El pequeño Marco
Otras personas en su cargo se habrían sentido ofendidas hasta el punto de dimitir, pero parece que Rubio ha decidido esperar en su puesto
Desde que empezó a hacer sus pinitos en la vida política norteamericana, el actual secretario de estado y exsenador de Florida, Marco Rubio, siempre dejó claro que le interesaban las relaciones internacionales.
Nacido en EEUU en una familia modesta de emigrantes cubanos, Rubio se dedicó a la política desde que aún era estudiante, cuando trabajó como voluntario para la congresista, también de origen cubano y del Estado de Florida, Iliana Rosa Letinen y, desde poco antes de cumplir los 30 años, su subida ha sido meteórica: de congresista en su Estado natal de Florida, a senador en Washington, a ministro de Exteriores en la segunda administración de Donald Trump
Sus ambiciones eran aún más altas, pues ya en 2015 presentó su candidatura presidencial pero, como otros compañeros de fatigas, tuvo que retirarse ante el imparable millonario Donald Trump, quien le ridiculizaba de forma burda, refiriéndose a su estatura, relativamente corta con, 1,78 metros, comparada a los 190 centímetros de Trump, que incluso llegó a reírse del reducido tamaño de las manos del “pequeño Marco”.
Como el resto de los rivales de Trump, también Rubio abandonó la carrera presidencial para seguir en su cargo de senador del Estado de Florida, hasta entrar en el actual gobierno de Trump, a quien ahora no parecen disgustarle ni las manos ni la estatura de su actual ministro de Exteriores sino que se fija más en los votos que puede aportar su populoso Estado de Florida, hoy el tercero en el número de habitantes.
Para Rubio, esta cartera ministerial es la realización de un sueño: ya a su llegada a Washington como senador a principios de siglo, ofrecía anualmente una conferencia en la Brookings Institution, una de las muchas prestigiosas organizaciones políticas de la ciudad, para presentar su visión del mundo y de lo que debería ser la política internacional norteamericana.
Cuando Trump regresó a las elecciones norteamericanas del año pasado, Rubio le ofreció su apoyo y recibió la recompensa que seguramente más apreciaba: el ministerio de relaciones exteriores, que aquí lleva el nombre de Departamento de Estado.
Rubio parece cómodo en este puesto, pero tal vez se sienta algo marginado ante las iniciativas de paz de Trump quien no solo envía otros personajes a resolver graves crisis mundiales que caen bajo la competencia del ministerio de Exteriores, sino que parece tenerlo incluso menos informado de lo que correspondería a su cargo.
Uno de los ejemplos más recientes es la negociación con Rusia para acabar con la guerra de Ucrania: el diálogo con Moscú está en manos del yerno de Trump, Jared Kushner y de su enviado especial Steve Witkoff, un hombre en que Trump parece tener una confianza ilimitada.
Ambos están fuera del “radar” de los medios informativos, pero mantienen un estrecho contacto con Trump sin que parezcan muy interesados en mantener a Rubio al tanto de sus gestiones, hasta el punto de que hace pocos días parecía desconocer las gestiones que ambos realizaban con Rusia y con Ucrania, hasta que finalmente lo incorporaron a las negociaciones.
Posiblemente, otras personas en su cargo se habrían sentido ofendidas hasta el punto de dimitir, pero parece que Rubio ha decidido esperar en su puesto y acumular experiencia y méritos hasta que llegue el momento de postularse nuevamente para la primera magistratura, algo que hicieron con éxito otros personajes en situaciones semejantes, como por ejemplo Bill Clinton, cuyos orígenes familiares eran todavía más modestos que los de Rubio y procedía además de uno de los Estados más pobres y atrasados del país.
A sus 54 años, tiene suficiente tiempo como para intentar repetidamente la carrera presidencial y convertirse así, no solo en el primer secretario de Estado de origen hispano, sino también en el primer presidente totalmente bilingüe.
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