Bernardo Bonezzi fue uno de los benjamines de la Movida Madrileña. Su paso por los escenarios de aquel movimiento contracultural (lo fue solo en sus inicios) resultó bastante efímero, ya que dejó solo dos discos como líder de la banda Zombies antes de dedicarse a la música en otros ámbitos como el cine y la televisión. Fue suficiente, sin embargo, para firmar –aún era un adolescente imberbe– uno de los temas que mejor representan la época: Groenlandia. Todo un clásico, todo un himno. Se ha escrito que su letra, un tanto surrealista, trataba sobre la búsqueda del amor, aunque él quiso explicar el asunto aclarando que no se refería al amor, más bien al sentido de la vida.
Lo que parece evidente es que Trump no busca ni una cosa ni la otra en aquel lejano territorio, entre el Atlántico y el Glacial Ártico. Ni encontrar el amor, ni el sentido de la vida. Envalentonado por su pestilente actuación en Venezuela (del sátrapa Maduro nos ocuparemos en otra ocasión), retoma este siniestro personaje una de sus ensoñaciones y amenaza con hacerse con la isla, bien a golpe de talonario, bien a golpe de misil. El año pasado también amenazó a Canadá, mañana quién sabe.
Visto desde aquí, lo más preocupante resulta la impotencia y la sumisión de una Europa que un día supusimos fuerte, libre. Bien es cierto que ya se ocupa el déspota neoyorquino de debilitarnos a fuerza de potenciar a los partidos más antieuropeístas del continente, pero eso no lo explica todo. Nuestros reproches no llegan ni a la categoría de pellizcos de monja. Ciertamente, tras unos esperanzadores hitos –no tan lejanos– en la construcción europea que les habrían llenado de satisfacción, aquellos pioneros del nacionalismo vasco que abogaban por una Europa unida, solidaria y federal, se sentirían ahora decepcionados.
En su letra, Bonezzi decía que, además de Groenlandia, emprendería la búsqueda en los cráteres de Marte y en los anillos de Saturno. A ver si le da a Trump por imitarle. Y se pierde.