Síguenos en redes sociales:

"Atotxa, Comet y la nueva Real", por Alexis Vicente Berrondo

Más que un fiasco fácil de etiquetar, Sadiq recuerda lo caprichoso que es el fútbol

"Atotxa, Comet y la nueva Real", por Alexis Vicente BerrondoRedaccion NdG

Las leyendas funcionan porque nos ofrecen una explicación cuando la realidad se queda corta. En la vida, para dar sentido a lo que no controlamos. En el fútbol, para justificar lo que parece imposible que se repita tantas veces. Por eso las maldiciones, los juramentos y los fantasmas del estadio sobreviven. No siempre son verdad, pero casi siempre suenan a verdad cuando llega el minuto fatal.

En Donostia teníamos la nuestra. La maldición de monsieur Comet. Tras la demolición del velódromo de San Sebastián para construir el campo de Atotxa, Comet, un entusiasta del ciclismo, vio cómo el templo del Club Ciclista se convertía en escenario de la nueva fiebre futbolera que encarnaba el equipo de la ciudad. Despechado, dicen, lanzó una sentencia: “jamás serán campeones”. En la era en que solo existía la Copa, el augurio pareció cumplirse. La Real Sociedad no alzó el trofeo hasta 1987, pese a haber ganado dos Ligas pocos años antes.

El fútbol está lleno de relatos así. La maldición gitana de St. Andrew’s, que secó de títulos al Birmingham durante 57 años. El Benfica y la advertencia de Béla Guttmann, nacida de una mala traducción y convertida en dogma. El “Bayern Neverkusen” hasta que Xabi Alonso rompió el hechizo. Clubes que conviven con fantasmas hasta que, un día, algo se quiebra. La Real no fue una excepción. Las maldiciones solo existen mientras se cumplen.

Con la llegada de Anoeta muchos pensamos que la Copa iba a dejar de ser una trampa, y fue casi una vuelta a empezar. Daba igual el año, la categoría o el momento: en Copa el desenlace se repetía. Tropiezos ante rivales muy inferiores como Numancia, Beasain, Zamora u Hospitalet, y también ridículos difíciles de borrar, como aquel 6-1 ante el Mallorca después de haber ganado 2-0 en la ida. El sufrimiento, casi siempre, por la radio. Era Sísifo con camiseta txuri-urdin, empujando la piedra hasta la víspera del sueño para verla rodar otra vez cuesta abajo, hasta el mismo punto: eliminados en las primeras rondas.

Más de 20 años de tránsito por el desierto en el que se asumió que había que elegir, que la Copa era un lujo accesorio. Mientras tanto, otros la convertían en identidad y en memoria colectiva. Porque competir por un trofeo no es solo luchar por los títulos, también es construir recuerdos.

La Copa tiene un sonido. El del sorteo de invierno. El del partido entre semana, a deshora y a desmano. El de la radio encendida en la cocina cuando el narrador baja un punto la voz y deja caer: “Uf, esto ya lo hemos visto”. Durante años, ese soniquete se repetía año tras año. Hoy no. Hoy la costumbre es otra.

El dato marca el cambio. En la última década, además de la Copa ganada sin público, la Real ha competido mejor y más arriba. Tres semifinales consecutivas, incluso en una temporada que empezó con dudas y con relevo en el banquillo. Lejos de romper el camino, se ha seguido. Con diferente tono, el de Rino Matarazzo, pero misma ambición. La Copa ya no depende de una alineación puntual, sino de una manera de entender la competición. Y de entenderse como club.

Te puede interesar:

Más de un siglo después del derribo del velódromo, la Copa dejó de ser la misma piedra que cae una y otra vez. El gafe ya no manda. La competición sigue y la radio suena mientras cenas, como siempre, pero con otras emociones. Y cuando vuelve a aparecer el Athletic en semifinales, es difícil no acordarse de la Copa del 87.

¿Y si repetimos?