Pese a que soy un incorregible aficionado de la Real, no suelo emplear esta columna para hablar de fútbol. Bastante espacio ocupa el balón para desgracia de los que tienen otros gustos. Pero esta semana no me resisto a hincarle el diente. Y no voy a ser muy original, porque voy a hablar de los árbitros, de ese colectivo vilipendiado y culpable de todas las desgracias propias y triunfos ajenos, de los que nos acordamos para mal cuando sus errores nos golpean y nos olvidamos cuando nos benefician. El fanatismo del forofo se mueve en estos extremos y el respeto que se les debería es una quimera en un entorno tan polarizado como el del fútbol y lo que le rodea. Qué hipocresía quejarse de esta conducta cuando se precipita hasta el último eslabón, es decir, el fútbol de niños, y no digo niñas porque creo que por ahora la versión femenina se libra de esta lacra, aunque todo lo malo se pega menos la belleza. Al grano. Los árbitros tienen un problema de credibilidad y buena culpa de ello es del vídeo (olvidándonos de Negreira, que es mucho olvidar). Primero fue la tele, cuando empezó a captar primeros planos de sus decisiones, y comprobamos el doble rasero cuando son increpados por una estrella de los grandes o un jornalero de un equipo pequeño. Pero el VAR les ha acabado por desnudar. Lo ocurrido hace una semana en San Mamés con la expulsión de Brais es un ejemplo flagrante. Lo que no se puede es tomar a la gente por idiota y decir que ha ocurrido lo que las imágenes no muestran. Hay más ejemplos. Y hay quien cree que es la salsa del fútbol. Que siga la fiesta.