Escribo esta columna antes de ir a Anoeta y, por lo tanto, sin saber qué es lo que sucedió ayer, quién jugará la final. Lo que sí sabemos es que miles de aficionados del equipo eliminado procederán hoy a anular las reservas de sus alojamientos de Sevilla y alrededores. Y los que no tienen la opción de cancelación estarán ya tratando de que aficionados del equipo clasificado se hagan cargo de la reserva. Otros miles se pondrán ahora a buscar hospedaje. Los precios de hoteles, pensiones, Airbnbs y similares están ya disparados. Y me cuentan que lo de las autocaravanas de alquiler está siendo también una locura. Sea txuri-urdin o rojiblanca, lo cierto es que habrá invasión vasca en Sevilla.

Todo ello sucede en unos tiempos en los que ponemos en cuestión, no sin parte de razón, la llamada turistificación de nuestras ciudades y se empiezan a tomar medidas para tratar de paliar sus efectos negativos. En el punto de mira de los críticos están también los eventos deportivos. Tanto en Donostia como en Bilbao se alzan algunas voces diciendo que eso de atraer finales, mundiales y demás no les parece una buena idea. Lo mismo en Sevilla, donde hace pocos meses se celebró una singular concentración de zombis parodiando a las “hordas de turistas” que, según los convocantes, están dejando a la ciudad “sin alma”.

Recuerdo el caso de un amigo que, a los pocos días de asistir a una manifestación contra la turistificación de Donostia, salió con sus colegas rumbo a Málaga a celebrar una despedida de soltero. Ocuparon tres pisos turísticos y, según me contó, se encontraron con pancartas exigiendo medidas contra el asedio de las maletas rodantes. Reconozcámoslo, también en esto somos unos hipócritas. También en esto. Por ello, haya llegado quien haya llegado a la final –espero que la Real–, sería deseable que una vez en Sevilla nos demos cuenta de que, excluyendo a los que harán caja con nosotros, para mucha gente de allá seremos unos visitantes no demasiado deseados.