Joseba Rezola protagonista de la Resistencia vasca

19.12.2020 | 23:57
Condenas a muerte: con Ajuriagerra y otros jeltzales en Burgos.

El próximo año, el 26 de diciembre, se cumplirá medio siglo del fallecimiento de Joseba Rezola, vicepresidente del Gobierno Vasco en el exilio.

Aunque desde los años 50 había ocupado el puesto de secretario del Partido Nacionalista Vasco, representante de la Democracia Cristiana o presidente de Sabindiar Batza, entre otros muchos cargos, la biografía de Rezola es mucho más extensa e intensa. Lo más destacable, sin embargo, fue su incansable actividad y dedicación –en cuerpo y alma– a sus ideas nacionalistas, a su patria y a la defensa de la causa vasca en todos los ámbitos y por todo el mundo. Muchos de los que le conocieron y trataron –como Iñaki Anasagasti, quien ha reivindicado su figura en múltiples ocasiones– lo han considerado como un hombre excepcional.

Joseba de Rezola nació el 18 de abril de 1900 en Ordizia (Gipuzkoa). Fue el mayor de siete hermanos, y desde los 14 años ya militaba en el Partido Nacionalista Vasco.

Se licenció en Derecho en Valladolid y Madrid; y en aquellos años anteriores a la guerra, de renacimiento cultural, junto a su formación académica y profesional, canalizó la propaganda patriótica en toda la zona del Goierri impulsando el teatro euskeldun y congregando a la población (jóvenes y mayores) en sus muchas representaciones. Durante los años de la República fue presidente de la Junta Municipal del PNV en Ordizia, responsable del Secretariado Vasco de Donostia –órgano al servicio del Gipuzko Buru Batzar– y activo miembro del EBB del PNV, como apuntaba hace años otro histórico nacionalista –Gerardo Bujanda– quien consideró siempre a Rezola como uno de los miembros de aquella generación irrepetible de la que formaron parte Jose Antonio Agirre, Lasarte, Ajuriagerra, Monzón, Jauregui o Lizardi, entre otros muchos.

En el verano de 1936, tras la sublevación militar del 18 de julio, fue comisario de guerra de la Junta de Defensa de Gipuzkoa (en representación del PNV) y junto al comandante Cándido Saseta, participó en la organización de las primeras Milicias Vascas.

Con estos antecedentes no fue nada sorprendente que al constituirse el Gobierno Vasco en Gernika, el lehendakari José Antonio Agirre le tuviera como su mano derecha en la consejería de Defensa que él dirigía, nombrándole precisamente secretario general de Defensa. Su papel en esta consejería fue fundamental: por un lado, debía mantener un estrecho contacto con el Estado Mayor del ejército vasco o Euzko Gudarostea, y por otro, una fluida relación con los mandos profesionales del Ejército y los dirigentes de las milicias de los partidos. Rezola fue el nexo de unión del Gobierno con el Ejército, el engarce de todas esas piezas, conviviendo con todos ellos, haciendo que estuvieran perfectamente compenetrados.

El periodista y corresponsal de guerra George L. Steer, que también le conoció muy de cerca en aquel ambiente bélico, escribió de él en su libro El Árbol de Guernica: (€) mi amigo de la Presidencia (€). Su figura alargada y poderosa, su rostro recio, sus ojos inflexibles, su voz firme, quedarán impresos para siempre en mi sentido de la historia. (€) Rezola era una roca de bronce. Un hombre indomable que no conocía el miedo. Era el prototipo de la fraternidad, el tesón, la serenidad y el humanitarismo, al cual en el subconsciente se parecen todos los vascos.

Perdido el territorio vasco, el 28 de agosto de 1937, Rezola, junto a miles de gudaris, fue hecho prisionero en Santoña (Cantabria). Allí le condenaron a muerte en un juicio sumarísimo, y tras dos largos años de calvario, le conmutaron la pena por la de reclusión perpetua y después por la de prisión mayor. Pasó por las cárceles de El Dueso (en Santoña), Larrinaga (en Bilbao) y Burgos, desde donde finalmente salió en libertad condicional con destierro, el 31 de marzo de 1943. Los años de presidio le pasaron una gran factura a su salud, pero esto no impidió que siguiera trabajando incansablemente por sus ideales.

Ante la imposibilidad de regresar a Ordizia (estaba obligado a fijar residencia a 300 kilómetros de su localidad natal) se trasladó a Madrid, y allí, llegó a ser el responsable de la Resistencia Vasca, convirtiéndose en el primer presidente del Consejo Delegado y Junta de Resistencia del Gobierno Vasco que permanecía en el exilio. Por su actividad clandestina fue detenido varias veces y trasladado a la Dirección General de Seguridad. También estuvo internado en la prisión provincial de Madrid. En 1945 tras una nueva detención le trasladaron a Donostia para que fuera juzgado. Sin embargo, nada más llegar a la estación del Norte, logró escaparse del control policial y –en una rocambolesca huida de película– pudo salvar su vida cruzando la muga, e instalarse en Ciboure.

En el exilio Desde Laburdi, continuó sus actividades de resistencia realizando viajes clandestinos al interior, llegando incluso hasta la capital del Estado, estando en contacto con las distintas fuerzas antifranquistas de la península (catalanes y gallegos, en Galeuzca; y con republicanos, monárquicos, comunistas, etc. agrupados bajo las siglas de la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas). Lograr la caída del dictador e instaurar un régimen democrático seguía siendo el objetivo principal. En la correspondencia que mantenía con los resistentes, tanto del interior como del exterior, utilizó varios seudónimos desde entonces, siendo los más habituales Juan Ramón y Jenaro Imaz.

Rezola fue el director y alma de Radio Euzkadi, la primera emisora clandestina del Gobierno Vasco en la que colaboraron diferentes personalidades destacadas de todo el exilio vasco, y que fue clausurada en 1954 por las presiones franquistas al gobierno francés. Todo lo que salía por las ondas pasaba antes por sus manos. Años más tarde, cuando en 1965 surgió nuevamente Radio Euzkadi, pero esta vez desde la selva venezolana, Rezola continuó siendo uno de sus mayores impulsores. Consideró que aquel equipo de militantes nacionalistas constituían "la cuarta rueda de la resistencia" –en palabras de Jokin Intza, uno de sus responsables–.

Por otro lado, su actividad en torno al desarrollo de la Democracia Cristiana por el mundo fue muy destacada. Estuvo presente en el momento de su nacimiento en Europa, representó al nacionalismo vasco en ella y asistió a muchas reuniones internaciones. Todo esto no le restó tiempo para participar en otros proyectos culturales como el VIII Congreso de Estudios Vascos o la creación de los institutos Euskal Kulturaren Alde y Sabindiar Batza, del que llegó a ser su presidente algunos años, iniciándose entonces la edición de las Obras Completas de Sabino Arana.

A finales de la década de los años 50, pasó a ser secretario del Partido Nacionalista Vasco y poco después, en 1963, regresó al Gobierno Vasco pero ahora como vicepresidente, sustituyendo a Xabier de Landaburu, que acababa de fallecer.

El juicio de Burgos La preocupación social por los presos, represaliados y víctimas del franquismo fue otra de las constantes en la vida de Rezola. Según Mikel Isasi, hombre de Gobierno que trabajó con él en muchas labores de la Resistencia política y cultural vasca, Rezola fue uno de los primeros vascos en tomar contacto con Amnistía Internacional.

Ante las sentencias de los tribunales franquistas Rezola solicitaba la colaboración de los representantes de la Democracia Cristiana en Europa para que con su intermediación cerca del gobierno de Madrid, no se dictaran penas de muerte.

Una de las actuaciones más efectivas, la que más repercusión internacional tuvo fue durante el conocido Proceso de Burgos, el juicio del que se acaban de cumplir 50 años el pasado día 3. En aquella ocasión se juzgó a varios militantes de ETA y ante la presunción de que se dictaran varias condenas a muerte, el lehendakari Leizaola y el vicelehendakari Rezola se empezaron a mover más de un año antes de la celebración del juicio: hicieron gestiones en el Vaticano, en Bruselas, ante las internacionales sindicales y personalidades eclesiásticas; en el Parlamento, Senado y Ministerio de Asuntos Exteriores italiano, en Londres, París€ El carácter sumarísimo de los consejos y la inmediata ejecución de las penas, si se llegaban a pedir, obligaron a actuar rápida y continuamente.

Gracias a la presión ejercida y a la solidaridad internacional los juicios del proceso de Burgos se realizaron a puertas abiertas y las 16 penas de muerte que se dictaron aquel 28 de diciembre de 1970, fueron conmutadas pocos días después.

El nombre de Joseba Rezola va ligado inseparablemente al de Aurora, su mujer, con la que se casó en septiembre de 1934 y permaneció a su lado hasta sus últimos momentos. Solo ella supo lo que sufrió y trabajó su marido en sus casi 40 años de unión por conseguir la libertad del Pueblo Vasco; anhelo que tristemente no pudo ver. Joseba Rezola murió el 26 de diciembre de 1971 en Donibane Lohitzune y fue enterrado en esta localidad. No fue hasta octubre de 1984 cuando sus restos mortales se trasladaron definitivamente a su Ordizia natal.

Fue miembro de aquella generación irrepetible formada por Agirre, Lasarte, Ajuriagerra, Monzón, Jauregi o Lizardi, entre otros