Mikel Armendariz: “Muchos de los avances de la neurocirugía han acabado repercutiendo en otras especialidades”
Los microscopios quirúrgicos y los neuronavegadores que guían al cirujano por el cerebro y le indican la vía ideal para llegar a un tumor han marcado “un antes y un después”
A lo largo de su carrera habrá visto muchos avances. ¿Cuál es el que más le ha impresionado y qué podemos esperar en el futuro?
–En la neurocirugía hubo un antes y un después muy claro con la incorporación del microscopio quirúrgico. Ahí cambió todo. Veníamos de una época muy clásica, casi de “abrir y ver”, con resultados mucho más limitados. A partir de ahí, han llegado otros avances muy importantes, como el escáner intraoperatorio, que nos permite hacer un escáner antes de abrir y otro antes de cerrar, incluso dentro del propio quirófano, para comprobar que no queda tumor o que no ha habido ninguna complicación antes de que el paciente salga.
¿Cómo se traduce eso en quirófano?
–Además, podemos hacer reconstrucciones tridimensionales. Por ejemplo, dibujar exactamente un tumor, planificar qué tipo de craneotomía vamos a hacer, por dónde vamos a entrar y qué recorrido es el más seguro. Todo eso lo hacemos antes de bajar a quirófano. Y ya en quirófano, trabajamos con lo que se llama un neuronavegador, que es como un GPS del cerebro y de la columna. Esto ha marcado también un antes y un después.
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“Tenía clarísimo que quería trabajar en quirófano y la neurocirugía me parecía una especialidad muy atractiva”
¿Cuánto tiempo llevan con ello?
–En este hospital llevamos ya muchos años trabajando con neuronavegación. Yo llevo unos 20 años aquí y el primer navegador llegó hace 16 o 17.
¿Hasta qué punto ha cambiado la cirugía gracias a esta tecnología?
–La diferencia es enorme. Antes, para llegar a un tumor pequeño, era como intentar encontrar una canica de un centímetro dentro de un melón que no es transparente. Ahora sabes exactamente dónde está el tumor en tres dimensiones y puedes elegir el pasillo ideal para llegar hasta él, esquivando estructuras importantes. El resultado es claro: cirugías más seguras, menos sangrado, menos complicaciones, tiempos de recuperación más cortos y menos horas de quirófano.
¿Qué es lo que marca hoy la diferencia entre una cirugía más agresiva y una mucho más precisa?
–No es solo saber dónde está el tumor, sino qué hay alrededor y qué tienes que respetar, porque muchas veces la anatomía normal —las venas, las arterias y el propio cerebro— está completamente desplazada por el tumor.
¿Algún caso reciente que pueda destacar?
–Un ejemplo muy claro es el caso de una mujer con un tumor enorme, benigno, situado en una zona muy delicada, entre el cerebelo y el cerebro, en el lóbulo occipital. Antes de entrar a quirófano, ya vimos exactamente qué nos íbamos a encontrar: el tumor en tres dimensiones, su relación con las arterias, las venas y el resto de estructuras. Hay tumores que no son operables, pero este sí lo era. En este caso concreto, le cerramos de forma intencionada algunas arterias que alimentaban el tumor, para que durante la cirugía sangrara menos y reducir el riesgo de derrames.
¿Eso significa que hoy se operan tumores que antes no se tocaban?
–Uno de los grandes avances actuales tiene que ver con poder operar tumores que antes eran inoperables. Tumores que están muy cerca de zonas clave del cerebro, donde una lesión puede dejar a un paciente sin mover un brazo, una pierna o sin poder hablar. Sabemos que, en general, la zona motora está en un lugar parecido en todas las personas, pero no somos todos iguales. Hay variaciones individuales importantes. Por eso hoy en día podemos hacer un mapeo cerebral incluso sin abrir el cráneo.
¿Cómo es eso?
–Mediante una estimulación desde fuera, aplicando una corriente eléctrica sobre la piel, podemos ir estimulando distintas zonas de la corteza cerebral y ver qué función tiene cada una. Si estimulamos una zona y el paciente deja de mover el brazo o no puede hablar, sabemos exactamente qué zonas hay que esquivar sí o sí.
¿Qué podemos esperar a futuro?
–La estimulación cerebral profunda parece ciencia ficción, pero es real. Aquí no la hacemos, se realiza en Cruces, que es el centro de referencia en el País Vasco.
¿En qué consiste?
–Es una cirugía relativamente sencilla. Consiste en colocar un electrodo en zonas profundas del cerebro, los ganglios de la base, que son las áreas que controlan los movimientos finos. Ese electrodo se queda implantado de forma permanente, conectado bajo la piel a una batería, como un marcapasos. En personas con Parkinson, por ejemplo, los efectos pueden ser espectaculares. Pacientes que no pueden coger un vaso o caminar con normalidad y a los que, al activar el dispositivo, se les recuperan los movimientos finos y pueden andar con normalidad. Además, la estimulación cerebral profunda se está usando también en algunos trastornos psiquiátricos, como el trastorno obsesivo-compulsivo, y en casos de dolor crónico.
Inteligencia Artificial
¿Qué papel puede jugar la Inteligencia Artificial en la neurocirugía?
–La IA va a estar presente en prácticamente todo: en diagnóstico radiológico, en planificación quirúrgica y en selección de pacientes. Por ejemplo, en problemas como la hidrocefalia, que es un trastorno del líquido cefalorraquídeo. Es una de las pocas causas de demencia que puede mejorar con cirugía. Suele afectar a personas mayores que empiezan a caminar mal, con una marcha muy característica, como si no pudieran despegar los pies del suelo, con muchas caídas. Es una cirugía habitual para nosotros y los resultados, cuando el diagnóstico es correcto, son muy buenos. El problema es que no todos los pacientes con esos síntomas se benefician de la cirugía. Antes, cuando había dudas, se operaba y algunos mejoraban y otros no, porque no todos tenían realmente una hidrocefalia como causa principal.
“Los avances han traído cirugías más seguras, menos sangrado, menos complicaciones y tiempos de recuperación más cortos”
¿Y ahí qué papel puede jugar la Inteligencia Artificial?
–La Inteligencia Artificial puede ayudarnos a analizar esos movimientos característicos de la hidrocefalia con mucha más precisión: contar pasos, medir tiempos, analizar el braceo, detectar cambios sutiles que al ojo humano se le pueden escapar. La idea es que, probablemente en poco tiempo, quizá en un año o año y medio, podamos usar IA para seleccionar mucho mejor a los pacientes que realmente van a mejorar con la cirugía. Esto no es exclusivo de la neurocirugía, está ocurriendo en toda la medicina, pero en nuestro campo tiene un potencial enorme.
¿Por qué es neurocirujano?
–Mi padre es traumatólogo jubilado y podría haber hecho traumatología, pero no era lo que más me llamaba. Tenía clarísimo que quería trabajar en quirófano y la neurocirugía me parecía una especialidad muy atractiva: cirugías delicadas, muy técnicas, con muchísima tecnología y avances constantes. Y muchos de esos avances luego han repercutido en otras especialidades. Gran parte de la neuronavegación y de tecnologías que hoy se usan en cirugía de columna o robótica vienen de la neurocirugía.
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