El secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y de su mujer, Cilia Flores, por EEUU ha sacado a la luz las verdaderas carencias de la comunidad internacional a la hora de dar una respuesta contundente al imperialismo. Poco más ha habido que ciertas condenas a los hechos, matizadas siempre con un “pero”, conjunción adversativa que acaba convirtiéndose en cómplice del ataque. El embajador de EEUU ante el Consejo de Seguridad de la ONU, Mike Waltz, dejó muy claro ayer que la operación fue un ejercicio “policial” –evocación de la idea de policía del mundo– para capturar a dos “fugitivos” “narcoterroristas” que con su actividad habían atentado de forma “directa” e “indirecta” contra la sociedad yankee. La realidad es más bien otra, una de la que los líderes políticos europeos se recuperan ahora, como probablemente esté haciendo la oligarquía opositora venezolana que ha colonizado el barrio de Salamanca de Madrid, tras el knock-out de descubrir lo que era obvio: que lo único que importa es el petróleo. Donald Trump ha utilizado el poder de la fuerza, provocando más de 40 muertos sobre el terreno, para demostrar que ostenta la fuerza del poder. Es un aviso a navegantes, como hace la mafia. La lista está encima de la mesa: Cuba, Colombia y, sí, Groenlandia, como antesala de la caída de una Europa servil y tibia que, si alza la voz, lo hace bajito para no molestar, sin darse cuenta de que el orden mundial ha cambiado y que no posicionarse es hacerlo.