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“Más allá de la clase, el sufrimiento de entregar a un hijo es lo que igualaba a las mujeres en Fraisoro”

La periodista y escritora Rosa Díez-Urrestarazu presentará su segunda novela, ‘Cuando brillan las manzanas’, este viernes a las 19.00 horas, en la FNAC.

“Más allá de la clase, el sufrimiento de entregar a un hijo es lo que igualaba a las mujeres en Fraisoro”Javier Colmenero

Con una dilatada trayectoria en el periodismo, la donostiarra Rosa Díez-Urrestarazu se lanzó en 2024 a la literatura con su primera novela. Su segundo trabajo,Cuando brillan las manzanas, llegó en otoño del año pasado y ya ha llegado a su segunda edición. La novela se centra en la casa-cuna de Fraisoro en Zizurkil y se ambienta entre las décadas de 1950 y 1960. Ocultando su embarazo por los códigos morales de la época y con el objetivo de dar a luz en dicha institución, se conocen tres jóvenes de estratos sociales muy distintos, Alejandra, Luciana y Jimena. Díez-Urrestarazu demuestra que el origen y el dinero no importan, puesto que es el sufrimiento el que igualó a todas aquellas mujeres.

¿Cómo le surgió el interés de escribir una novela sobre Fraisoro?

Siempre he sido muy curiosa por todo. Desde pequeña me llamó la atención cómo se hablaba de Fraisoro como en susurros. Eso de Fraisoro me sonaba a algo que había que silenciar. Con el tiempo empecé a buscar bibliografía, vi que no había mucha información, más allá de un libro muy interesante, Mujeres de barro, infancias de cristal, de Eva M. García, que es profesora de EHU. De cualquier modo, no había nada escrito en formato novela sobre una inclusa, una casa-cuna, que tuviera buenos niveles de higiene, que funcionaba bien... Me interesaba reflejar fielmente cómo era el edificio, cómo se regía y cómo iban a parar ahí las mujeres.

No es la imagen que existe en el imaginario colectivo sobre los orfanatos, desde luego.

Cada vez que oímos hablar de inclusas y de este tipo de temas, todo es algo oscuro, lúgubre, sucio, ilegal, hay niños robados... Esta novela me interesaba porque quería reflejar el sufrimiento callado de todas esas mujeres que durante el franquismo se vieron obligadas a ocultar una maternidad por razones ajenas a ellas. Se ha escrito sobre los niños robados, se ha escrito sobre muchas cosas en torno a este tema, pero nunca sobre esa madre que a los 20 años se quedaba embarazada, que no lo podía contar en casa y se tenía que deshacer del niño porque si no la iban a echar.

¿Qué es lo que más le sorprendió de Fraisoro?

El volumen de niños. Entre su apertura en 1903 y su clausura en 1994, Fraisoro vio nacer a 12.000 niños. Eso en Gipuzkoa, un territorio pequeño, y la mayoría de madres eran de la provincia o de alrededores. Es decir, que no venían desde Sevilla a Zizurkil a dar a luz. Me parecía un tema que estaba silenciado y creo que esas mujeres que se vieron en esa situación se merecen que se las recuerde. También me sorprendió conocer lo bien que estaba regida la institución para el bienestar de las madres y de los bebes.

En pocos meses desde su publicación, la novela ha llegado ya a la segunda edición. ¿Cómo ha sido acogida?

Me estoy llevando una sorpresa increíble. Mucha gente se ha puesto en contacto conmigo para contarme su experiencia de forma anónima tras la publicación de la novela. Hablo de mujeres que entregaron a una hija en Fraisoro. 

Imagino que será satisfactorio que esa gente que vivió aquello se abra con usted a raíz del libro.

Una de las cosas que más me ha emocionado ha sido que me contactaran los hijos del último pediatra de Fraisoro y que me dijeran que se había reflejado muy bien la sensibilidad del centro. Para mí es la mayor satisfacción. Porque, sobre todo, no he querido hacer sangre, ni caer en morbo, sino reflejar ese mundo emocional de esas personas que han estado ligadas a una institución pública, que no nos olvidemos, fue referencia en el Estado español, y que estaba regida por la Diputación y un Consejo Rector con total transparencia. Los niños podían estar allí hasta los cinco y luego, si nadie los adoptaba, pasaban al orfanato.

Una de las cosas a descubrir en la novela es que en Fraisoro también había hijas de familias acomodadas.

Existe en la sociedad una idea equivocada de que quien iba a la inclusa era una prostituta. Solo representaban al 10% del total. Hablamos también de señoritas de la alta sociedad guipuzcoana o vizcaina.

De hecho, la protagonista de la novela, Alejandra, es una joven de una familia bien de Neguri.

En Fraisoro había una zona que le llamaban la Zona de las Distinguidas y allí se alojaban aquellas que venían de un estrato social alto. De hecho, a las que venían de ese estrato social alto podían ingresar a partir de los cinco meses de embarazo. Las de estratos más bajos, en cambio, a partir del séptimo mes. Por lo que una joven de cinco meses, que es cuando se empieza a notar, podía decir que se iba a un internado a Francia, Inglaterra o Suiza y, realmente, estaba a 20 kilómetros de la ciudad. Antes, si tú te quedabas con el hijo, eras una mujer proscrita y el hijo, ni te cuento.

¿Había una doble moral?

Sin duda. Es lo que he querido reflejar eso, el sufrimiento de esas mujeres. Como decía, me he llevado la sorpresa de la cantidad de gente que se ha puesto en contacto. Sé de dos casos, por ejemplo, de mujeres que ya cuando tenían la muerte cerca, mujeres que pidieron a su familia que buscaran a ese hijo que habían entregado. Y en los dos casos consiguieron localizar. Son historias muy duras.

La losa de entregar un hijo es una carga para toda la vida...

Es algo para toda la vida. Siempre queda el pensamiento de “Y si no lo hubiese entregado, ¿qué hubiera sido?” Yo, que soy madre, me pongo en esa piel, y la angustia tiene que ser tremenda. Puedes casarte, rehacer tu vida, tener otros hijos, pero sabes que hay uno que anda por el mundo. Un conocido, al leer la novela, me habló de una mujer que yo ya conocida de Donostia, una mujer muy conocida. Esa mujer ya falleció, pero cuando tenía 50 años, se le presentó en su despacho un sacerdote y le dijo que su madre biológica le quería conocer. Ella no sabía que era adoptada. Le cambió la vida por completo. 

En esos casos surgirán muchas preguntas.

Querrás saber por qué te dejó tu madre. Y si ese por qué es una cuestión social de un contexto en pleno franquismo, no quiero ni pensar la cruz que ha tenido que ser para una mujer. Eso es un poco lo que he ido a reflejar con Alejandra, que es la protagonista, Luciana y Jimena, las coprotagonistas. Son tragedias muy distintas y vienen de clases sociales distintos, pero lo que les une ese sufrimiento que les va a acompañar toda la vida.

La novela está ambientada, principalmente, en Zizurkil, pero también aparecen Neguri, Donostia y Biarritz. Viaja casi por todos los territorios vascos.

Podía haber ambientado la novela en otros lugares. Alejandra, tras su estancia en Fraisoro, podía haberse marchado a cualquier otro lugar que no fuese Biarritz. Pero, ¿por qué aquí? Me parece que Euskadi es muy literario. Me parece que tenemos grandísimos escenarios. Iparralde ofrece muchas oportunidades de ambientación. Y Neguri, ¿por qué? Porque en aquella época era la zona donde vivían todos los ricos del Estado español, o sea, el dinero estaba en Neguri. Quiero reflejar que este dolor y este sufrimiento, afectaba por igual a ricas y a pobres. Es decir, una muchacha nacida en la casa más rica de Neguri, tenía el mismo sufrimiento con la que había venido de un pueblo de Castilla a servir. El dolor no sabe de dinero ni de posición social. 

En Fraisoro había un gran manzanar. ¿Viene de ahí el título del libro?

He querido destacar algo de nuestra identidad. Efectivamente, en Fraisoro había un extenso manzanal bajo el que las jóvenes se hacían sus confidencias, lloraban, se contaban sus tristezas. Ese manzanal, que ya no existe, es testigo mudo de tantas tragedias... Y luego, ¿por qué las manzanas? Pues porque, como decía, son parte de nuestra identidad como país. Y las manzanas han sido medio de subsistencia en nuestros caseríos durante siglos. En todos los caseríos había un tolare, se hacía sidra, los marineros cambiaban sidra por aceite o por bacalao... También servía como alimento, se hacía compota. Nuestra cultura no hubiera sobrevivido sin los manzanales de los caseríos. 

Es la segunda novela que escribe, después de haber ‘Deja escribir al tiempo’. Ambas son de corte histórico.

Sí, son novelas contextualizadas en nuestro pasado. Es un género que me gusta particularmente. Aunque lo que más me gusta en estas dos primeras, como en la tercera que estoy trabajando, es reflejar el mundo de las emociones, de los sentimientos, de cómo se viven las situaciones. En la primera quise reflejar el cambio que la Guerra Civil provocaba en una mujer donostiarra, no solo a nivel emocional, sino toda su vida: la destroza pero sobrevive y sale adelante. Nada es blanco o negro. Esta segunda está ambientada entre los 50 y los 60, aunque también se refleja el pasado del padre de la protagonista, de qué le ha llevado a tener esa maldad desmedida. Intento mostrar que todo el mundo tiene su tragedia, aunque desde fuera no nos los parezca. 

¿Qué puede contar de su próxima novela?

Estoy en fase de documentación. Será también de corte histórico. Una parte estará ambientada en Donostia y otra en Austria. Euskadi tiene muchísima historia, muy literaria y sobre la que igual no se ha escrito mucho. En este caso, habrá algún hombre protagonista, que tienen fuerza para salir adelante ante problemas complejos.