Superman López descorcha el Gamoniteiru y Roglic enfría el champán de su Vuelta

El colombiano se impone en el cruel e inédito coloso asturiano, donde el líder muestra su fortaleza

02.09.2021 | 17:39
Miguel Ángel López vence entre la niebla en el Gamoniteiru.

En el terrorífico Gamoniteiru se intuyó un espectro. Una figura humana que se difuminaba con la niebla, húmeda, fría y blanca. Una mortaja. La luz de una moto iluminó la silueta, irreconocible a simple vista en un paraje sobrenatural. Se necesitaría un escáner para descubrirlo. Los ciclistas están en los huesos. Seres fantasmales. Del más allá llegó Miguel Ángel López. Solo Superman, con un arrancada estupenda, pudo escapar de la dictadura de Primoz Roglic, nuevamente imperial. Salvo accidente, el esloveno se encuentra a un palmo de contar su tercera corona en la Vuelta. Entronizado, Roglic fue segundo en el inédito Gamoniteiru, un puerto salvaje que se escondió de las miradas indiscretas en la niebla. No quería mostrar el horror. Ni las antenas que lo rematan, que realzan su estampa cortante, repleta de aristas, pudieron asomar en el velo blanco. Solo quedó lugar para el sufrimiento, para la trinchera de la supervivencia en un puerto eterno, infinito en su crueldad. Una tortura, que desnudó a todos. Imposible esconderse.

Al Gamoniteiru se subió a gatas, a tientas, leyendo una carretera repleta de plomo. Pesada. Espesa. López fue el primero en superar al monstruo y estrenar una montaña asesina. Todo discurría a cámara lenta en un puerto que hundía a los corredores en cada pedalada. Un Leviatán inclemente que dibujó una galería de los horrores. Las pinturas negras de Goya. Roglic, duro como las piedras, el Sansón de la Vuelta, supo gestionar la subida. Soló López escapó de su poder con un ataque a 3 kilómetros. Una odisea. El colombiano que firmó con su nombre en el libro de honor de la montaña, le restó apenas 14 segundos. A Mas, tercero, Roglic le cargó otros seis segundos. A Bernal, su amigo cuando se fueron a redactar la historia en los Lagos, le colocó ocho. Roglic aventaja en 2:30 a Mas, en 2:53 a López, en 4;36 a Haig y en 4:43 a Bernal. Desde el Gamoniteiru, a pesar de la niebla, Roglic atisba la Catedral de Santiago de Compostela, punto de fuga de la Vuelta.

En La Cobertoria, que escondía el inédito Gamoniteiru, a la fuga, numerosa, le fueron cerrando el tanque de oxígeno desde el Bahrain. Roglic, acomodado en el chaise longue del liderato, estaba dispuesto a dar rienda suelta a los jornaleros, a los mineros a los que les alumbra el candil de la ilusión después de que exhibiera su pechera de general en los Lagos de Covadonga. Gotzon Martín y Maté eran los representantes del Euskaltel-Euskadi en esa cuadrilla obrera. Fabio Aru, que fue un aristócrata, ahora en plena decadencia, caminando hacia el crepúsculo de su biografía ciclista, que dejará a la conclusión del curso, pertenece a los descamisados. Gorka Izagirre y Aritz Bagües rodaron en ese grupo. El puerto, áspero, decapó a muchos, huesudos, consumidos en la tercera semana. Storer, el australiano irreductible, se descapotó bajo el cielo gris, un friso amenazador, que lagrimeaba de vez en cuando. Dobló la cima entre la cortina húmeda de la niebla. En el retrovisor, Roglic y Bernal maridaban en la bodega de carga del pelotón. El cordón umbilical de la valentía les une.

Storer rapeló La Cobertoria con decisión. A por todas. Otro valiente. Llanero solitario entre montañas y paisajes bellos. Tierra hostil para los pulmones que estruja y las piernas que apolilla con la termita de la fatiga. Storer es un Quijote en bicicleta. Al australiano le vigilaban con prismáticos su excompañeros, que iniciaron el repliegue. En el pelotón desgastaron el reloj de arena grano a grano en el viaje hacia El Cordal. El Movistar y el Bahrain, que codean por el podio de la Vuelta, se hermanaron para adentrarse en el calvario. La fe a modo de palanca para mover montañas. Vlasov, herido en la víspera, cedió. El bravo Storer continuó en su empeño quimérico. El australiano concretó dos utopías con anterioridad.

En El Cordal, De la Cruz arengó a sus costaleros. Devoraron las cuentas del rosario que quedaban pendientes. Solo la perla australiana Storer huía del radar. Roglic, abrigado por cinco compañeros, no perdía el hilo de la trama. Siempre atento. Volatilizado el UAE, Mikel Bizkarra abrió la cortina de la ambición. El de Mañaria se agitó. Romain Bardet no tardó en tocarle el hombro. El descenso de El Cordal es un recordatorio de caídas feas, hirientes. La humedad garabateó riesgo y peligro entre curvas malditas. Ronchones delicados anunciados con luces de neón. Storer deslizó de maravilla, habilidoso. Bardet se quitó la mochila naranja de Bizkarra en la bajada. Entre los favoritos optaron por la maneta del freno. Calma y respiración lenta antes de encaramarse hacia el Gamoniteiru a través de La Cobertoria. Un puerto dentro de otro. Muñecas rusas. Storer, magnífico su esfuerzo, desbrozó el portal del territorio comanche. Hombres de hilo contra la ley de la gravedad.

GIRO AL INFIERNO 

El Gamoniteiru, 14,6 kilómetros, con una pendiente medía del 9,8%, observaba la galería de rostros sin marco. Miradas perdidas, hundidas en las calaveras del esfuerzo. Cabezas gachas. Ojos atornillados en la carretera. Storer se tapó la vista con las gafas de sol. Subió a oscuras. Puro instinto. Nada de dimitir. La ascensión era un balanceo de zozobra y letanía entre el manto de humedad de la niebla. A 10 kilómetros de la corona, De la Cruz se estiró entre el grupo de los mejores, contemporizadores. Las rampas era una saeta, un canto a la pena. Los favoritos, condensados en los planos cortos de la extenuación, al compás de la agonía. De la Cruz quería desconchar a Storer. La niebla abrazó una subida que sabía a ácido láctico, cada vez más desalmada y cruel. Un puerto sin final ni cima. Una visión espeluznante. No había boca suficiente para comer oxígeno. Hirt zarandeó a los mejores, al límite los organismos en una montaña extrema.

De la Cruz se cosió a Storer antes de girar al infierno, húmedo, oscuro, letal. Un muro de mil muros. El australiano se estampó. Bernal, siempre valiente, se armó. Roglic repitió la escena. Se ató a él. Mas, López y Kuss se soldaron. Superman López se encorajinó. Vuelo libre entre rocas y niebla fría. El colombiano atrapó a De la Cruz, crucificado en una lengua de asfalto estrecho, lacónico. Kuss marcaba el paso con Roglic, Mas, Mader, Haig. López fulminó a De la Cruz. Roglic se erizó. Mas y Bernal se esposaron a él. El colombiano y el esloveno se retaron con Mas observando en cuestas que envejecen, que arrugaban, que golpeaban con saña. López se midió a sí mismo. Llegó a los límites jadeando con el alma. Cada pulgada era una lucha interminable en rampas del 17%. Ecce homos en el averno tratando de no romperse en mil pedazos. Un quebranto. Reparadas las grietas, vencida la montaña, Superman López descubrió su dicha en la cumbre del Gamoniteiru, escondido en la niebla. Allí, Roglic puso a enfriar el champán de su tercera Vuelta. 

noticias de noticiasdegipuzkoa