Cuando se escribe sobre fútbol se escribe sobre personas. Lo explicó con precisión el periodista Enric González: “Sobre los héroes de la cancha, mimados y zarandeados, adorados y vilipendiados, sometidos a presiones tan brutales como absurdas, y sobre la masa anónima de la grada, que vuelca en el deporte pulsiones complejísimas: desde la voluntad de pertenencia a la sublimación de la propia existencia a través de héroes en calzón corto”. No es una introducción literaria: es una advertencia. Todo lo que viene a continuación, ídolos, errores, fichajes fallidos, va de personas.

Todos los aficionados guardan un álbum de cromos secreto. No de grandes jugadores que han pasado por su equipo, sino de fichajes que iban a cambiarlo todo y terminaron sin cambiar nada. Otro periodista, Miguel Gutiérrez, puso palabras a esa sensación compartida en Parecía un buen fichaje (Roca Editorial, 2013) y seleccionó algunos de los más mediáticos y rocambolescos. En este entretenido libro futbolero desfilan nombres atrapados entre la expectativa y la realidad. No hay ensañamiento, hay memoria. Y una certeza incómoda: el fútbol está lleno de decisiones que salen mal.

El autor recorre la hemeroteca del fútbol y la contrasta con la memoria del aficionado, esa que convierte ciertos nombres en chascarrillo perpetuo. Ahí están el fichaje de Edwin Congo por el Real Madrid tras la carta de recomendación de un hincha; la llegada del marfileño Serge Alain Maguy al Atlético de Jesús Gil, con cuatro entrenadores en cuatro meses; el paso fugaz de Stan Collymore por el Real Oviedo, apenas 34 días y que en su momento había sido el fichaje más caro de la Premier League; o el dinero que el Barça, tan orgulloso de su cantera, derrochó en Dehu, Rochemback y Christanval. Y entre esas historias reaparecen fantasmas muy noventeros y que el tiempo no borra: Romerito, el Tren Valencia, Robert Prosinečki, y Renaldo (sí, el que dijo como Ronaldo, pero con ‘e’). Pero hay más.

Entre todos esos nombres que aparecen en el libro de Miguel, hay uno que se hizo eterno sin quererlo (también le ayudó su llamativo físico): Predrag Spasić. El central serbio llegó al Real Madrid y terminó convertido en mito del barcelonismo por una sola jugada. La sentencia a su prometedora carrera. Fue el 19 de enero de 1991, en un Camp Nou gris. Laudrup abrió el marcador, Butragueño empató, y en el minuto 62 llegó la escena que lo cambió todo: un córner sin aparente peligro, Jaro no atrapó el balón y Spasić, con sus casi dos metros, remató contra su propia portería. El estadio estalló. El central quedó arrodillado en el césped, congelado para siempre, mientras Alexanco le daba una palmada casi piadosa en la mejilla. Un instante bastó para definir una carrera entera. De la gloria tras su fichaje por el club de Concha Espina, a los infiernos.

El fútbol tiene memoria corta para los buenos momentos y larguísima para los fichajes que no salieron. Los que ilusionan en el verano, llegan con vídeos de jugadas imposibles y, sin que nadie sepa cuándo, empiezan a desvanecerse. En cada club existe una lista no escrita: el central que es un muro para apuntalar el juego defensivo del equipo, el lateral de largo recorrido que ataca y defiende, el centrocampista que abarca mucho campo, que no consigue entrar en la dinámica del equipo, el delantero que marcaba veinte goles en su anterior club y ahora necesita cinco ocasiones para conseguir uno. “Es que aquí no juegan para él”. Una frase clásica que sirve casi para cualquiera de las situaciones anteriores.

Y, aun así, cada ventana de fichajes reincidimos. Porque el fútbol es esperanza y la esperanza no consulta precedentes. Porque siempre creemos que esta vez sí. Y porque, en el fondo, ¿qué sería del fútbol sin esas promesas que vienen de ligas lejanas y que apenas nadie conoce?

El fútbol no es el FIFA en modo carrera y en todos los equipos hay nombres que resultaron un fiasco. Y en nuestra Real Sociedad sabemos de lo que hablamos: basta mirar atrás para que aparezcan delanteros que hasta cuesta recordar el momento en el que llegaron y quiénes fueron los que avalaron su incorporación. Luis García, Igor Cvitanovic, Víctor Bonilla, Arif Erdem y Georgi Demetradze, son algunos de esos jugadores que solo con mencionarlos aparece una mueca en la cara entre mofa y desilusión, porque a pesar de todo, ellos también nos parecieron un buen fichaje.

En el fútbol y en la vida opinar tras conocer el resultado es lo más fácil. Volver al punto de partida exige honestidad. Y así, llegamos a Sadiq Umar a quien se le ha juzgado por sus fallos y en muchas ocasiones se ha olvidado de la persona que hay tras el futbolista, con aquella noche copera ante el Mallorca instalada en la memoria. Imposible de olvidar. También imborrable su reacción tras ser cambiado en ese partido. Hundido en el banquillo con Pablo Marín y Mikel Labaka intentando levantar el ánimo del nigeriano. Ese partido, con la eliminación del equipo y una afición que soñaban otra vez con luchar por otro título, marcó su futuro como txuriurdin. A partir de ahí, ni el jugador volvió a ser el mismo ni el club volvió a mirarlo igual. De un plumazo se olvidó todo. El estreno ilusionante con gol ante el Atlético, la durísima lesión en Getafe que también marcó toda su etapa en Donostia, aquel golazo en El Sadar.

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Sadiq llegó a Anoeta como el fichaje más caro, su trayectoria en Almería lo había convertido en un jugador interesante, en clara progresión. Pero aquí no ha funcionado. Los números son irrebatibles. Y ahora sale por la puerta de atrás con un saldo negativo.

Pero más que un fiasco fácil de etiquetar, Sadiq recuerda lo caprichoso que es el fútbol: el estilo, la confianza, la ciudad, los compañeros, el ritmo, la cabeza y el cuerpo. A veces un delantero no funciona aquí y sí funciona allí. Trabajando junto al añorado Iñaki de Mujika aprendí que detrás de cada deportista hay una persona y que eso no debería olvidarse nunca. No es una absolución, es una constatación. Y cuando baja el volumen y se enfría el juicio, siempre queda esa frase, tan simple como demoledora: parecía un buen fichaje.