Síguenos en redes sociales:

Groenlandia, la tentación del hielo

La insistencia de Donald Trump en reabrir el debate sobre Groenlandia no es una excentricidad retórica ni un gesto de política interna estadounidense. Es una señal clara de cómo el deshielo del Ártico está acelerando la geopolítica global y obligando a la Unión Europea a mirar hacia un territorio que hasta ahora había considerado periférico, pero que se ha convertido en estratégico. Durante su primer mandato Donald Trump ya sorprendió al mundo al plantear abiertamente la posibilidad de “comprar” Groenlandia. Años después, lejos de diluirse, aquella idea se ha transformado en una reivindicación persistente, envuelta ahora en argumentos de seguridad, control de rutas marítimas, acceso a minerales críticos y contención de China y Rusia en el Ártico.  

Territorio OTAN

Groenlandia no es solo la isla más grande del mundo; es un enclave clave en el nuevo tablero de poder global. Formalmente pertenece al Reino de Dinamarca, Estado miembro de la Unión Europea, aunque el territorio quedó fuera de la UE tras el referéndum de 1985. Esa ambigüedad jurídica y política es precisamente lo que hoy la convierte en un espacio vulnerable a presiones externas. El interés estadounidense no puede analizarse al margen de la OTAN. Groenlandia alberga infraestructuras militares esenciales, como la base de Thule, fundamentales para los sistemas de alerta temprana y defensa antimisiles. Desde la lógica de Washington, reforzar el control sobre la isla es una extensión natural de su estrategia atlántica y ártica. Pero desde la perspectiva europea, el problema es más profundo: ¿qué ocurre cuando un aliado estratégico cuestiona de facto la soberanía de un Estado miembro? La OTAN se enfrenta así a una tensión interna inédita, en la que la seguridad colectiva puede entrar en colisión con los principios de integridad territorial y respeto entre aliados. Si la Alianza acepta sin debate este tipo de presiones, se arriesga a sentar un precedente peligroso que otros actores podrían explotar en distintos escenarios. 

Estrategia ártica en la UE

Ante este contexto, la UE no puede limitarse a declaraciones diplomáticas ni a confiar en que el asunto se diluya con el tiempo. Groenlandia es un espejo de las debilidades estructurales europeas en materia de política exterior y de seguridad. La Unión debe articular una estrategia ártica coherente, que combine respaldo político explícito a Dinamarca, presencia económica sostenible en el territorio y una mayor implicación en la gobernanza del Ártico. No se trata de militarizar la región, sino de demostrar que Europa es un actor con intereses propios y capacidad de protegerlos. Además, la UE debe abrir un diálogo franco con Estados Unidos, dejando claro que la cooperación estratégica no puede basarse en la presión unilateral ni en lógicas de poder decimonónicas. 

Nueva relación con EEUU

Groenlandia anticipa el tipo de desafíos que marcarán la próxima década: territorios estratégicos, recursos críticos, cambio climático y alianzas sometidas a una presión creciente. Si Europa no aprende de este episodio, corre el riesgo de convertirse en un actor secundario en su propio entorno geopolítico, reaccionando siempre a iniciativas ajenas y llegando tarde a los grandes debates estratégicos. La cuestión de fondo no es solo territorial, sino política: capacidad de decisión, credibilidad internacional y autonomía estratégica real. La pregunta ya no es si Groenlandia importa, sino si la Unión Europea está preparada para actuar como la potencia política que dice ser cuando el hielo, literal y metafóricamente, empieza a resquebrajarse y las certezas del orden atlántico tradicional dejan de ser incuestionables. Es una señal clara de cómo el deshielo del Ártico está acelerando la geopolítica global y obligando a la Unión Europea a mirar hacia un territorio que hasta ahora había considerado periférico, pero que se ha convertido en estratégico. Durante su primer mandato Donald Trump ya sorprendió al mundo al plantear abiertamente la posibilidad de “comprar” Groenlandia. Años después, lejos de diluirse, aquella idea se ha transformado en una reivindicación persistente, envuelta ahora en argumentos de seguridad, control de rutas marítimas, acceso a minerales críticos y contención de China y Rusia en el Ártico.