Editorial

Algo más que decir

26.02.2021 | 00:41

Un incidente que implica a dos miembros de la mesa política de EH Bildu en Araba, presuntos delitos de suplantación y el intento de evitar la denuncia exigen una transparencia no exhibida por la coalición

El código de silencio impuesto por la coalición EH Bildu en torno a la dimisión de su portavoz en el Ayuntamiento de Gasteiz y miembro de la mesa política de la coalición en Araba Miren Larrion tiene el efecto contrario al pretendido a la luz de los datos que se han conocido sobre el caso. En primer lugar, la situación personal de la propia Larrion quedaría a mayor resguardo arrojando luz sobre los hechos que han dado lugar a la especulación. No es un asunto menor que la dos veces candidata a la Alcaldía de la capital alavesa se vea acusada de un delito que puede acarrear pena de prisión. Ni es exclusivamente personal, como se pretende, en tanto el caso tiene como implicada, además de a la propia Larrion, a otra persona miembro igualmente de la mesa política de EH Bildu en Araba. Si al asunto le faltara algo para desbordar la índole estrictamente privada, se hace difícil asumir, sin mayores explicaciones, los intentos de evitar la denuncia que originalmente se había presentado contra una persona anónima y que se vuelven incómodos para la persona denunciante hasta el punto de anunciar su deseo de no mantener activa esa denuncia tras conocer la identidad de la presunta suplantadora. La condición política de ambas –presunta víctima y presunta infractora– y la pertenencia de ambas al mismo órgano de EH Bildu no puede quedar al margen de explicaciones más amplias que permitan, en primer lugar, justificar ese intento de cambio de criterio de la perjudicada que no sirvió para desactivar el procedimiento contra Larrion porque la investigación policial acumulaba para esas fechas indicios suficientes a través de la constatación de un delito flagrante ante el que solo cabía dar continuidad de oficio. En paralelo a los hechos en sí, a la coalición independentista le penaliza la evidencia de su doble baremo en la exigencia de transparencia que proyecta sobre el conjunto de las instituciones democráticas, de las que ella misma es una parte. Si magnificar cualquier asunto que supuestamente pueda propiciar desgaste de la imagen del resto de fuerzas políticas ha sido su estrategia sistemática, tratar de conservar los emblemas y referentes de EH Bildu en condiciones químicamente puras ante la opinión pública no resiste el mínimo análisis. En consecuencia, la coalición debería acreditar que se aplica el mismo rigor y transparencia ante el criterio de la ciudadanía. En Gasteiz, y en toda Euskadi, se agradecería.