Escribir puede ser el oficio más complicado del mundo. A los gustos de la gente, que divergen hasta extremos inconcebibles, hay que sumarle la búsqueda de una originalidad que es prácticamente imposible tras las influencias que has tenido. Además, hay unas normas que seguir, pero no demasiado, porque entonces no vas a aportar nada nuevo; tampoco puedes olvidarte de todo y escribir algo incoherente o ininteligible porque, entonces, ¿quién querría leerlo? Muchas veces, cuando vemos algo ya terminado, dudamos de su calidad, del trabajo del autor o la autora. Tratamos de entender la idea que le impulsó a ponerse delante de una página en blanco y crear algo. Es por ello que convertirte en una persona reconocida dentro de un canon determinado es muy meritorio. Aunque aquí vuelvo a lo que agrada a la gente: si no te gusta una gran obra, aceptada por la crítica como tal, ¿tienes mal gusto? Si te gusta algo que se supone que es de baja calidad, ¿también? ¿O es que la literatura se rige por unas reglas determinadas no se sabe muy bien por quién? De este modo se crea un elitismo absurdo que aleja a muchas personas de la lectura. Es difícil escribir, y si le gustas a alguien ya has conseguido tu objetivo, que es hacer disfrutar y pensar, aunque nunca vayas a estar en la lista de lo que se supone que es bueno.