Minneapolis: una batalla tras otra
Las calles de la ciudad son estos días escenario de una lucha sin cuartel entre las fuerzas del ICE y los decididos manifestantes demócratas
¿Sabes qué es la libertad? No tener miedo. Una poderosa frase que escuchamos en la previsiblemente triunfadora película de los próximos Oscar, Una batalla tras otra. Miedo y libertad, dos poderosas ideas que estos días parecen enfrentarse a muerte en las calles de Minneapolis en una lucha sin cuartel entre las fuerzas del ICE y los decididos manifestantes demócratas, con la persecución migratoria de fondo, sumidos en una batalla que parece no tener fin entre las dos almas enfrentadas de Estados Unidos. La película de Paul Thomas Anderson retrata esta guerra cultural norteamericana en la que es posible que se juegue el rumbo político del país.
Ficción y realidad parecen converger estos días en Minneapolis.Una batalla tras otra es un claro ejercicio cinematográfico de descripción de la polarización política que actualmente vive Estados Unidos. Para ello, Paul Thomas Anderson se vale de unos personajes que simbolizan a los bandos de la guerra civil política que vive EEUU. Por un lado, los antiguos revolucionarios fracasados del 75 francés, radicales de izquierdas reconvertidos en un grupo de activistas proinmigrantes. El patoso y gracioso personaje encarnado por Leonardo Di Caprio simboliza la ingenuidad y el patetismo de un ideal que fracasó en su objetivo de transformar Estados Unidos. Junto a él, el papel de Perfidia Beverly, interpretado brillantemente por Teyana Taylor, refleja la agresividad y la brutalidad de una revolución que degeneró en violencia sin sentido.
Suspendidos de sus funciones los agentes del ICE que asesinaron a Alex Pretti en Minnesota
Frente a ellos, el personaje del sargento Lockjaw, interpretado por un Sean Penn en estado de gracia, un militar dedicado a luchar contra la inmigración y todo lo que suene a progresista, refleja a esa América conservadora, supremacista y militarista, que ve en la inmigración el cáncer que está corroyendo la esencia de la nación. Al mismo tiempo, la relación amorosa que se inicia inexplicablemente entre Lockjaw y Perfidia simboliza la atracción entre estas dos Américas que, si bien se descubren como enemigos existenciales, al mismo tiempo, ven que se necesitan para continuar su guerra fratricida. Dos opuestos que ven cada uno en el otro no solo la negación de uno mismo, sino también el alimento necesario de la lucha de ambos.
Con esta trama, de una manera más compleja de lo habitual, Paul Thomas Anderson describe la división actual de la política norteamericana. Polarización que, como la película insinúa, viene de lejos. Muchos autores sitúan su origen en el conflicto de Vietnam, en la fractura profunda que para la sociedad americana supuso el descubrimiento de que sus élites políticas podían mentirles durante años y justificar de este modo el envío de una generación de jóvenes a morir en las selvas del sudeste asiático en una guerra que, además de no tener sentido para gran parte de los estadounidense, sirvió para acabar con su imbatibilidad bélica y dar comienzo a un lento pero imparable declive social, que el fin de la guerra fría pareció aliviar, pero que continúa hasta hoy día.
Minneapolis se rebela contra la impunidad del ICE tras la muerte de Alex Pretti
La ruptura social estadounidense se manifestó en 1970 en los conocidos como disturbios del casco, en los que una manifestación de estudiantes contra la guerra de Vietnam fue brutalmente atacada por una multitud de obreros de la construcción, ataviados con sus buzos y cascos de trabajo, que ondeaban banderas americanas mientras golpeaban a los estudiantes ante la atónita mirada de cámaras y periodistas. Los disturbios de 1970 establecieron un parteaguas en la cohesión social norteamericana. La herida abierta en el enfrentamiento entre los obreros y estudiantes no cicatrizó como bien se ha podido observar en Minneapolis este mes de enero de 2026.
Minnesota ha sido escenario de esta guerra cultural con anterioridad. En 2020, George Floyd murió asfixiado por la llave inmovilizadora de un policía, mientras susurraba la frase que sería inmortalizada en las protestas del Black Lives Matters: I can´t breathe (no puedo respirar). La ciudad se convirtió en la zona 0 de un movimiento que volvió a propiciar un levantamiento contra la discriminación racial a nivel nacional, sumando la protesta racial a la creciente polarización política entre conservadores y demócratas. Enfrentamiento social explicable por la fuerte base demócrata del estado de Minnesota, en el que el Partido Laboral Granjero Demócrata, afiliado al Partido Demócrata pero más radical que el tradicional movimiento demócrata, ha tenido una capacidad movilizadora superior que a la del resto del país.
Apuñalado en prisión el policía condenado por el asesinato de George Floyd
Bastión demócrata
El que Minnesota sea un tradicional bastión demócrata explica también la invasión del estado por parte de las fuerzas del ICE, desproporcionado en recursos enviados por el Gobierno federal con respecto al número de inmigrantes. Minnesota es uno de los estados en relación a su población con menos sin-papeles, muy lejos de otros estados como Texas o Florida. La clave para esta discriminación contra Minnesota hay que buscarla en el color político del estado. Los estados republicanos, como los dos últimos citados, no han sufrido al ICE. Sin embargo, los estados demócratas, especialmente las ciudades santuario, aquellas en las que las autoridades locales no colaboran en materia de inmigración con la administración nacional, han conocido bien la actividad represora del ICE.
Es difícil dudar de la instrumentalización política de la policía de fronteras e inmigración por parte de la administración deDonald Trump. El ICE es la fuerza efectiva para demostrar el compromiso del presidente en su cruzada contra los migrantes, el principal corolario político del ideario MAGA. Al mismo tiempo, la acción de estos policías es la representación del poder del presidente Trump que impone su ideario en las calles, en una clara exhibición de fuerza y poder militar. Como muchos analistas han denunciado, las acciones a plena luz del día, la fuerza bruta demostrada e incluso la estética paramilitar del ICE, simbolizan la militarización de la política norteamericana y la confrontación y provocación de la América trumpista respecto a la demócrata. Guerra cultural que tiene también su reflejo en la confrontación institucional, convirtiéndose el ICE en un arma contra gobernadores y alcaldes demócratas.
Esta idea se percibe con nitidez al estudiar más a fondo a las fuerzas del ICE. Su mismo nombre, acrónimo de Fuerzas de Inmigración y Aduanas, ya exhibe cierta agresividad en su significado (hielo). El aumento de presupuesto que ha tenido desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha sido exponencial, llegando a superar en dotación a departamentos históricamente tan potentes como la DEA o el FBI, dato esclarecedor de la importancia que para la administración Trump tiene este departamento.
Al mismo tiempo, el aumento espectacular de su despliegue ha requerido del incremento de reclutamiento de efectivos humanos. Los candidatos a formar parte de las filas del ICE deben pasar diferentes pruebas para ser admitidos, pero ha sido el modo de realizar ese reclutamiento la que ha hecho saltar las alarmas sobre sus métodos publicitarios. Diferentes campañas han utilizado lemas agresivos como: Destruye la inundación(junto a una foto del violento videojuego HALO), Volveremos a tener nuestros hogares, o la utilización de la típica figura del Tío Sam apuntando con el dedo, un cartel utilizado para el reclutamiento en tiempos de guerra. Todo apunta a una búsqueda entre potenciales miembros de milicias de extrema derecha y que ha sido confirmado por grupos paramilitares como los Proud Boys, que difundían abiertamente en sus redes estos anuncios promoviendo entre sus miembros el alistamiento en el ICE.
Por si esto fuera poco, los paseos del jefe de la policía de inmigración, Gregory Bovino, cuyo parecido físico con el sargento Lockjaw de Una Batalla tras otra es asombroso, con su aspecto desafiante por las calles de Minneapolis, han aumentado la conmoción. Sobre todo, su aparición con un abrigo militar largo verde, en el que más que el máximo oficial de un cuerpo policial, parecía la imagen de un general de un ejército de la Segunda Guerra Mundial. Una imagen que reforzaba el militarismo y el extremismo de unas fuerzas que más parecen paramilitares que policiales y cuyos enfrentamientos continuos con la población están horrorizando al país y, a decir de numerosos comentaristas, convirtiendo las calles de Minneapolis en el escenario de esa tan temida guerra civil.
Los casos de Good y Pretti, los desencadenantes
Con todo, han sido los dos asesinatos de Renée Good y Alex Pretti los que han indignado a la sociedad. Sobre todo, la muerte de Pretti, un enfermero que cuidaba veteranos, al que se le arrebató su arma antes de asesinarlo delante de las cámaras. Una muerte que, sumada a la de Good y a las durísimas imágenes de manifestantes y miembros de ICE en plena confrontación en las calles, parece haber puesto a la sociedad americana ante su mayor miedo, una lucha entre americanos. Aquí ya no se trata de disturbios entre minorías o contra los inmigrantes mejicanos en Los Ángeles, en Minneapolis son americanos peleando directamente entre ellos.
La apuesta de Donald Trump parece haber ido demasiado lejos, incluso para sus propias huestes, hasta la Asociación Nacional del Rifle salió en defensa de Pretti alegando que una persona tiene derecho a ir armada a una manifestación y que por ello no tiene por qué ser disparada si no hace uso indebido de su arma. La base republicana también parece horrorizada ante la actitud del ICE, y las encuestas lo reflejan. Las imágenes del librero Greg Kedar de 69 años, rodeado de bombas de humo en los disturbios expresando su rabia frente a la brutalidad del ICE, se han convertido en un símbolo que ha removido conciencias y han hecho que, incluso dentro del movimiento MAGA, afluyan las críticas.
La administración Trump parece que recula. La sustitución de Bovino por el denominado Zar de la Frontera, Tom Homan y el inicio de una investigación por el asesinato de Alex Pretti, parecen predecir una bajada de intensidad del ICE. Incluso el propio Trump en unas declaraciones afirmaba, directamente y sin tapujos, que iba a desescalar la situación. Parece que Minneapolis ha puesto a los norteamericanos frente a las consecuencias directas de su polarización política, y es posible que ello pueda ayudar a calmar las cosas.
Pero no nos olvidemos, la batalla continúa. Como en el film de Anderson, los inmigrantes son el escenario de fondo pero la verdadera batalla es entre los propios norteamericanos. El personaje de la joven Willa Ferguson representa en la película a esa nueva generación de norteamericanos que sigue sin resolver el dilema de sus padres y continúa en la lucha entre las dos almas de la nación. Una batalla en la que los contendientes se retroalimentan necesitándose el uno y el otro. Está claro que la polarización política ha sido la gran baza que ha llevado a Trump a la Casa Blanca y que seguirá siendo su principal carta a la hora de lograr victorias electorales. Las elecciones de medio término, verdadero referéndum sobre el presidente, están a la vuelta de la esquina, en noviembre. Una victoria en la Cámara de Representantes daría aún más poder a Trump. Por tanto, habrá nuevas batallas en las que se manifieste la guerra cultural norteamericana, a la que sobre todo los republicanos parecen sacar buenos réditos. La batalla de Minneapolis posiblemente termine para no resentir al electorado republicano. Sin embargo, la guerra entre las dos almas de la nación norteamericana no tiene visos de resolverse. Que nadie dude: todavía nos queda mucha película por ver, una batalla detrás de otra…
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