Al mes le empiezan a sobrar días. Con los precios de la cesta de la compra disparadísimos y un IPC que no sabe –o quiere– reflejar lo que de verdad sube el coste de la vida, los 28 días de febrero se convierten en un aliado para llegar a fin de mes tres días antes que el que llega mañana, lo que no es poca cosa, casi un descuento del 10% de mes, que si no impide en esta inflacionada vida llegar en reserva, sí al menos que no se haya agotado el depósito. Febrero es, sin duda, el mes de los pobres, aunque ya lo miremos con cierta tirria cuando nos viene bisiesto. Enero, marzo, mayo, julio, agosto, octubre y diciembre se hacen largos, aunque a agosto y diciembre se lo perdonemos por las vacaciones y la paga extra. Pero abril, junio, septiembre y noviembre se quedan tibios en el descuento de un día frente a nuestro héroe, febrero. Se me ocurre que si añadimos un mes más al calendario, para que sean trece (que me perdonen los supersticiosos), como en su día se pasó de diez a doce, todos estarían igualaditos a 28 días y hasta la cuesta de enero sería más transitable. Ya que no se reduce la jornada ni se implanta la semana laboral de cuatro días, pongamos los meses a 28 días y tendremos otra paga que cobrar que nos apañe el año. Es cuestión de ponerse de acuerdo y buscarle un nombre al nuevo mes. ¿Difícil? La otra sería no aniquilar a la clase media y que currar sea incompatible con no llegar a fin de mes, aunque sean de 31 días.