La primera llamada de teléfono que recibe un paciente para ser trasplantado no se olvida. A Juanma Lorenzo, donostiarra de 58 años, le sonó el teléfono en vísperas del Día de la Virgen, un 14 de agosto de 2014. Tenía que salir pitando hacia el hospital de Cruces para ser trasplantado de hígado. Le iba la vida en ello.

Aunque aquel primer trasplante no fue suficiente y requirió de un segundo en 2018, hoy solo tiene palabras de agradecimiento para las personas donantes. “Me ha salvado la vida alguien que ya no necesitaba sus órganos y cuyos familiares, en un momento durísimo, facilitaron que pudieran ayudar a otras personas. Para salvarme a mí”.

Euskadi sigue siendo referente en donación de órganos dentro del Estado. Los datos lo corroboran año tras año. Haizea Olasagasti, coordinadora de donación y trasplantes de Osakidetza en el Hospital Donostia, lo atribuye a un rasgo colectivo: “Somos una sociedad muy generosa. Muchas veces son las propias familias las que se adelantan y nos plantean ellas mismas la posibilidad de donar. Esa es la parte más bonita de nuestro trabajo”.

Vivencias "emocionantes"

“Esa es también nuestra mayor satisfacción”, apostilla Edurne Lorente, otra de las coordinadoras. “Saber que el final de la vida puede tener un sentido y ayudar a otras personas es algo muy importante para las familias. Lo que vivimos aquí es muy emocionante”.

“Saber que el final de la vida puede tener un sentido y ayudar a otras personas es algo muy importante para las familias"

Edurne Lorente - Coordinadora de donación y trasplantes en el Hospital Donostia

Proceso anónimo

El proceso de donación y trasplante es completamente anónimo y debe ser así. “Nunca informamos de a dónde van los órganos ni de dónde proceden. Son momentos muy sensibles y preservar ese anonimato protege tanto a las familias donantes como a las receptoras”, explican las coordinadoras.

Juanma Lorenzo es una de las pruebas de que el sistema funciona. A los 18 años, en los años 80 y con porcentajes de supervivencia que por aquel entonces eran “relativamente bajos”, tuvo que asumir que la enfermedad hepática de larga evolución que padecía no tenía otra alternativa de tratamiento que el trasplante.

La enfermedad evolucionó lentamente, por suerte, pero a los 46 ya no quedaba otra salida. Había que trasplantar. El proceso fue “duro, con muchas dudas”, la mayoría resueltas por los profesionales sanitarios y de coordinación, a quienes agradece su “acompañamiento constante”.

“Hoy tengo una calidad de vida bastante decente. Arrastro algunos daños colaterales, pero puedo llevar una vida relativamente normal. Con salud, contento, y estoy muy orgulloso de poder compartir esta mesa con estas profesionales”.

Se refiere a las coordinadoras de donación y trasplantes en el Hospital Universitario de Donostia: Edurne Lorente, Cristina Oria Ponce y Haizea Olasagasti. 

Actuación rápida

Su función, en un “hospital donante” como es el de Donostia (solo se realiza trasplante de médula ósea y el resto se ejecutan en Cruces o Valdecilla), consiste en “cuidar al donante y sus familias durante todo ese proceso. Y unido a eso, mantener en el mejor estado posible esos órganos para que lleguen a los receptores en el mejor estado posible”, relata Olasagasti. 

Detrás de cada trasplante hay un proceso médico complejo. En muchas ocasiones, el fallecimiento sobreviene de forma repentina y el paciente sufre una muerte encefálica en la UCI. “Es entonces cuando los profesionales sanitarios nos avisan de que puede haber un posible donante”, explica Lorente.

Muchas veces son las propias familias las que se adelantan y nos plantean ellas mismas la posibilidad de donar”

Haizea Olasagasti - Coordinadora de donación y trasplantes en el HUD

El primer paso es “hablar con la familia para conocer si esa persona había expresado en vida su voluntad de donar o si existe un documento de voluntades anticipadas”. En otros casos, “también se puede dialogar directamente con el paciente en su fase final de vida”, cuando ya no hay opciones terapéuticas.

"Oportunidad y derecho"

Decidir cómo será el final de la vida, incluida la opción de donar órganos, forma ya parte de las conversaciones que los profesionales sanitarios mantienen con pacientes y familias. “Se les explica que tienen la oportunidad y el derecho de ser donante y hacer algo por otras personas”, añade Olasagasti. Una decisión personal que, en muchos casos, acaba salvando otras vidas.

Si la respuesta es afirmativa, se activa una cadena perfectamente coordinada en la que intervienen numerosos profesionales y que permite que, en cuestión de horas, órganos como el hígado, el pulmón o el corazón lleguen a personas que los necesitan con urgencia. “Tiene que ser un proceso muy rápido, porque el órgano cuando es extraído del donante tiene unas horas de vida", asegura Cristina Oria Ponce.

“La donación en asistolia permite que personas en situación terminal incorporen la donación a su plan de final de vida"

Cristina Oria Ponce - Coordinadora de donación y trasplantes del HUD

Durante años, la donación estuvo ligada casi exclusivamente a la muerte encefálica, pero los avances médicos han ampliado las posibilidades. Hoy también se realizan donaciones en asistolia, cuando el paciente fallece tras la parada cardíaca. En estos casos, los sistemas de soporte permiten mantener los órganos irrigados hasta su extracción, garantizando su viabilidad.

Faltan corazones

“La donación en asistolia ha cambiado mucho nuestro trabajo”, explica Oria Ponce. “Incluso permite que personas en situación terminal incorporen la donación a su plan de final de vida, algo que también se ha extendido a los procesos de eutanasia”.

Recientemente, “otro gran avance ha sido conseguir que una vez parado el corazón, esas personas donantes puedan ser donantes de corazón y ese ha sido un paso muy importante, porque hay muy pocos donantes de corazón. Es muy difícil recibir un corazón y ese es un avance grande”, apostilla Haizea Olasagasti.