Como cada año por estas fechas nos toca arrepentirnos. Sí, lo hemos vuelto a hacer. Nos daba pena ese langostino abandonado, las tres lonchitas de jamón que quedaban para dejar limpio el plato. Hemos vuelto a pensar que de perdidas al río, y el Almax ha rulado pero cosa fina. En los pasillos en los que hace unos días había codazos por hacerse con la pularda, los hay ahora para arramplar con las vainas, los puerros o los calabacines. Agua, donde hubo vino, y mandarinas que sustituyen al turrón. Y propósitos de andar, correr e, incluso, volar si hace falta para reducir la “gerri buelta” expandida. Ocurre que pese a los buenos propósitos la realidad es terca. A las y los donostiarras nos toca en un par de semanas disfrutar con nuestro gran día, y ¿para qué empezar si hay que parar de nuevo? Pues tras tres o cuatro días de dieta vegetariana, hacemos el tenaz esfuerzo de volver a acostumbrar el estómago al paté, no vaya a ser que si lo hacemos de sopetón nos vaya a sentar mal. Lo gracioso es que todas y todos repetimos el mismo mantra: “qué bien volver a la normalidad”, como si fuerámos ocas a las que hubieran alimentado con embudo. Que no, que con esto como con casi todo, no aprendemos. Mientras, ya tengo el puré para tres días en el frigo.
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