrio de Zubillaga y seguir su camino por el municipio. En otro tiempo se recogían más viandas pero, en la actualidad, se recopila dinero con el que, añade Artola, se organiza alguna comida y se cubren distintas necesidades del pueblo. "Pero no pasamos hambre, que en los caseríos nos dan buenos almuerzos con caldo, sidra reciente, rosquillas o lo que sea", matiza Artola.

El recorrido por la Gipuzkoa que vive sus carnavales de forma más tradicional tiene, entre otras paradas, una en la plaza de Oiartzun, hasta donde el viernes llegaron intxisus, basandreak y sorginak, que se congregaron en torno al fuego al atardecer. Ayer siguió la fiesta con una ruta por los caseríos de la zona con los participantes vestidos de poxpolinas.

Joxito Manzano explica los orígenes de esta fiesta pagana. "Dicen los viejos del lugar que en la zona de Peñas de Aia existían unos seres más bien pequeños a los que llamaban intxisus", que han vuelto a aparecer y se han sumado a otra tradición existente en la zona, "la de pedir de caserío en caserío" algo de comida para tomar fuerzas y seguir cantando y disfrutando.

Los intxisus, personajes mitológicos que inicialmente no estaban vinculados al Carnaval, sus acompañantes y la kuestaziyua son actualmente los ingredientes de la fiesta en Oiartzun.

El viernes los personajes mitológicos, con su comitiva ataviada con sacos, gorros de paja y cintas, se acercaron al municipio y tras los pertinentes bailes izaron una bandera que "instaura un nuevo orden". Ayer tocó seguir con la kuestaziyua, con ocho cuadrillas recorriendo los caseríos de sus barrios para luego comer en sus respectivas sociedades. Hoy por la tarde toca decir adiós a los visitantes bajados del monte, que abandonarán Oiartzun.

"Al principio se celebraba el fin de semana de Carnaval, pero luego comenzó a organizarse una semana antes para diferenciar y dar identidad propia" a una propuesta en la que pueda tomar parte "todo el que se anime tenga la edad que tenga", puntualiza Manzano. "Es una fiesta que está cogiendo cada vez más fuerza. El pasado año en la kuestaziyua participaron un millar de personas en los distintos grupos de los barrios. Es un 10% de la población", concluye.

No hay excusa para no disfrutar de un Carnaval diferente porque existe una oferta variada. Otra alternativa es acercarse a Behobia. Fernando Ribera recuerda que en 1984 los responsables de la entonces recién fundada Eraiki Dantza Taldea empezaron a investigar sobre retazos del pasado. "Nos acordábamos de haber visto pasar a un grupo de Meaka que marchaban con la trikitixa. Iban vestidos de blanco con cintas rojas y azules y se paraban ante las casas para bailar".

Con intención de recuperar la tradición y "para motivar a los dantzaris más jóvenes", se pusieron manos a la obra en la recogida de información, acudiendo para ello a la familia Zabalo del barrio de Meaka, participantes en aquel grupo precursor.

Fueron ellos quienes les explicaron cómo planteaban el recorrido, les mostraron de qué forma se llevaba a cabo el trenzado de las cintas y evocaron la necesidad de "pedir permiso al Gobierno Civil" en la dictadura. Con toda esa información bien asumida retomaron la tradición, inicialmente en la zona de San Marcial. En este caso, explica Ribera, "no hay personajes". "Era un grupo de chicos y chicas con una burruntzia en la que colgaban los chorizos y lo que les daban y unas escobas para limpiar los malos espíritus", subraya.

Con posterioridad, en otras zonas de Irun también se recuperaron los carnavales, con algunos personajes como los mairus aunque, incide Ribera, "en la puska biltzea que se hacía aquí, como en la zona de Lesaka, no había personajes, solo dantzaris".

Por ello, en Behobia es ese el séquito que sale "el sábado regular", este año día 22 de febrero: los dantzaris (con sus cascabeles cosidos al pantalón), sus acompañantes y un burro como ayudante para "llevar las cosas, porque hacemos un recorrido largo".

Eraiki sigue siendo el organizador de la puska biltzea en la que se congrega un nutrido grupo de "entre 40 y 60" personas que sale de la campa del monte San Marcial y recorre los caseríos hasta el camino de Endarlatsa, para volver al entorno de la muga del Bidasoa y llegar desde allí al caserío Zinkoenea, donde comen, aunque no las viandas recogidas en su recorrido, que guardan para la cena. Por la tarde, con las fuerzas repuestas, retoman el camino hacia la parte alta de Behobia antes de culminar la jornada.

Todo un abanico de posibilidades para disfrutar de un carnaval con mucha solera, color y sabor a tradición.

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