Una única salud

De carnes y satiriasis

30.10.2021 | 23:44
De carnes y satiriasis

me aseguraba una persona conocedora del sector de la hostelería que el fenómeno de los botellones desaparecería en cuanto se liberaran las restricciones adoptadas para evitar la transmisión de la pandemia, y que la riada juvenil regresaría al cauce natural de bares y discotecas. Tengo mis dudas y albergo la esperanza de que cale en nuestras latitudes la iniciativa del parlamento de China que, según una noticia de agencia, trabaja sobre un proyecto de ley para castigar a los padres por el mal comportamiento de sus hijos, gamberros o delincuentes. "Hay muchas razones por las que los adolescentes se portan mal, y la educación familiar inadecuada es la causa principal", en acertada opinión de Zang Tiewei, portavoz de la Comisión de Asuntos Legislativos del Asamblea Popular Nacional (APN) de China. Ahí queda eso.

De las 1.500 personas de Osakide-tza que se han negado a vacunarse contra el covid-19, ninguno es médico, trece son enfermeras y el resto, personal de otras categorías. Que cada cual saque sus propias conclusiones.

La invasión de urbanitas ignorantes en puestos de decisión está haciendo estragos importantes en el mundo rural. Una ignorancia que ve a los animales como peluches y no como seres a los que, por supuesto, hay que cuidar, respetar y proteger, pero que nos proporcionan carne, leche y trabajo entre otros bienes necesarios para la vida. Pero como estamos en una sociedad consumista ahíta de todo, "no se puede comer a los animales", no se les puede ni mirar mal. Pronto arreciarán las campañas en contra del consumo de carne, potenciando el consumo de los símiles de carne hechos con vegetales y vaya usted a saber qué otras porquerías. En aquel infausto artículo que le prepararon al ministro de Consumo le colaron un lema de una empresa de carne artificial, Beyond Meat: Better for you, better for the planet. Seguro que no se enteró que estaba haciendo publicidad a una multinacional. ¡Panda de imbéciles!

Y seguimos con carne, sí, pero de buey. Vamos por partes, para que los lectores urbanitas se sitúen. En Gipuzkoa, el erralde es una antigua medida de peso que equivale, más o menos, a cinco kilos. Erralde era también el nombre de la iniciativa de un veterinario y un grupo de ganaderos que pusieron en marcha el vetusto matadero municipal de Durango y que comercializaban carne. El proyecto acabó como el rosario de la aurora por falta del debido apoyo político, quizás porque sonrojaba a algunos incapaces con mando. Seguramente recordando aquella malograda aventura, bautizaron con ese nombre, Erralde, a un buey de raza charolesa que ahora tiene siete años, de capa jabonera (blanco/crema), bizco del cuerno derecho, propiedad del ganadero y carnicero de Zalla (Bizkaia) Jon Ander Zornotza Ayarzagüena, cuyo objetivo es que supere las dos toneladas de peso y pueda batir el récord absoluto que, hasta ahora, ostenta en la báscula Goliath, con 1.266 kilos. El rendimiento de vivo a canal de un animal de estas características ronda el 60-65%. Nadie piense que se trata de una operación rentable. Este tipo de actuaciones obedece únicamente al deseo de batir una marca. De hecho, la producción de bueyes para carne no es una práctica habitual. Lo normal es encontrar reses de 12 a 24 meses, que se denominan añojos o vacas de desvieje, de cinco o más años, que han sido engordadas y que todavía en algunos lugares se ofrecen como buey. Nada que ver, en opinión de los expertos carnívoros, no es mi caso, que aprecian la infiltración grasa y el sabor especial que ofrece la castración.

Algo parecido a lo que ocurre con los capones, pollos castrados o las pulardas, gallinas jóvenes desprovistas de su único ovario, que ofrecen unas carnes finas y muy apreciadas y tradicionalmente se crían para las fiestas navideñas.

Sin embargo, la castración en équidos, asnos o mulos que, aunque estos últimos sean estériles, nacen provistos de testículos, se hace con el fin de atemperar sus impulsos sexuales, fiereza y acometividad, para facilitar su doma y posterior utilización para el trabajo. Y por un motivo estético, para evitar sus notorias erecciones, exhibiendo la quinta pata, como le ocurría a aquel burro que, cargado de cazuelas de barro de Pereruela de Sayago (Zamora), solía frecuentar hace años las inmediaciones de los mercados donostiarras y los chavales intentábamos atinarle con nuestros tiragomas, entre los improperios del industrial alfarero.

La castración química de animales o aves de consumo está prohibida.

Y viene esto a cuento porque, según una fuente muy fiable, a tenor de la distinguida nómina de clientes que utilizaban su consultoría y, en sede parlamentaria, se manifestó hace unos días que al emérito campechano le inyectaron hormonas ante el fracaso del bromuro convertido en leyenda urbana, para atemperar su líbido elevada o, dicho de una manera más técnica, la satiriasis real, transformada en cuestión de Estado, ante la comprensiva y vergonzosa anuencia de sus seguidores. Es evidente que en las cloacas del Estado, tan hábiles en muchas malas artes, son torpes en endocrinología y en genética.

Algunos derivados de la progesterona bloquean la producción de testosterona en los testículos, inhabilitando el deseo sexual durante seis meses aproximadamente y puede tener efectos secundarios muy evidentes. Se usó en Francia con algunos delincuentes sexuales, pero no existen estudios serios que avalen su eficacia. En lo que a la genética respecta, todos los ancestros, varones y féminas (ninfomanía), han padecido este trastorno, comenzando por Fernando VII y su enorme aparato. Tal vez sea más aconsejable un tratamiento psicológico. Mientras tanto, todos los veteranos y trabajadores esenciales, a vacunarse contra la gripe.

¿Qué pasa en Onkologikoa?

Hoy, caldo con garbanzos y carne cocida. Chipirones en su tinta. Higos frescos al horno con reducción de Pedro Ximénez. Plátano de Canarias, a ser posible de La Palma. Café y mantecadas de Orduña de las buenas, de Vadillo, no de los requetés. No hay escocés por culpa del brexit. Me pasaré al cognac.

Es evidente que en las cloacas del Estado son torpes en endocrinología y en genética

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