Los otros Arguiñano: así son y así viven los siete hijos del famoso cocinero

Todos los hijos del chef televisivo se han reunido para un reportaje y he aquí la crónica de lo que sucedió en dicho encuentro y de lo que dicen los nuevos protagonistas de una familia muy conocida

31.05.2021 | 09:10

Eneko, María, Zigor, Charly, Martín, Joseba y Amaia conforman la segunda generación Arguiñano, un clan tan amplio como unido a cuyos miembros les gustan muchas cosas, incluidas la hostelería y el mar, sobre todo la conjunción que este tiene en Zarautz con la montaña. La velocidad y el surf también son nexos importantes para estas siete personas, las herederas del, a buen seguro, cocinero más popular del país.

Pero por encima de fogones y deportes hay algo que les une de manera indisoluble: la pareja que forman sus padres, Karlos Arguiñano y Luisi Ameztoy. Este es un clan que trabaja unido y que de una forma u otra siempre está al quite para dar apoyo a cualquiera de sus miembros si lo necesita en un momento dado. Son la segunda generación y el anuncio de la tercera, porque por detrás llegan pisando con fuerza los doce nietos del chef de Beasain, quien a sus 72 años no ha perdido un ápice ni de su fuerza ni del tirón popular que exhibe desde hace ya tres décadas. Y se ha hecho con un importante y merecido premio televisivo.

La cita es en la bodega de txakoli de la familia Arguiñano, K5. El paisaje poblado de vides y las vistas atrapan a cualquiera; también a los siete hijos de Karlos, pese a que están más que acostumbrados al lugar. Eneko, María, Zigor, Charly, Martín, Joseba y Amaia se han reunido frente a las viñas y comentan lo difícil que es a veces juntarse para una foto: "Esta es la primera vez que posamos todos juntos para la prensa. Hace un tiempo también nos reunimos aquí para grabar unas imágenes con David de Jorge, que quería darle una sorpresa al aita, pero era otra cosa", dicen entre Amaia y Joseba. Eso sí, las reuniones privadas en la casa de sus aitas están a la orden del día.

Son la nueva generación de la familia Arguiñano y todos han crecido a la vera de los fogones. "Nos hemos criado oliendo a comida rica, rica, como diría el aita", dice Joseba, y ríen todos. Pero no solo es la comida de su padre la que ha alimentado sus estómagos y ha conseguido que sean exquisitos en la mesa, porque hacen un guiño unánime a Luisi, la madre: "Ella es la matriarca de todo lo que somos. Sus croquetas no las iguala nadie, pero es que cocina muy, pero que muy bien. Con el aita forma una buena pareja, en los fogones y fuera de ellos", dice el pequeño de los chicos.

Unidad


Los siete hermanos se llevan muy bien. Seis comparten el apellido Arguiñano. María Torres es la séptima, pero el chef de Zarautz la reconoce como una hija más. Es argentina, pero hace ya mucho tiempo viajó con él hasta el Cantábrico vasco para convertirse en una más de la familia. Se conocieron en los programas que el cocinero televisivo hizo en la tierra de ella. " Es una hermana más, no hay duda. Hemos crecido una parte de nuestra juventud juntos y ahora es una pieza importante en la familia y en la cocina. Ella trabaja mano a mano con Zigor y funcionan muy bien juntos. María es una más de los nuestros. Somos siete", afirma Eneko. Ella también se siente totalmente integrada en el entorno familiar. Lleva más de media vida con todos ellos.

Se comunican a la perfección con la mirada. Todos admiran a sus padres y entre ellos hay una relación de armonía absoluta: "No somos de discutir, nos llevamos muy bien. A ninguno nos gustan las peleas y solemos estar muy de acuerdo en la mayoría de las cosas importantes", comentan. "Seguro que de pequeños nos peleábamos algo más, pero como todos los niños. De mayores no tenemos riñas, nos apoyamos en todo", sentencia Martín con una sonrisa.

Amaia, la más joven de todos ellos – "y la más lista también", comentan entre bromas sus hermanos, "es la ingeniera", añaden riendo–, se dedica a la bodega, pero antes estuvo en el mundo de las motos de competición, y resalta que "ninguno nos hemos ido de Zarautz, todos vivimos muy cerca e incluso algunos compartimos comunidad de vecinos".

Todos derrochan simpatía y disposición mientras nos acercamos a las viñas situadas en Aia (Gipuzkoa). Cada uno de ellos tiene una misión muy concreta en los negocios de la familia, todos menos Charly, el tercero de la familia, cuyo mundo profesional está en el cine a través de la fotografía, pero le gusta la cocina y alguno de sus hermanos le señala como el que más maña se da ante los fogones. No le importa ponerse un delantal y convertirse en la mano derecha de su padre en la cocina, pero siempre en casa, nunca de forma profesional.

Una foto de familia


La cita es al completo y se nota que entre ellos los hay quienes están más cerca del mundo de los medios de comunicación, con Joseba a la cabeza. Anda en su salsa mientras se da una vuelta por el exterior de la bodega, y en su vida diaria combina el obrador con la televisión. Es, dicen, el que más se parece a Karlos Arguiñano en lo físico y quizá también en una forma de ser extrovertida, aunque asegura que él no cuenta, ni va a contar, chistes ante las cámaras como hace su aita.

Eneko es el mayor de todos y al que menos le gusta salir en la prensa. Prefiere mantenerse siempre en un segundo plano, pero no quiso quedarse fuera de la foto de familia de la segunda generación Arguiñano-Ameztoy.

Martín es el que se ocupa de la parte administrativa, el que gestiona el negocio hostelero y hotelero. Es administrativo y un enamorado también de la cocina y del buen comer, pero prefiere poner en práctica sus habilidades culinarias fuera de los fogones profesionales. Ríe divertido cuando habla de los autobuses, sobre todo de jubilados, de otras partes del Estado, que tienen como parada obligatoria, al menos antes de la pandemia, el restaurante Arguiñano: "Cuando no le encuentran se van a la estatua del aita que está en la terraza, se abrazan a ella y se hacen las fotos", dice. Zigor, el segundo del clan, es el que tomó hace años el testigo del padre y quien a diario y junto con María se encarga de que la buena cocina llegue a la clientela en el restaurante que lleva su apellido.

Aficiones comunes


Todos han crecido a la orilla del Cantábrico, frente a una playa que invita a practicar todos los deportes posibles, así que hacen surf, les gusta la pesca y la navegación. Han invertido muchas horas en las frías aguas de los arenales de Zarautz. También les encanta la velocidad, con el skate y las motos como ejes destacados.

"Nosotros nos lo comemos todo", dice Joseba, y la verdad es que a todos les gusta la buena mesa, en la que aprecian los matices gastronómicos. Este año ha sido difícil para ellos, igual que para otras familias, por las distancias que ha impuesto la pandemia. Las reuniones familiares siempre han estado en sus agendas, tanto en fechas normales como en celebraciones señaladas, pero esos encuentros se han visto paralizados por la situación actual y las han echado de menos. Karlos ha comentado dolido en muchas ocasiones lo mucho que ha sentido no poder abrazar a sus nietos. Parece, por fortuna, que la normalidad está a la vuelta de la esquina.

Los domingos suele haber reuniones muy especiales. "Las chicas de la familia, con los hijos, suben a comer a casa de nuestros padres. Después nos vamos acercando nosotros según terminamos las labores en el restaurante, el obrador o el hotel. A veces llegamos al postre y otras al café. Esta ha sido hasta ahora una cita sagrada. Nos gusta estar en familia y compartir momentos y comida", comenta Martín.

¿Habrá tercera generación Arguiñano en entre fogones? "Seguro que sí. Los nietos son doce por ahora, muy jóvenes aún, pero es probable que entre ellos haya alguien al que le guste la cocina, el comedor, el hotel o el mundo de la pastelería", dicen los padres de estas criaturas que son el futuro de la familia. 

La reunión se produjo entre los viñedos de la bodega K5.
En detalle


La calle de los Arguiñano. Como curiosidad, que la es, cabe decir que viven todos en la misma calle, muy cerca del lugar donde pasaron la infancia. Algunos coinciden incluso a la hora de coger el ascensor, porque son vecinos. Amaia, la ingeniera y única chica que lleva el apellido Arguiñano, es también la única que ha ido a la universidad. Karlos, el padre, suele bromear cariñosamente diciendo que "es la única de los hermanos que sabe leer".
 
Reuniones familiares. Entre las costumbres de este clan está la de reunirse en la casa de los padres, y los domingos hay reunión general a la hora de comer.
 
Los doce nietos. Karlos es un abuelo feliz y a sus nietos les regala por sus cumpleaños o por Olentzero un árbol, que plantan en el terreno del caserío. Dice riendo que son tantos que al final le va a ser difícil recordar sus nombres.
 
Mundo croqueta. Aita es el cocinero, sí, pero todos los hijos suspiran por las que hace la ama, Luisi. Nunca faltan en Navidad y en los cumpleaños. Según dicen, nadie supera a la matriarca en esta especialidad tan apreciada.
 
Omnipresente mar. Es un miembro más de esta familia que se ha criado al lado de la playa de Zarautz. Casi todos practican surf y les encanta el entorno natural en todas las estaciones del año.


Eneko: "Al servicio hay que darle mimo". 46 años, jefe de sala del restaurante Arguiñano


 


A Eneko Arguiñano no le gusta mucho la exposición pública; él disfruta organizando el comedor y ofreciendo el mejor servicio posible. Es el mayor de los hermanos y se lleva once años con la benjamina de la segunda generación, Amaia.
 
El mayor de la segunda generación de Arguiñanos, ¿el que más manda?
Ja, ja, ja... Por supuesto que no. El mayor, dejémoslo ahí.
 
Pero manda mucho en el restaurante.
Soy el que está al frente de la sala, y también en lo que es el restaurante en sí. Me dedico sobre todo a hacer el equipo de la sala. Tengo ahí a mis chicas y puede haber hasta ocho.
 
¿Solo chicas?
Algún chico también de vez en cuando. Si fuera un equipo, sería el entrenador de ellas para que todo funcione y ganar los partidos.
 
La sala queda como en un segundo plano frente a la cocina...
Es cierto. Se da mucha importancia a los cocineros y cocineras, a los platos, y menos al servicio de mesas, pero el servicio es muy importante y hay que darle mucho mimo.
 
¿Cómo fueron sus comienzos?
A los 15 años. Fue en la cocina y ahí estuve un par de años. Después busqué algo más fácil y llevé el tema de las bebidas. Tenía una pequeña bodega. Cuando me saqué el carné de conducir salí de la hostelería y empecé con el frontón, la pelota. Estuve cinco años en la logística de la pelota, pero a los 23 volví y ya comencé en el comedor.
 
¿Y qué relación tiene con la cocina?
Estupenda, sobre todo por lo que hemos mamado desde pequeños y por un montón de cosas más. La cocina es muy importante en mi vida.
 
Y en tiempos de pandemia...
Imagínatelo en cuanto al negocio... Sin embargo en casa, lo referente a la cocina ha sido una maravilla. Todo ha sido cocinar para los de casa, tener tiempo, hacer la compra y disfrutar de los míos.
 
¿Podría decir un plato de su padre que le haga relamerse de gusto?
Ja, ja, ja... ¿Uno? Hay muchos, no sabría decir uno solo. 



María: "Me vine a este pueblo pequeñito y me adapté". 45 años, chef y repostera del restaurante Arguiñano


 

Lo primero que comenta María es que está inmensamente agradecida a Karlos y a Luisi por todo lo que han hecho por ella. Conoció a Karlos Arguiñano en los programas de cocina que grababa él en la televisión de Argentina, donde ella ayudaba después de estudiar cocina en el país de la Pampa. Y allá empezó una larga historia para la única miembro del clan que no lleva el apellido Arguiñano, sino Torres. Pero es una más en la familia. 
 
¿Qué edad tenía cuando conoció a Karlos?
Tendría unos 18 años y andábamos de acá para allá grabando sus programas en Argentina.
 
¿En qué trabajaba dentro del programa?
Realizaba las preparaciones de lo que luego se grababa, lo que llamamos la mise en place.
 
¿Y cómo tomó la decisión de venirse a vivir a Euskal Herria?
Me llevaba muy bien con él, teníamos mucha confianza y le dije que quería venir a estudiar cocina aquí.
 
Y cruzó el charco.
Eso es, al principio venía a conocer a la familia y luego eran ellos los que venían a Argentina. Me costó mucho hacer el papeleo. Fue un cambio terrible venir a un pueblo pequeñito, me pareció chiquitito y que todo estaba muy limpio, pero me adapté.
 
Y estudió en la escuela de Aiala.
Claro, íbamos juntos a clase Zigor, Joseba y yo. Y también he aprendido mogollón con Patxi Trula y con Mikel Bermejo.
 
Qué gozada venir a vivir a una familia con tanta cultura gastronómica, ¿no?
Tengo que reconocer que me costó bastante, pero somos una piña, trabajamos juntos, estudiamos juntos... Ellos son mi familia, Luisi es como mi madre y estoy muy a gusto en el restaurante.
 
¿De qué se ocupa?
Yo me encargo más de la repostería, y aparte ayudo en todo, superviso el pase de los platos y las comandas.
 
¿Suele ir Karlos al restaurante?
Pasa muy temprano todas las mañanas, pero él tiene su trabajo y luego se marcha.
 
¿Cuantos hermanos trabajan en el restaurante Karlos Arguiñano?
Eneko, Zigor, Martín y yo. Joseba viene a veces también, pero está más en el obrador.
 
¿Da vértigo trabajar en un restaurante de una persona tan importante?
No tanto. Da mucho respeto sobre todo para que las cosas salgan bien, pero tienen mucha confianza en mí y yo lo doy todo. 



Zigor: "Probé lo que era trabajar en la mar". 44 años, chef del restaurante Arguiñano


 

Sus comidas preferidas son las elaboradas con huevos: fritos, tortilla, cocidos, etc. Los mismos gustos que su padre. "Es el producto estrella para mí", comenta. Hizo sus aventuras fuera del oficio y del nicho familiar, después de estudiar mecánico naval, donde se aventuró hasta a trabajar en una plataforma petrolífera, pero volvió para coger las riendas del restaurante Karlos Arguiñano, donde oficia de chef junto a su hermana María.
 
¿Cuantos negocios relacionados con la gastronomía en la familia, no?
Pues sí, es lo que hemos vivido desde siempre. Yo con dos años ya vivía con mi hermano mayor Eneko en el Real Club de Golf de Zarautz, donde el aita trabajaba.
 
¿Y después?
Nos trasladamos al actual restaurante y en los 90 se hizo el hotel.
 
¿Qué edad tenía usted?
16 años.
 
¿Le tiraba trabajar en un restaurante?
No, para nada, cualquier cosa menos cocinero, sabía que esto era duro, que no iba a poder disfrutar mi tiempo libre con mis amigos o hacer surf que practicaba en campeonatos, aunque me gustaba cocinar.
 
Entonces, ¿que hizo?
Estudié mecánico naval, probé lo que era trabajar en la mar y me fui a un petrolero.
 
Eso sí que era una labor dura...
Sí, ya me decían: tú que haces aquí, siendo Arguiñano, ¡vete para casa!
 
Y los padres, ¿que le decían?
Sabían que había tomado esa decisión para ver mundo, que me gustaba hacer mi camino, y tengo que reconocer que esa experiencia me ha venido bien, ahora soy el que hace los arreglos de mantenimiento en el restaurante. 
 
Es usted un chollo, cocina, hace las labores de mantenimiento...
Me toca hacer de todo, cambiar bombillas, arreglar fuegos y gestionar la cocina junto a mi hermana María.
 
¿Y no estudió cocina?
Sí, cómo no, en la escuela de Aiala, con mis hermanos Joseba y María.
 
¿Dejó las grasas mecánicas por las de la cocina?
En el restaurante huele mejor la verdad, y dormir en casa todos los días es un lujo.
 
¿Presiona llevar el apellido de Arguiñano?
En casa no, pero al salir fuera... Y las comparaciones con el aita están ahí.
 
¿Y no se atrevió a hacer un programa en la televisión?
Yo soy más tímido, Joseba lo está haciendo muy bien, le va más por su forma de ser. 
 
¿Y ahora cómo se ve?
Es un momento complicado, aquí y en todo el mundo. Vamos de semana en semana a ver cómo superamos la pandemia. Pero confiamos en nosotros, el aita nos ha educado para hacer bien las cosas y nos ha enseñando que dando calidad tendremos trabajo.
 
¿Qué le gusta cocinar?
Mientras salga bueno, cualquier cosa. Ayer hice unas albóndigas muy ricas, le voy a dar al aita un táper, a ver qué dice...



Charly: "Soy el único que no se dedica a la hostelería". 38 años, director de fotografía


 

Cosa curiosa, Charly es el único de los hermanos Arguiñano que no pertenece al mundo de la hostelería ni entra dentro del trabajo de familia, pero se arremanga en privado y se pone el delantal para convertirse en el segundo de a bordo cuando Karlos Arguiñano cocina para los suyos.
 
Es usted el creativo de la familia...
En la familia hay muchos muy creativos. La cocina, el obrador€ ahí también hay mucha creatividad. Yo soy el que no me dedico a la hostelería, el único.
 
La oveja negra. ¿No le gustaba la cocina?
Ja, ja, ja... La cocina me encanta y me encanta comer, pero soy director de fotografía y trabajo en el mundo audiovisual.
 
¿Se siente extraño entre seis hermanos que siempre hablan de hostelería en uno u otro sentido?Yo también he vivido la hostelería, he ayudado cuando era más joven, sobre todo en el bar, aunque también he pisado la cocina. Es un mundo que me gusta, pero no tanto como para trabajar en él. 
 
¿Qué es lo que más le gusta hacer en una cocina, aunque no sea la del restaurante?
Guisar. Aprendí mucho con mi padre. De hecho, en casa de mis aitas, cuando celebramos algo, quizá sea el que más cocine. Para la familia cocina mi padre y como segundo de a bordo suelo estar yo.
 
¿Está difícil el mundo de la fotografía?
Comparando con el sector de mis hermanos, estamos mejor, porque lo que está muy jodido es la hostelería. Gracias a las plataformas, que es lo que más nos da de comer a los que nos dedicamos al audiovisual, tenemos mucho trabajo. Quienes hacemos series vivimos ahora un tiempo bueno.
 
¿Qué se trae entre manos profesionalmente?
Voy a empezar una serie en Bilbao para Netflix de la que no puedo contar nada todavía. Además, acabo de terminar una película con Iciar Bollaín que se titula Maixabel
 
¿De dónde sacó esa pasión?
Juanjo Landa, socio de mi padre, es mi mentor. Él es productor, me regaló una cámara y así comenzó mi historia con el mundo de la fotografía. 



Martín: "Cocino, pero fuera del restaurante". 37 años, director del Hotel-Restaurante Arguiñano


 

Lo de Martín Arguiñano es la organización y el control del Hotel Restaurante que lleva el apellido familiar, donde ha cogido el relevo en tan importante función de manos de su madre, Luisi Ameztoy, que lo hizo durante años. Dice que solo cocina para su mujer y sus hijas, pero por supuesto que sabe hacerlo, aunque no se posicione a sí mismo al nivel del resto de hermanos.
 
Un gestor en una familia de hosteleros...
Ja, ja, ja... Sí, pero gestiono hostelería. Todos hablamos del papel del aita, de Karlos, que es estupendo, pero en la familia yo sustituyo a Luisi Ameztoy, nuestra ama. Ella es la matriarca de todos, y era la que llevaba el personal, el restaurante, el hotel y la cafetería. Una labor muy importante.
 
Es raro ver a un Arguiñano que no meta la mano en la masa, cuide de las uvas o se enfrente a los fogones.
Hay otro, Charly, pero eso lo contará él. Yo estuve en el bar desde pequeño, ayudando. Después estudié Administración y trabajé fuera de la familia hasta que mi madre me dijo: En casa hay mucho trabajo y tienes que ayudar. Y aquí sigo, también echando una mano en el bar cuando se necesita.
 
¿Y sabe cocinar? Porque en su familia tiene que ser un pecado no saber hacerlo.
Sé, pero de los siete hermanos, quizá el que menos. No digo que no me ponga un delantal, pero fuera del restaurante. 
 
¿Se le da mejor hacer cuentas?
Ja, ja, ja... Fíjate que Charly, que no trabaja para la familia y va por otros caminos, es quizá uno de los que mejor cocina. Yo también cocino, pero lo hago en casa para mis dos hijas y mi mujer.
 
Así que descartó emular a su padre.
En la cocina siempre ha habido gente y la ama necesitaba ayuda para el bar o las terrazas. Me gusta estar en contacto con la gente, y pienso que como me he movido bien en ese trabajo, no he entrado en la cocina.
 
Sus hermanos son mucho de surf, skate...
Sí, pero también en eso soy uno de los que menos. He surfeado; no tanto como alguno de mis hermanos, pero lo he hecho. Me he roto el brazo en el skatepark que había debajo de casa, y he sido más de balonmano.
 


Joseba: "Llevo media vida delante de un fuego". 35 años, repostero y televisivo


 

Es divertido, dinámico y el televisivo de los hermanos. Sigue los pasos de su padre ante las cámaras y se siente como en su casa en un set de rodaje. Por eso se ha hecho tan conocido entre el público. Por eso y porque, como dice él mismo, lleva media vida entre hornos y fogones.
 
Lo suyo es estar en el meollo del asunto gastronómico...
He perdido la cuenta de los años que llevo haciendo repostería y panadería, y también estuve en el restaurante, así que sí, toda la vida no, pero más de media vida he estado delante de un fuego. Muchos años. Uno sigue pensando que es un yogurín, pero ya no.
 
¿Fue difícil coger el testigo de su tía Eva?
No. Me gustó eso de endulzar la vida de los demás y a ello me dedico, espero que habiendo conseguido gustar a mis clientes.
 
¿Pesa tanto el apellido que nunca quiso ser otra cosa?
A mí siempre me han gustado las motos, la mecánica, y como soy un poco inquieto, también me ha gustado la velocidad. Pero la cocina y la pastelería se me daban bien, y tal y como era yo...
 
¿Muy dulce?
Ja, ja, ja... Eso no lo sé, pero sigo en lo que empecé cuando tenía quince años, en la hostelería. La mecánica la he aprovechado para mis motos, para mis barcos y para mis cositas. Es más un hobby.
 
Pues su mundo de harinas y panes se ha convertido en un universo que está de moda.
Eso sí que es una buena noticia. Igual que en otros alimentos que fueron sometidos a la industrialización, el pan también decayó y ahora parece que va recuperando su lugar.
 
Y ahora solo hablamos de masa madre.
Ja, ja, ja... Es verdad, pero está muy bien. Eso es que a la gente le interesa lo que come.
 
Durante el confinamiento muchos metieron las manos en la masa y se pusieron a hacer pan.
Joder, joder, pensaba yo, no van a venir a comprar el pan. Es bueno que la gente se haga el pan, pero no todos los días, ¿eh?, que los demás tenemos que comer.
 
María aparte, es usted el quinto...
Exacto, y ya se sabe que no hay quinto malo. 



Amaia: "El txakoli empieza a entenderse". 34 años, gerente de la bodega K5


Ha trabajado como ingeniera en el universo de las motos, con el que recorrió el mundo durante siete años asumiendo todo el esfuerzo que eso supone. Y después de la aventura ha vuelto a casa, a gestionar la bodega de txakoli K5, el sueño de cinco amigos de Karlos Arguiñano.
 
¿Qué estudió usted?
Ingeniería mecánica industrial superior en Arrasate.
 
¿No se marchó fuera de aquí como alguno de sus hermanos?
Sí, me fui a estudiar inglés a San Francisco.
 
¡Vaya, qué envidia!
Tenía la experiencia de ir en grupo como Erasmus, pero quería hacer algo sola, así que con 23 añitos me lancé a una pequeña aventura.
 
¿Y después ejerció de su oficio?
A la vuelta comencé enseguida en el mundo de las motos. El aita patrocinaba una marca donde buscaban un coordinador para gestionar los viajes y a la vez llegó una oferta para trabajar de técnica.
 
¿Se puso las pilas en el nuevo oficio?
Fue un año muy duro, viajando sin parar por todo el mundo y estudiando en la carretera. Me fui a Barcelona a vivir y a estudiar un máster de Ingeniero de competición, una especialidad que me valió para trabajar en el Mundial.
 
¿No le tiraba volver a Zarautz?
En la bodega K5 querían que cogiese el mando, pero me vinieron ofertas de otros equipos de motos, y aunque me daba apuro dejar el equipo del aita, decidí probar otra marca, para no ser la hija del jefe.
 
No ha parado desde joven...
Aquello fue intenso, pero viendo el futuro que me venía seguí estudiando e hice un máster de Dirección de empresas vinícolas, que cursaba los fines de semana, durante seis meses entre circuito y circuito, con el objetivo de gestionar la bodega.
 
Vamos, que no le ha tirado la hostelería.
He trabajado como todos mis hermanos, ayudando en casa de camarera en temporada, pero no he querido dedicarme a ello.
 
¿Qué le gusta de la vida en bodega?
Es interesante el ciclo de la planta, cómo va creciendo y dando la uva Hondarrabi zuri. 
 
¿Cómo ve el futuro del txakoli?
Con ilusión, porque poco a poco empiezan a entender el txakoli y su calidad. Nuestro producto está realizado sobre lías, es una crianza, y creo que ahí está la clave. Hay recompensa por las cosas bien hechas y los frutos están viniendo, con ventas en el extranjero y aquí. Nuestro punto fuerte ha sido así desde siempre, creemos en esto y queremos seguir así.

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