SIENDO vasco uno a veces recuerda lo que Antonio José Ponte hace decir a uno de sus personajes, limpiadora de baños del aeropuerto de La Habana: "La locura me dio por pensar que los que viajan, y las maletas, y los aviones, estaban ahí fuera para hacerme creer que existen otros países, cuando había uno solo y era éste". Ha sido tan grande el hartazgo causado por un conflicto brutal, que más de un vecino ha soñado con irse. Miles lo han hecho. El problema es que ya no hay dónde huir, que cantara Evaristo, y que el mundo es uno solo y es éste.
Reflexionaba sobre esto al oír y leer los comentarios tras el reciente éxito de Donostia: insultos, bajezas, vómitos, diarrea. Es como si nos obligaran permanentemente a defendernos, como si solo pudiéramos ejercer de ciudadanos saliendo al contraataque, jugando a la defensiva, atrincherándonos. Es como si hubiéramos nacido para estar siempre en la diana por ser héroes o chusma, como si nos hubieran prohibido el derecho a gozar de la tranquilidad tras el horror. Durante lustros uno veía el telediario y concluía que los vascos aburríamos al personal con nuestro fatigoso drama. Uno ahora opina que muchísima gente ahí fuera no podría vivir, ni comer, sin que existiéramos.
Algunos listos inventaron en el aznarato la máquina de fabricar independentistas, y otros la siguen perfeccionando. Somos una sociedad politizada, dicen, y sin embargo ellos son incapaces de mencionar las alubias de Tolosa sin acompañarlas de un excremento ideológico. Somos un pueblo drogado de identidad, dicen, y sin embargo son ellos quienes se empeñan en banderizar hasta un evento cultural. Parece que nos quieren convertir en rehenes eternos de la tristeza. Y tanta infamia no es fruto de un españolismo mal entendido ni de un berrinche xenófobo. Quizás todo sea más sencillo: simplemente se les acaba el negocio. Cierre por defunción, no, que por fortuna ya no hay difuntos. Cierre porque por fin la vida se abre paso.