La presentación de las cuentas de Kutxabank durante el pasado año -por cierto, con un excelente resultado de 150,3 millones de beneficio, un 38% más que en 2013- y la rueda de prensa de su presidente, Gregorio Villalabeitia, respecto a los últimos acontecimientos que han sacudido la actualidad del banco vasco deberían servir para amortiguar la conmoción y encauzar la gestión de la entidad hacia lo que realmente le exigen el presente y el futuro. No quiere esto decir, sin embargo, que Kutxabank deba olvidar o ignorar lo sucedido en el denominado caso Cabieces, que debe tener internamente muy presente, pero sí que no cabe considerar este una prioridad -ni siquiera un condicionante- toda vez que se han recuperado los pagos efectuados al exdelegado del Gobierno español en Euskadi y la situación de los impositores y los propietarios del banco no sufre más menoscabo que el que si acaso ha afectado momentáneamente a la imagen de la entidad. En ese sentido, la decisión del Consejo de Administración de no personarse en la causa se antoja no solo lógica sino razonable. Lo verdaderamente relevante en este punto del ya excesivamente largo debate en torno a Kutxabank -a veces larvado, pero constante desde antes de la denominada “fusión fría” de las cajas vascas en enero de 2012, hace ya más de dos años- es la perseverancia en el más que relativo éxito de lo desarrollado hasta entonces . Aun si ahora debe ser dentro de los nuevos modelos bancarios impuestos a consecuencia de escandalosos modos de gestión que, a pesar de lo que el caso Cabieces haya podido transfigurar, han sido siempre ajenos a las cajas vascas. La aprobación por la Comisión Nacional del Mercado de Valores del Protocolo de Gestión de la participación financiera de BBK, como primer accionista, en Kutxabank da paso ahora a la creación en cinco años del fondo de reserva que, según las obligaciones marcadas por la nueva Ley 26/2013 de Cajas de Ahorros y Fundaciones Bancarias, les permita a las tres fundaciones mantener la propiedad y el control vasco del banco. Porque será ese control el que, como se ha demostrado a lo largo de más de un siglo, asegure la imbricación del banco con su entorno y a lomos de esa relación prolongue la fortaleza y solvencia de la entidad bancaria y, en consecuencia, la aportación a la obra social de sus fundaciones.