Colaboración

Génova y un cerdito en brazos

23.02.2021 | 00:59

Aznar trasladaba seriedad y sobriedad, y Cascos mordía, mordía y mordía. Ahora sus sucesores parecen de otro planeta

Salió Javier Maroto a intentar justificar que Vox haya más que triplicado los escaños del PP en Cataluña. Volvió a sus majaderías argumentales, las de la zorra y las uvas. "Nosotros no somos como Vox. Nosotros no negamos el cambio climático. Nosotros creemos que hay violencia contra las mujeres por el hecho de ser mujeres". Tan progre como incapaz de alojar un ápice de reflexión sobre su propio fracaso, el vitoriano que se empadronó en Sotosalbos (Segovia) para mercar escaño en el Senado es una de las personas más cercanas a Pablo Casado, uno de los que más influyen en lo que está pasando en su partido. Poco les pasa. No es descabellado suponer que fue el que tuvo la gran idea de salir con el Macguffin de la venta de la sede de la calle Génova para que no reparáramos más tiempo del imprescindible en el inconmensurable desastre de su grey en las elecciones catalanas, a unas décimas de la desaparición. Dijeron para justificar la venta del emblemático bloque que "no podemos seguir en un edificio que está siendo investigado", cuando esto ocurre desde hace más de un lustro. Patada a seguir: el inmueble en Idealista sin que haya idea alguna de en qué nuevo recinto instalarse, si en un coworking cercano a Chueca o en unas acristaladas oficinas junto a la M-30, de las muchas que la pandemia ha desalojado. Se entendería que el estrecho y disfuncional emplazamiento de la calle Génova se vendiera si ello supusiera un cambio integral de modelo de partido, si hubiera inteligencia suficiente como para darse cuenta de que igual que han desaparecido los perímetros tradicionales de tantas cosas como nos rodean, cuando quiera es hora de que aflore una organización política que no necesite siquiera una sede para operar. Pero en el PP no están en eso, evidentemente. Como tampoco han sabido estar en las elecciones catalanas. Lo más rememorado de su propuesta política es esa foto de Pablo Casado en una granja porcina de la localidad leridana de Castellnou de Seana, con un lechoncito en brazos. Quiero creer que es idea de ese nuevo asesor contratado que tienen, el mismo que medró con Zapatero y se sintió preterido por Sánchez, y que ahora vende sus motos, gafapasta de colorines, a los ingenuos peperos. Casado no se expuso a preguntas de los periodistas en sus visitas comarcales, mandaba una foto y un vídeo con declaraciones a cámara, y prou. En su antítesis actitudinal, a los de Vox se les ha visto en la calle más que en otro sitio, pedradas mediante. Podía el PP haber articulado una campaña señalando tantos elementos como componen hoy la decrepitud catalana, políticos, económicos, sociales y culturales. La que fue y ya no es. Abanderar la recuperación de una centralidad que se echa tanto en falta ahí y en muchos otros lugares. Pero no. Lo importante era lo del porcinillo. En el edificio en venta trabajaron aquel tándem de Aznar y Cascos, cuando el primero trasladaba seriedad y sobriedad, y el segundo mordía, mordía y mordía. Ahora sus sucesores parecen de otro planeta. Casado llegó hace dos años articulando un discurso necesario, y hoy ya no tiene cosas que decir, como demuestra el cerdito. Y Teodoro, a gran distancia del general secretario que hubo, se dedica a soltar frasecitas de oportunidad para contentar a tocinillos intelectuales, como la de "Illa está contando votos y debiera estar contando vacunas".

Aparece en lontananza la posibilidad real de una fusión entre el PP y Ciudadanos. Con el rigor que podría utilizar un forense en una autopsia se constata que son partidos con planteamientos idénticos. En unos meses se cumplirá el ecuador de la legislatura municipal y autonómica y serán miles los cargos que empezarán a pensar en qué será de ellos al cabo de su mandato. Ciudadanos ha sido un partido que ha tenido la enorme virtud de abrir un canal para la participación política de personas valiosas, que nunca hubieran entrado en un decadente PP. Pero también ha tenido los defectos de que alguno de ellos se ha creído la última Coca-Cola del desierto (Aguado, el vicepresidente madrileño, es el más insoportable de todos), y que han operado al dictado de las directrices de la mercadotecnia política más banal. El momento parece llegado, y alguna fórmula se tendrá que buscar para una convergencia estructural, un encuentro que consolide una opción que aporte algo de vidilla en un espacio electoral que ha perdido toda iniciativa.