El domingo sangriento de Lituania

10.01.2021 | 00:45
Manifestación en Vilnius para pedir la independencia de Lituania.

La madrugada del 13 de enero de 1991 fuerzas especiales soviéticas trataron de hacerse con la sede de la radiotelevisión lituana. Los civiles se opusieron y los soldados soviéticos dispararon. Murieron 14 manifestantes

Si 2019 tuvo como gran efeméride histórico el 30 aniversario de la caída del Muro de Berlín, 2021 celebrará otro acontecimiento histórico relacionado con lo ocurrido en Berlín en 1989. En 1991 la URSS, uno de los mayores estados de la historia moderna se desintegraba ante la mirada atónita del mundo. La guerra fría, el principal acontecimiento político de gran parte del siglo XX, perdía a uno de sus dos contrincantes. Estados Unidos y su sistema liberal habían vencido. Llegaba el Fin de la Historia según teorizaron algunos intelectuales. A partir de entonces ya nada iba a ser lo mismo en el nuevo orden mundial.

Pero aquel acontecimiento histórico no ocurrió de la noche a la mañana. Fue la culminación de una sucesión de hechos que tuvieron en vilo al mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y que culminaron en aquel lejano ya 1991. Un año en el que los acontecimientos se agolpaban uno tras otro y en el que el mundo pudo ser testigo día a día de la caída del mundo soviético. Y fue en los países bálticos donde comenzó la cadena de acontecimientos que en menos de un año acabaron con la URSS.

Lituania, Estonia y Letonia, con su importante posición geoestratégica hacia el mar Báltico, siempre fueron una pieza codiciada por sus vecinos. Daneses, suecos, alemanes o rusos han conquistado frecuentemente aquellos pueblos durante su larga historia. Con el final de la Primera Guerra Mundial, por fin, los tres países volvían a ser independientes, pero la alegría no duró mucho. El 23 de agosto de 1939, seis días antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi y la URSS de Stalin sellaban el Pacto Ribbentrop-Molotov, por el que ambos países se repartían Polonia y los estados bálticos.

Con aquel tratado Hitler lograba la neutralidad soviética en su intento de hacerse con Polonia, y Stalin ganaba tiempo para rearmarse ante el futuro conflicto con los nazis del que pocos dudaban ya. Los países bálticos pasaban a ser parte de la URSS y sus anhelos independentistas pisoteados. En 1941 Hitler rompió el pacto firmado atacando a la URSS haciéndose, de paso, con los países bálticos en su camino hacia Moscú. Estonios, lituanos y letones sufrieron en primera persona la crudeza del frente oriental para, tras la derrota nazi, volver a caer en manos de los soviéticos.

Comenzaban décadas de represión de la cultura popular y de los anhelos independentistas bajo las botas soviéticas. Deportaciones a Siberia, represión de las culturas nacionales y persecución de toda oposición fueron la estrategia de Stalin para tratar de eliminar la identidad nacional e imponer la rusificación de los tres territorios. Pero letones, estonios y lituanos lograron preservar su cultura y sus anhelos de libertad durante generaciones. Solo había que esperar el momento propicio para lograr la libertad.

Y el momento llegó. A partir de la década de los 80 el declive a todos los niveles de la Unión Soviética era algo que no se podía ocultar. La carrera armamentística de la guerra fría había dejado exhausta a la URSS. A nivel económico era incapaz de hacer frente a las necesidades más básicas de sus ciudadanos y a nivel político la falta de libertades democráticas era cada vez más criticada dentro del telón de acero. Una nueva generación de dirigentes, con un joven Gorbachov como líder, llegaba al poder a mediados de los 80 para salvar el sistema soviético. Era necesario acercar la economía soviética al modelo occidental e introducir libertades democráticas en el sistema político. Nacía la Perestroika (Reestructuración en ruso), el último intento de salvar la URSS desde el propio sistema soviético.

Aquellas reformas buscaban calmar las críticas de los ciudadanos y lograr salvar el sistema creando un comunismo más democrático. Pero a lo largo de todo el bloque soviético, lo que logró fue abrir el camino a los críticos y opositores para acabar con el propio sistema. En el caso de los países bálticos significó que las críticas hacia la invasión soviética ahora podían hacerse y que la crítica política hacia el sistema de la URSS y las ansias de independencia podían debatirse abiertamente, incluso dentro del sistema.

En Estonia los anhelos de libertad que no habían podido liquidar décadas de represión soviética explotaron. Tradicionalmente los estonios se refugiaron en su cultura popular, sobre todo en el canto folclórico. El famoso festival de canto Laulupidu, en el que miles de personas asistían y cantaban canciones tradicionales, había sido una demostración de que la cultura estonia y las ansias de independencia seguían vivas. Con las nuevas libertades de la Perestroika, los estonios comenzaron a manifestarse a favor de su independencia. En aquellas manifestaciones pacíficas los estonios cantaban sus canciones tradicionales y exhibían la bandera estonia. Nacía la Revolución Cantada.

Esta nueva forma de revolución saltaba también a los vecinos bálticos. Los lituanos pronto formaron su propio movimiento independentista, el Sajudis, que abogaba por el fin del partido único y por la independencia respecto a la URSS. Lo mismo ocurrió en Letonia, donde el partido comunista local fue siendo dominado por las fuerzas que abogaban por la independencia. La Revolución Cantada comenzaba a expandirse por todo el Báltico. Moscú y Gorbachov se ponían nerviosos. Se aceptaban los cambios, pero siempre desde dentro del sistema soviético y sin salirse de él. Para la Revolución Cantada no había posibilidad de libertad dentro de la URSS.

EL 23 de agosto de 1989 los pueblos bálticos marcaron un hito en su proceso de liberación. Aquel día, 50º aniversario de la firma del tratado Ribbentrop-Molotov que aplastó la independencia de sus pueblos y legalizó la invasión soviética, cerca de dos millones de personas unieron sus manos para unir las tres capitales bálticas. Una línea de 600 kilómetros que llamó la atención del mundo y donde los convocantes solicitaban claramente la retirada de la ocupación soviética. La independencia era el objetivo.

Moscú condenó el acto, a pesar de que se trató de un acto pacífico. Pero para entonces no solo los países bálticos bullían en contra del sistema soviético. Los países del bloque del este comenzaban ya a presionar contra sus regímenes. En Polonia Solidarnosc comenzaba su camino hacia la victoria frente a los comunistas polacos. Checoslovaquia, Hungría y Rumanía comenzaba también la presión contra sus dirigentes. En noviembre cayó el muro de Berlín, arrastrando consigo en su caída a los regímenes comunistas del este.

Los países bálticos vieron el camino a la independencia abierto. Los movimientos favorables a la independencia fueron haciéndose con los parlamentos de cada nación e introduciendo las banderas nacionales, la lengua nacional y leyes que iban encaminadas a una independencia política y una separación formal de la URSS. Lituania fue la que más lejos llegó en ese desafío, declarando su parlamento la independencia el 11 de marzo de 1990 tras la victoria del movimiento Sajudis en las primeras elecciones democráticas desde la ocupación soviética. Moscú no tardó en amenazar con las consecuencias. Comenzaban meses de bloqueo económico y amenazas de intervención militar.

En enero de 1991, un Gorbachov asediado por problemas internos decidió poner fin al desafío de los lituanos. Una vez perdido el bloque del este, la disolución de toda la URSS era una posibilidad y Gorbachov no pensaba tolerarlo. El 10 de enero de 1991 envió un ultimátum a los gobernantes lituanos para que se echasen atrás en su órdago independentista. Al día siguiente, los tanques entraban en las capitales de Lituania y Letonia. La amenaza se había cumplido.

Miles de ciudadanos se enfrentaron pacíficamente a los tanques colocando sus cuerpos frente a estos. Las televisiones de todo el mundo iniciaron sus noticiarios con aquellas imágenes. Personas de todas las edades se reunían cantando ante los cañones soviéticos. La tensión iba en aumento. Y al final explotó. La madrugada del 13 de enero fuerzas especiales soviéticas trataron de hacerse con la sede de la radiotelevisión lituana. Los civiles se opusieron y los soldados soviéticos dispararon. Murieron 14 manifestantes y un soldado ruso abatido por sus propios compañeros. La Revolución Cantada había sido ahogada en sangre en Lituania. Los cañones habían podido con las canciones. Moscú había logrado reafirmar su poder. Pero el precio había sido muy alto.

Aquella masacre, conocida por la posteridad como el domingo sangriento lituano, significó la derrota moral de la Perestroika y de la URSS. Las promesas de un nuevo comunismo más democrático y que respetaba la voluntad de sus propias repúblicas se desvanecieron. A partir de entonces la URSS quedaba herida de muerte. La Revolución Cantada no pudo parar los tanques, pero su movimiento pacífico se había ganado a toda la opinión internacional. Aunque fueron derrotados, habían encendido la mecha del fin de la URSS. En menos de 12 meses la URSS iba a dejar de existir€

Lituania, Estonia y Letonia, con su importante posición geoestratégica hacia el mar Báltico, siempre fueron pieza codiciada. Los tres países lograron tras la I Guerra Mundial la independencia

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