Saioa Aizpurua (Errenteria, 47 años) compara los inicios de Algaraklown con la fábula de la leyenda de Hamelin. Solo que, en lugar de andar detrás de los pasos de un misterioso hombre con una flauta, la gente se agolpaba en las habitaciones de los hospitales para ver qué tramaban por allí unos personajes de lo más curiosos. ¿Payasos en un hospital? ¿Risoterapia al estilo Patch Adams, el médico que popularizó Robin Williams en el cine? En los primeros años de actividad de la asociación (Algaraklown surgió en 2011), meter a un clown entre niñas y niños hospitalizados podía parecer una cosa muy loca para algunos familiares y profesionales sanitarios. 

“Buff”, suspira Saioa. Al principio costó que cuajará la propuesta porque, generalmente, recuerda, se tenía “la visión del payaso de espectáculo de calle: pensaban que igual podíamos ser un obstáculo y meter mucho ruido”. Algaraklown se mantuvo en pie gracias al “esfuerzo y la ilusión” de un grupo de artistas que apostaban por el beneficio social de sus visitas terapéuticas en hospitales. Actualmente, ya nadie se lleva las manos a la cabeza en señal de extrañeza en los pasillos. Han desaparecido los ecos de Hamelin. Una decena de payasos de Algaraklown, que se definen como “artistas profesionales del clown y del teatro con formación en salud, sobre todo en salud emocional”, trabajan de manera asidua en la unidad de pediatría del Hospital Donostia, en el área de oncología, el programa de acompañamiento al quirófano, en las visitas especiales de Navidad, así como con otros proyectos de intervención en las residencias de mayores de Gipuzkoa. 

Las normas del mundo ‘clown’


No todo vale en el trabajo de un payaso de un hospital. Aunque tienen la capacidad de aportar algo bonito, se rigen por un código deontológico al que le dan “mucha importancia”, subraya Saioa. Además de “una buena base como clown”, se han empapado de contenidos de pediatría, oncología o de procesos de duelo. “Nos vamos llenando de conocimiento”, coinciden Saioa y Txefo. Se trabaja desde el respeto a la voluntad de las personas ingresadas y que no están, precisamente, pasando por un buen momento en sus vidas. Y se estudia cada caso uno a uno, porque no hay dos situaciones idénticas. Para ello, los payasos se ponen en contacto previamente con el personal sanitario o el de las residencias, hablan con sus familiares, exploran sus preferencias y líneas rojas, si las hubiera. “Lo último que queremos es meter la pata, tenemos que ser muy cuidadosos”, advierten.

A este grupo motor, que se dedica profesionalmente a su oficio de clown, hay que sumarle las aportaciones puntuales que realizan varias personas voluntarias más. Además de “mejorar el estado emocional” de niños y mayores, aliviando el estrés, la ansiedad y los miedos que padecen en hospitales y residencias, desde Algaraklown hablan abiertamente de “humanizar” estos entornos con normas rígidas y poco dadas a la improvisación y la alegría. Cada clown tiene un nombre artístico y cuenta con “formación específica” para desarrollar su labor. Saioa, por ejemplo, es conocida como Pantxineta y desde hace un tiempo realiza sus incursiones hospitalarias con Txefo Rodríguez (Kurrusko), de 53 años y también de Errenteria, que suele ir acompañado de su inseparable ukelele. 

Escenas inesperadas

El día de la entrevista, la tarea que se les asignó al dúo por la mañana fue “distinta” a la habitual, ya que estuvieron repartiendo calendarios de la asociación “por todas las plantas del hospital”. Txefo se incorporó a Algaraklown hace más de cinco años y explica que esta experiencia, tan positiva para los pacientes y mayores como para los propios clowns, le toca la fibra. “Ves que puedes cambiar la situación concreta de una persona, algo que no siempre se produce a través de la risa; puede ser con un abrazo, una lágrima, cualquier gesto puede valer”. “Una de las partes que más me gusta de lo que hacemos es que se producen escenas inesperadas. Vamos caminando con la música y, de repente, en el lugar menos esperado surge la magia. Se te ponen los pelos de punta”, añade Saioa.

Esa magia puede ser algo tan humano y cotidiano como un gesto cualquiera y al que, fuera de este contexto, no le daríamos mayor importancia. “Te das cuenta de que lo que a la gente le une son pequeñas cosas que son muy grandes: una mirada, un agur, la sonrisa, unos ojos que aparecen detrás de la puerta mientras suena la música de fondo… Esas pequeñas cosas te llenan muchísimo”, continúa ella. Txefo pone un ejemplo concreto, haciendo énfasis en el lenguaje propio de los clowns. “Puede pasar que entremos a una habitación con dos niños y que el que menos interés tenía en la visita sea luego el más activo. Nos gusta romper y cambiar esos procesos: no somos solo payasos con las caras pintadas, intentamos ser cercanos y empáticos”. ¿Y si las cosas no salen como esperaban? “Improvisamos y nos tiramos a la piscina, pero con el bagaje de nuestra formación”, responde Saioa.