Kanpolibrean

El granero, a rebosar

14.02.2021 | 00:14
El granero, a rebosar

Una decisión, por grave que sea, no hunde al sector pero el cúmulo de medidas negativas destrozan la espalda de la gente del campo y su aguante

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Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero, dice el dicho popular, sabio como siempre, que yo personalmente, visto lo visto últimamente, lo retocaría para enunciarlo de la siguiente forma: "Una zancadilla no te mata, pero una tras otra, se carga al compañero".

Viene a cuento la referencia al dicho popular porque, al igual que un cúmulo de sucesivas decisiones y actuaciones favorables puede resultar vital para el buen devenir de nuestro futuro personal y colectivo, también ocurre en sentido contrario, que un cúmulo de pequeñas decisiones negativas acaben por truncar el futuro, tanto personal como colectivo.

Me explico. Tras la decisión del Gobierno central de dotar de una mayor protección al lobo, y nótese que digo Gobierno central, y lo hago conscientemente porque es una decisión adoptada por el Gobierno central en su conjunto, pero muy especialmente por un PSOE que ha querido mostrar músculo ante el electorado ecologista donde el socio Podemos tiene un fuerte arraigo, ha sido en la escenificación de dicho acuerdo donde se ha mostrado una doble cara.

Acuérdese del juego del poli bueno y el poli malo, donde la ministra Teresa Ribera representa la voz firme frente al sector ganadero pero amigable a los conservacionistas más radicales, mientras el ministro Luis Planas ha representado su contrariedad de una forma vergonzante, poniéndose de perfil y diciendo por las esquinas, sotto voce, que él no estaba de acuerdo con la decisión.

Eso sí, tranquilos señores ganaderos, una vez materializada la maldad, les ofrecerán un laxante a modo de indemnizaciones y ayudas, vía ecoesquemas, para callarles la boca y pensando que no serán tan mal agradecidos de no contentarse con las migajas ofrecidas por las cabezas sacrificadas por el lobo.

Ante tal atropello, el sector ganadero ha reaccionado al unísono manifestando su contrariedad mientras que los amantes del lobo inundan los medios y redes sociales con el mensaje tan simplista pero efectivo de que el lobo no es el principal enemigo de la ganadería extensiva y que hay todo un cúmulo de factores que ponen en la picota a la ganadería extensiva que, paradójicamente, todos dicen defender.

Me recuerda la situación a cuando en Gipuzkoa negociábamos con la Diputación, entonces en manos de la izquierda abertzale, su reforma de la fiscalidad agraria y la consiguiente eliminación del sistema de módulos.

En esa tesitura, ante las quejas de los baserritarras, los representantes forales nos reprochaban que la reforma fiscal que querían impulsar, que obviamente conllevaba un incremento de la recaudación, no era el principal problema de los baserritarras y que, en su opinión, había otra multitud de factores que perjudicaban notablemente más al sector agropecuario pero, obviamente, aquellos otros motivos trascendían a sus competencias.

Cuando un dirigente político-institucional, queriendo quitar gravedad a su decisión, opta por echar balones fuera y apuntar a otros factores como verdaderos motivos de la mala situación del agro, no se da cuenta que, emulando al dicho popular, con su pequeño grano está colaborado para hacer granero y, de paso, cavar la tumba del granjero mientras que el productor (agricultor, ganadero, forestal, etc.) sufre en sus propias carnes las pésimas consecuencias de cada uno de las pequeñas decisiones, granos, que al final acaban por hundirlo y clavarle la puntilla.

La decisión sobre el lobo se suma a otras muchas otras que van desde la timorata actitud de las administraciones ante la imparable fauna salvaje (jabalíes, corzos, conejos, topillos, buitres, etc.) a decisiones sobre protección de espacios naturales que tanto gustan en los despachos pero que tanta desazón generan en las casas de los productores.

Otro tanto ocurre con la legislación naciente sobre la nutrición saludable de los suelos agrarios, que pende como espada de Damocles sobre el sector ganadero de la cornisa cantábrica, que no alcanza a entender que se le quiera impedir el uso como abono orgánico del estiércol, purín o compost generados en su propia explotación para su posterior aplicación en las empinadas praderas que caracterizan a nuestra orografía.

A todo ello le añadimos la creciente legislación, con todo lo que ello supone para el productor de cargas tanto económicas como burocráticas, en cuestiones como la trazabilidad, el bienestar animal, etc., y lo aderezamos con una total incertidumbre sobre lo que ocurrirá con la Política Agraria Común europea, tanto en el periodo transitorio de 2021 y 2022, como a partir del 2023, donde la expectativa, casi generalizada, es que van a disminuir los apoyos al sector profesional.

Si además lo rematamos, ahora que el Congreso tramita la reforma de la Ley de Cadena Alimentaria, con las asfixiantes condiciones de producción y los irrisorios precios que perciben los productores por su producción motivado por el insoportable desequilibrio de la cadena alimentaria actual, convendrá conmigo, estimado lector, que el granero está a rebosar, cuando no, a punto de reventar.

Vuelvo al inicio. No hay ninguna decisión, por muy grave que sea, que acabe de hundir el sector, pero no es menos cierto que estos últimos tiempos, a modo de grano a grano que hace granero, se están acumulando cientos de decisiones que, de forma acumulativa, una sobre la otra, están destrozando la espalda de la gente del campo y su capacidad de aguante.