El gorila, de nombre Pechotoro, era un magnífico ejemplar albino, con el pelaje plateado y lustroso y un cuerpo cincelado por el ejercicio al aire libre y una crianza a cuerpo de rey en los bosques de la ganadería de Dolores Fuertes, cuyo hierro llevaba marcado a fuego en uno de sus poderosos glúteos.

El combate contra Pechotoro le correspondió al gorilero de moda, Macaquito, el Niño de la Sabana (sin tilde, a pesar de que últimamente han sido muy sonadas sus correrías entre las sábanas, con tilde, de una famosa mocatriz). 

Compareció con chistera de terciopelo azul purísima, un elegante traje a juego, diseñado por el famoso diseñador Golondrino Spagna, y unas resplandecientes Adidas-Cartier, atuendo que en su conjunto componía una auténtica y refinada obra de arte, a la que no tardó en sumarse la magistral faena del matador.

El gorila, por su parte, saltó al ruedo empoderado y rugiente, golpeándose el pecho con furia y adornado con una descomunal erección, que mermó, no obstante, en un santiamén El Niño de la Sabana con el primero de sus antológicos estacazos, propinado de manera certera en las partes pudendas del súbitamente apaciguado primate.

Macaquito, como ustedes saben, es un maestro manejando el bate de béisbol, como demostró en los siguientes lances del combate, en los que golpeó con destreza a Pechotoro en la cabeza, los riñones y de nuevo en las criadillas. Tuvo, no obstante, un ligero traspiés en mitad de la faena que a punto estuvo de costarle un disgusto serio, porque el gorila aprovechó el descuido para zarandearlo brutalmente e intentar morderle una oreja.

Macaquito, de hecho, sería a estas horas un hombre desmochado, de no ser por la rápida intervención de sus subalternos, que acuchillaron con habilidad al animal, debilitándolo y tiñendo su argentina pelambrera de sangre, cuyos rutilantes reflejos vinieron a confundirse con los últimos rayos de un sol igualmente moribundo.

Salvado este pequeño traspiés, el combate continuó con la delicadeza que caracteriza al maestro, el cual remató su impecable trabajo partiendo de un solo golpe la cabeza a Pechotoro con un machetazo que hundió el filo hasta el mismísimo encéfalo del gran simio.

Pechotoro cayó desplomado entre los entusiastas aplausos del respetable, que pidió para el diestro las dos garras del gorila, premio que fue concedido y al que el presidente del combate sumó, con buen criterio, el de su badajo (el de Pechotoro, queremos decir). El gorilero, por último, brindó el trofeo a la ministra de Cultura, presente en el palco, a la cual agradeció su decidido apoyo a la gorilomaquia, sobre todo en estos momentos en que, de manera incomprensible, la Unión Europea ha señalado nuestra Fiesta Nacional como un espectáculo bárbaro y vergonzante, impropio de una sociedad civilizada.