Más allá de los bandos
Las imágenes que nos llegan de Irán no dejan lugar a dudas: miles de muertos, represión sistemática, vidas jóvenes truncadas sin explicación posible
Las imágenes que nos llegan de Irán no dejan lugar a dudas: miles de muertos, represión sistemática, vidas jóvenes truncadas sin explicación posible. Hay momentos en la historia en los que el sufrimiento humano alcanza tal magnitud que ningún marco político, religioso o ideológico logra ya contenerlo sin volverse obsceno. Eso no ocurre de un día para otro. Los marcos simbólicos que legitiman la violencia suelen resistir durante años, protegidos por la invisibilidad, apoyándose en el miedo, la costumbre o la idea del sacrificio necesario. Pero llega un punto –y ese punto parece haberse alcanzado en Irán– en el que el sufrimiento es tan masivo, tan repetido y tan inútil que el propio marco colapsa moralmente. Ya no protege. Ya no explica. Solo daña.
Europa conoce bien ese proceso. Durante el último tercio del siglo XX, distintos países vivieron ciclos de violencia política organizada: Euskadi, Irlanda del Norte, Alemania. Las circunstancias eran distintas, los conflictos reales, pero el desenlace comparte un rasgo común: aquellas violencias no desaparecieron solo por presión policial o derrota operativa. Desaparecieron, en gran parte, porque dejaron de ser moralmente habitables. Porque ya no podían transmitirse a las generaciones siguientes sin vergüenza, cansancio o rechazo. Ese agotamiento ético –esa saturación del marco– fue el verdadero punto de inflexión. Y por eso, hasta hoy no han vuelto a surgir organizaciones armadas equivalentes en esos contextos.
¿Qué tiene que ver todo esto con nosotros, aquí, ahora? Mucho más de lo que parece. Porque los marcos que legitiman el sufrimiento no viven solo en los grandes discursos ni en los regímenes autoritarios. Viven en lo cotidiano: en cómo tratamos la disidencia, en cómo gestionamos el conflicto, en cómo normalizamos el silencio “por el bien de la unidad”, en cómo patologizamos a quien incomoda en lugar de escuchar lo que señala. Cuando el sufrimiento es individual, muchas personas –educadas en una ética del sacrificio– aprenden a retirarse, a aguantar, a sobrevivir en silencio. Pero cuando el sufrimiento se vuelve colectivo y visible, esa misma ética deja de ser virtud para convertirse en problema moral. Aquí es donde lo pequeño importa. Trabajar los marcos en comunidades locales, en asociaciones, en espacios cívicos o espirituales no va a detener por sí solo la violencia global. Pero sí puede impedir algo decisivo: que sigamos reproduciendo, a pequeña escala, los mismos mecanismos simbólicos que permiten que el daño se normalice a gran escala. No se trata de destruir marcos ni de imponer verdades. Se trata de erosionar aquello que hace posible la violencia: el silencio impuesto, la deslegitimación del que ve antes o tiene una mirada diferente, la confusión entre unidad y uniformidad, la idea de que el conflicto honesto es una amenaza.
Los marcos no caen cuando se los ataca frontalmente. Caen cuando dejan de tener suelo. Cuando ya nadie puede habitarlos sin dañarse. Cuando ya no pueden transmitirse sin coste moral. Quizá no podamos cambiar el mundo en el corto plazo. Pero sí podemos decidir qué mecanismos no vamos a reproducir en nuestro entorno inmediato . No por superioridad moral, sino por coherencia con el mundo en el que queremos vivir.