El 30 de septiembre de 1946, Antón Irala le envió a José Villanueva, su hombre en Idaho, una carta desde la delegación del Gobierno Vasco de New York, con la petición de que le hiciera llegar un cartel electoral de un candidato de origen vasco en el que, al parecer, figuraba una ikurriña. La solicitud incluía una curiosa instrucción: “Si no lo puedes conseguir nuevito, arréglatelas para despegar uno de las paredes, siempre que tu intervención no suponga un gesto antidemocrático, porque esto sería lo último”. El candidato en cuestión era el demócrata Pete Leguineche y se postulaba a la Cámara de Representantes de los Estados Unidos. Fue derrotado por John C. Sanborn.
La anécdota demuestra que el uso de la ikurriña estaba ya por aquel entonces normalizado en el estado, incluso en la propaganda electoral. En el edificio del Capitolio donde se discute durante estos días la ley que prohibiría que nuestra bandera ondee en los edificios oficiales, fuimos testigos el pasado 29 de julio de un discurso del gobernador Brad Little, al que escoltaban con absoluta normalidad la ikurriña junto a sus dos banderas oficiales. De aprobarse la propuesta el retroceso sería desolador, máxime si tenemos en cuenta que en aquel mismo edificio se aprobó por unanimidad décadas atrás una moción a favor del derecho de autodeterminación del pueblo vasco. El derecho de portar matriculas de coche con la inscripción Basque se perdió en Idaho tiempo atrás, pero esa es otra historia.
La resistencia de la comunidad vasca de allá está siendo vibrante. Esperemos que tenga éxito. Cuando menos, todo este asunto está sirviendo para que nos percatemos de que, amén de las bonitas estampas de jaialdis, dantzas, txistus y trikitixas, siempre existen batallas políticas que librar. Por cierto, no deja de ser paradójico que haya entre nosotros abertzales que se muestran enojados, alterados por lo que sucede allá, mientras aquí le dan a la ikurriña el trato que le dan. Todo hay que decirlo.