La sidra es un producto apto para cualquier ocasión. Su diversidad es uno de los principales motivos del innegable crecimiento que está experimentando en un mercado que sabe poner en valor su autenticidad y sus particularidades. Existe una sidra ideal para cada paladar y, también, para cada plato

“Hay alimentos con los que el vino no marida bien, como por ejemplo las alcachofas o los espárragos, por la sensación metálica que deja la combinación. La sidra, en cambio, es una aliada perfecta para esos productos”, destaca Mikel Garaizabal, divulgador del mundo de la sidra.

En el caso de los platos que destacan por su toque picante, las sidras que mejor maridan son las ácidas y refrescantes. Asimismo, cuando llegamos a los postres, la opción ganadora para Garaizabal es la sidra de hielo, ya que posee un sabor mucho más dulce que la tradicional. Tiene un cuerpo denso y viscoso, y su dulzor y notas afrutadas se deben a la congelación de las manzanas antes o durante el prensado, lo que concentra azúcares y sabores. Su tonalidad es dorada o amarillenta, y según Garaizabal, uno de sus atractivos es que pese a su dulzor mantiene cierta acidez, de modo que “no empalaga y es fresca”. Se acopla a la perfección a postres cremosos y ligeros, como por ejemplo, la natilla. A su vez, sus características le van como anillo al dedo al foie.

Una velada romántica

Por otro lado, si lo que buscamos es disfrutar de una velada romántica, Garaizabal lo tiene claro: “En ese contexto yo elegiría una sidra espumosa. Las burbujas son mágicas”. Esta ramificación también sería adecuada como aperitivo y para acompañar pescados, mariscos o postres.

La mejor combinación para las carnes

En lo referente a las carnes, Garaizabal apostaría por una sidra envejecida en lías o en madera debido a su cuerpo más contundente. Esta variedad también sería conveniente para pescados con textura y personalidad, como el rape. 

Para los pescados ligeros, por su parte, una sidra filtrada sería una mejor alternativa por su sabor fresco y suave, notas frutales y equilibrio entre acidez y amargor. A primera vista parece un vino blanco, tiene un punto carbónico y es menos corpulenta que la sidra tradicional.