A rueda

La barba de Engels

06.10.2020 | 13:10
Alaphilippe, durante la Lieja-Bastogne-Lieja.

Se disputó la Decana de las clásicas, la más antigua, la Lieja-Bastogne-Lieja, coincidiendo con el Giro. La superposición de pruebas, debido a la pandemia, será la norma, disputándose el Tour de Flandes y la Paris-Roubaix mientras se corre la ronda italiana. Este año la Decana cambió el recorrido, sin pasar la colina de los italianos, que antes decidía la prueba. Hablamos de la solidaridad con la República en la zona. Y la inmigración italiana es otra característica. Mineros que, debido a un acuerdo entre Italia y Bélgica tras la II Guerra Mundial, fueron a trabajar en las minas de Lieja. Alaphilippe no olvidará la carrera. Su error de levantar los brazos victoriosos antes de tiempo, le costó la victoria, en favor de Roglic. Algo que le compensaba por su derrota el penúltimo día en el Tour.

El Giro de Italia arrancó con un recorrido al que solo se atreven los italianos. Ellos trajeron al ciclismo moderno el sterrato, los caminos sin asfaltar que incluyeron en varias ediciones. También los puertos con tramos de tierra, como el colle della Finestre o el Plan de Corones, o, anteriormente, los puertos de pendientes extremas como el Mortirolo. Ideas que han copiado la Vuelta y el Tour. Lo mismo que antaño, en los tiempos de los grandes rodadores transalpinos, como Moser o Saronni, evitaban las cumbres anunciadas con pasos por los túneles a medio puerto. Lo que no les han copiado hasta ahora son las contrarreloj en descenso. Hace años el prólogo del Giro fue una crono bajando el Poggio hasta San Remo, y este año una de 15 kilómetros desde Monreale a Palermo. Un descenso que permitió al vencedor, Filippo Ganna, alcanzar una media superior a 58 kilómetros por hora, que lo dice todo. Analizando los resultados podemos ver que, aunque se trataba de una bajada, la máxima de que "el recorrido lo hacen duro los corredores" se cumplió, pues las diferencias entre los favoritos fueron notables. Un descenso en el que hay que dar pedales penaliza mucho a los más ligeros, a quienes no ayuda su peso para mover los enormes desarrollos. Si se añade la incidencia del viento, que cambió a mitad de la prueba, pasando de favorable a frontal, se puede explicar que Ganna, con sus casi dos metros de altura, hiciera semejante media horaria y sacara tanta ventaja. Entre los favoritos, el mejor fue Geraint Thomas, el guerrillero, aquel modesto trabajador de equipo que se reveló como Espartaco, en el Tour de 2018 para vencer contra pronóstico. Thomas, también un potente rodador, que sacó más de un minuto a contrarios como Nibali, Fulgsang y Kruijswijsk. Tras él, Simon Yates, vencedor el año pasado de la Vuelta.

Thomas y Simon Yates comparten, junto a otros campeones británicos como Wiggins o Adam Yates, haber formado parte de le escuela de Manchester. Un centro nacional de ciclismo que puso en marcha la federación británica con el propósito de alcanzar triunfos en la pista. Cosa que lograron, obteniendo campeonatos del mundo y olímpicos en persecución individual y por equipos. Fue tal el éxito, que su director, David Brailsford, puso en marcha el proyecto Sky, proponiéndose ganar el Tour de Francia con el más destacado de ellos, Wiggins. Trajo un preparador australiano de natación, que modificó los sistemas de entrenamiento, hizo que adelgazaran siete u ocho kilos, y el milagro se produjo. Wiggins ganó el Tour. A ese proyecto se sumó en marcha Froome, que sucedió a Wiggins, y a éste Thomas. La revolución, lo nunca visto, el salto de la pista a la carretera, produciendo buenos escaladores, se había conseguido. Esa escuela de Manchester ha sido el mayor criadero de figuras del ciclismo moderno. Pienso en Manchester y no puedo dejar de imaginar la ciudad industrial, tan ligada al desarrollo del capitalismo moderno, donde vivió Engels, y aportó algunas de las ideas más lúcidas para comprenderlo y superarlo. Y me pregunto si esos ciclistas que vivían allí, en sus paseos, se habrían cruzado con los viejos pasos de Engels, o si se habrían detenido a pensar frente a su estatua en First street, o en el rocódromo que la ciudad ha levantado con la forma de la barba pétrea de Engels. ¿Qué inspira a un corredor, además de su deseo de victoria, de fama, de éxitos? Quizá también desarrollar sus dones, en la bicicleta, y expresar para los demás la excelencia que el trabajo, más sus condiciones propias, le permiten mostrar. Como un pintor, un arquitecto, o un poeta. Así entiendo yo la virtud creativa, también ciclista, alimentándose de los demás, de los buenos ejemplos para, gracias a ellos, crecer y devolver el tributo. Así avanza la humanidad consciente.

Esta idea de las escuelas de ciclismo también se desplegó aquí. Yo me alisté en el ciclismo gracias a un anunció en el periódico que llamaba a los chavales a acudir al velódromo de Anoeta para apuntarse en la escuela de ciclismo. Nos juntamos una gran cantidad de niños bajo las instrucciones del gran entrenador José Luis Arrieta, que nos fue puliendo y creando una selección que se llamó la Escuela Capital, que competía con las otras cinco escuelas de las distintas comarcas de Gipuzkoa. Un tiempo de entusiasmo, donde los sueños personales se unían con los colectivos, y que produjo una cantera enorme de promesas.