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20 años sin Aitor

Hoy se cumplen dos décadas del asesinato en Madrid del recordado hincha realista, un episodio rememorado por aficionados presentes en el Calderón aquella fatídica noche

20 años sin Aitor

donostia - Martes 8 de diciembre de 1998. Madrid. Aledaños del Vicente Calderón. Una puñalada en el corazón acaba con la vida de Aitor Zabaleta, durante la tarde previa a un Atlético-Real de la Copa de la UEFA. Hoy se cumplen 20 años de un episodio que la afición guipuzcoana no olvida ni olvidará, como mañana quedará demostrado en las horas anteriores al partido de Anoeta contra el Valladolid. Este periódico ha rememorado esta semana las sensaciones de aquella fatídica noche con tres seguidores blanquiazules presentes a orillas del Manzanares hace dos décadas. El cuarto, Dani Kintana, un referente si de viajeros txuri-urdin se trata, no fue al partido. Pero su testimonio resulta igualmente revelador.

Medida de precaución

“Aquel encuentro de la UEFA no era el primero que la Real jugaba en el Calderón aquella temporada. En septiembre viajó allí en la Liga, y fuimos a Madrid a ver el partido. Ese día lo llegamos a pasar mal durante la previa, así que decidimos no volver más. Recuerdo que íbamos tres matrimonios paseando y nos abordaron unos individuos que iban encapuchados. No sé qué decían de ETA y tal... Nosotros les respondimos que éramos gente con una edad, que habíamos viajado solo a ver un partido de fútbol y que nos dejaran tranquilos. Lo que pasa es que no atendían a razones. Afortunadamente, la cosa no pasó de reproches y algún que otro insulto”.

“Yo he ido a ver a la Real a sitios complicados. Me acuerdo, por ejemplo, de cómo entramos al estadio en Belgrado, en la eliminatoria contra el Partizan. O de algún problema que hemos llegado a tener en Santander. Pero lo de Madrid aquel día fue lo peor con diferencia. Cuando tocó el Atlético en la UEFA, teníamos claro que no íbamos a viajar. Y mira lo que pasó luego con Aitor Zabaleta...”.

A la boca del lobo

“Yo integraba la Peña Izar y organicé el autobús para ir a Madrid. En aquella época, los viajes se completaban poniendo anuncios en el periódico. Y así se apuntaron Aitor Zabaleta y su cuadrilla. Les conocimos aquel día, y enseguida congeniamos. Recuerdo que Aitor tenía un carácter muy abierto y alegre, chistoso y salsero. Se hacía notar, en el buen sentido”.

“Cuando ya nos quedaba poco para llegar a Madrid, paramos a comer en un centro comercial de las afueras y, tal y como nos habían indicado, avisamos a la Policía Nacional para que escoltara el autobús y nos condujera hasta el lugar indicado. Sin embargo, una vez allí, en los aledaños del Calderón, nos llamó la atención la poca seguridad que había. No sé si queriendo o sin querer, pero alguien metió la pata. Porque el despliegue era muy escaso. Preguntamos a un agente de la Policía Nacional a dónde podíamos ir a pasar las pocas horas que quedaban para el partido, y nos envió a una zona de bares cercana. En cuanto llegamos a ella nos dimos cuenta de que nos habían mandado a la boca del lobo”.

“Todos los que viajamos en el autocar entramos a un mismo bar, con camisetas y distintivos de la Real. Recuerdo que en la misma puerta estaba el clásico puesto de bufandas que hay en todos los estadios. Y su responsable no tardó en avisar a alguien de que no estábamos en el lugar adecuado. Enseguida se corrió la voz entre nosotros, pero una vez que salimos ya nos estaban esperando. Había sido una encerrona en toda regla. La gente echó a correr, cada cual hacia donde pudo. Y le cogieron a Aitor. He escuchado varias veces que cómo podía andar él solo por ahí, con los peligros que había... Pero es mentira. No estuvo solo en ningún momento. Simplemente nos desperdigamos todos a la hora de escapar”.

“En 1998 no existían las redes sociales y prácticamente nadie tenía teléfono móvil. En el estadio, durante el partido, no éramos conscientes de lo que había ocurrido. De hecho, nos llegaban noticias de que a Aitor le estaban aplicando unos puntos de sutura y después volvía con nosotros. Desgraciadamente, todo resultaba mucho más grave. Nos enteramos de su fallecimiento durante el viaje de regreso, y en la peña ya no volvimos a organizar ningún desplazamiento más. Fuimos a derbis en Bilbao, por nuestra cuenta, pero nunca más montamos un autobús ni nada parecido”.

Regalo de cumpleaños

“Yo aún era menor de edad. Cumplo años hoy, 8 de diciembre. Y recuerdo que, al salir de Anoeta con mi hermano mayor tras el partido de ida, había gente repartiendo folletos para anunciar viajes de cara a la vuelta, en el Calderón. Decidimos que él se pagaría su desplazamiento. Y que yo pediría el mío en casa a modo de regalo de cumpleaños. Me lo concedieron”.

“Era un viaje de los organizados por la agencia del club. Creo que fuimos tres autocares juntos. Y nos dejaron en Madrid a media mañana, en la Plaza de Oriente, junto al Palacio Real. A esas horas, en un día festivo y en un lugar tan frecuentado, estábamos tranquilos con nuestras camisetas. Pero fue emprender camino hacia la Plaza Mayor y enseguida nos cruzamos con dos individuos que nos increparon: Putos vascos hijos de puta. Iros a vuestra puta San Sebastián. Me acuerdo perfectamente de sus palabras. Nos pusimos unas chaquetas y fuimos al centro, pero en la Puerta del Sol volvimos a tener un susto. A la hora de hacernos una foto, nos levantamos algo las chaquetas y nos identificaron dos cabezas rapadas. Pasaron muy cerca nuestro y nos lanzaron un Arriba España”.

“Después, en el estadio, nos tiraban de todo y la grada secundaba los cánticos de los ultras. Fue el primero de los entre 50 y 60 viajes que he hecho con la Real. Y en ninguno he llegado a vivir algo parecido”.

La cerveza más rápida

“Viajé con la Peña Bidea, acompañado por dos amigos. Uno vestía un chándal de Euskadi, y recuerdo que, durante la parada en Burgos, se estuvo fijando en si la gente llevaba distintivos. Tras el partido de ida habían apedreado un autobús de ultras atléticos, y nos avisaron de que fuéramos con cuidado. El caso es que, una vez en Madrid, prácticamente a las primeras de cambio nos identificaron dos tíos que nos cruzamos. Llevaban bufandas rojiblancas, y sin ningún disimulo se refirieron a nosotros, hablando entre ellos en voz alta: Mira estos hijos de puta”.

“Después, una vez que se acercaba la hora del partido, fuimos yendo hacia el estadio y, a 500 metros del mismo, escuchamos sirenas y vimos desde la distancia a muchos aficionados de la Real en torno a furgonas policiales. Nos metimos rápido en el primer bar que vimos para estar más tranquilos, pero enseguida vimos dónde habíamos entrado: un bar de ultras. Nos tapamos de arriba abajo. Yo me metí entre el pantalón y el calzoncillo la ikurriña que llevaba guardada. Y recuerdo que pedí las cervezas poniendo acento madrileño... Creo que es la caña que más rápido he bebido en mi vida. Luego supimos lo de Aitor, y nos impactó especialmente, por el episodio que nos había tocado vivir antes. Pasaron varias noches hasta que pude empezar a dormir sin soñar con aquello”.