Crónica de un fracaso anunciado

21.11.2020 | 00:11

Lo presentarán como un éxito. Por fin, el Infierno desalojado. Las fábricas vacías. Decenas de jóvenes en la calle. La ley se cumple. El solar listo para que entren las excavadoras. Se impone el estado de derecho.Sin embargo, no podrán ocultar que estamos ante un inmenso fracaso.Con la pandemia, y hablamos ya de ocho meses, se hizo aún más visible la problemática del sinhogarismo. Varios cientos de personas que no tienen dónde dormir, que han de hacerlo en la calle u ocupando inmuebles abandonados, en condiciones pésimas de salubridad y sin medios propios para no pasar hambre.La mera denuncia que suponía su persistencia en la calle cuando se decretó que todo el mundo debía estar en su domicilio, la insistencia por parte de las entidades que denunciábamos esta situación y el riesgo que podía suponer para la salud pública la permanencia en la calle de un colectivo tan vulnerable llevó a las instituciones a habilitar algunos recursos de acogida de urgencia.Entonces no importó que dichos recursos no acogieran a todas las personas en esa situación y que éstas recurrieran a seguir en edificios abandonados, como las fábricas del Infierno. Eso que se ahorraban las instituciones.Pese a ello, diversas entidades seguimos planteando la situación de estas personas. Lo hicimos ante la opinión pública, en la calle y en los medios. Lo reclamamos del Ayuntamiento, que se llamó andanas. Lo llevamos a una reunión conjunta con Gobierno Vasco, Diputación y ayuntamiento, allá por el mes de junio, y la respuesta fue la típica patada hacia adelante, aceptando que era un tema que "había que abordar". No ha sido posible, cuatro meses después, tan siquiera lograr una reunión posterior para abordarlo.Estamos, pues, ante un fracaso de las instituciones para abordar una problemática grave y urgente. La realidad acaba poniendo en su lugar discursos rimbombantes que pretenden colocar nuestro territorio a la vanguardia de los recursos sociales.Con profunda tristeza constatamos que la pandemia no ha cambiado, en lo esencial, nada del modo de afrontar estas situaciones. Se habló de poner en primer lugar a las personas, de no dejar a nadie atrás. Palabras. Se impone el derecho de propiedad frente a necesidades urgentes. Se ignoran las demandas de las entidades sociales que trabajan con estos colectivos. Todas las que en Gipuzkoa realizan esta labor han transmitido a las instituciones la necesidad y urgencia de abordarlo. El silencio ante esta demanda es el mayor desmentido a las proclamas sobre participación ciudadana.¿Y ahora? Justo cuando la segunda ola de la pandemia amenaza con confinarnos de nuevo, volvemos a la casilla de inicio. Gente en la calle, sin recursos. Decenas de personas a las que arrojamos a la calle para que busquen nuevos lugares en los que refugiarse. Lugares en los que volveremos a hostigarles para acabar expulsándoles al cabo de un tiempo. No sólo no cubrimos necesidades esenciales de las personas vulnerables sino que convertimos su día a día en una tortura.Llega, no solo la pandemia sino el invierno. Y con él, la calle, los edificios abandonados en situaciones insalubres, el hambre son situaciones aún más insoportables. ¿Vamos a seguir siendo indiferentes a todo ello? Estamos fracasando como sociedad.