Esta madrugada ha comenzado el Mundial de Fórmula 1 en Australia, con las miras puestas en la nueva reglamentación y, en el caso de los alonsistas –entre los que me incluyo–, en el por ahora justísimo nivel del Aston Martin del que es doble campeón del mundo hace ya 21 y 20 años. A punto de cumplir los 45 años, con ésta 23 temporadas en la elite –el que más, seguido de Hamilton con 20–, Alonso (tres veces segundo y una vez tercero) podrá caer bien o mal pero son pocos, por no decir ninguno, los expertos que nieguen su enorme talento al volante de unos coches que en poco o nada se parecen a los que pilotaba cuando debutó hace 25 años a los mandos de un Minardi.

A día de hoy, las prestaciones del coche verde distan bastante de los primeros lugares de la parrilla y todo hace indicar que el año podría convertirse en el tercero consecutivo de travesía del desierto tras la magnífica campaña de 2023, en la que logró ocho podios y la cuarta plaza en la general final. La longevidad del asturiano es tal que nada menos que ocho pilotos de la actual parrilla aún no habían nacido cuando éste hizo su debut, lo que por sí solo demuestra la resistencia al paso del tiempo de un deportista que se resiste como pocos a dar un paso atrás y colgar los guantes en una especialidad exigente como pocas. El caso es que la llegada del mago Newey a Aston Martin aún no se ha notado, habida cuenta de los problemas con los motores Honda –vienen de cinco años con motores Mercedes– y de la falta de rodaje y piezas que han marcado la pretemporada, una pretemporada que quizá haga atisbar un mayor abanico de escuderías capaces de pelear por los triunfos. Esperemos que así sea, después de bastantes años en los que un equipo coge el mando, mucha distancia al resto y hace de las carreras un evento mucho menos imprevisible que hace 15, 20 o 30 años. La magia del deporte radica casi siempre en la competencia entre varios.