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Los cines Príncipe de Donostia proyectarán cuatro clásicos de Hayao Miyazaki como 'El viaje de Chihiro' y 'Mi vecino Totoro'

02.02.2021 | 01:03
Bo, Chihiro y el Sin Cara viajan a casa de la bruja Zeniba. Foto: N.G.

La SADE también exhibirá 'La princesa Mononoke' y ' El castillo ambulante' en un ciclo que se desarrollará hasta principios de marzo

Chihiro, Totoro, el castillo ambulante de Howl y la princesa Mononoke, junto a otros muchos personajes surgidos de la incansable imaginación del cineasta japonés Hayao Miyazaki (Tokio, 1941), llegarán a partir de este viernes a Donostia dentro de la programación de los Clásicos del Príncipe.

Cada semana se proyectará una película, con una sesión diaria, y habrá opción de verla tanto en versión original subtitulada, como doblada; sin duda, una oportunidad excepcional para que los más jóvenes de la casa se familiaricen con obras maestras de la animación, muchas veces marcadas por una fuerte presencia femenina, llenas de valores sobre el salto a la madurez, el respeto por la naturaleza y un acentuado antibelicismo que, a veces, se torna ambiguo al chocar con la obsesión del autor por los aviones de combate. El ciclo se iniciará este viernes con la proyección de una cinta de culto, Mi vecino Totoro (1988).


Años antes de fundar Ghibli, el estudio con el que cosecharía la mayoría de sus éxitos, Miyazaki dejó su sello en series de televisión bien conocidas por el público general. No en vano, en la década de los 70 colaboró en Heidi (1974) y Marco (1976), dirigidas ambas por el que una década después sería la otra pata de Ghibli, el cineasta Isao Takahata. Esta y otras experiencias le sirvieron a Miyazaki a la hora de sentarse en la silla del director en producciones televisivas como Conan, el niño del futuro (1978) y también para hacerse cargo de Lupin III, que le sirvió para elaborar su primer largometraje, El castillo de Cagliostro (1979).

'Mi vecino totoro'


Después de haber iniciado la carrera de Ghibli con El castillo en el cielo, 1988 fue un año clave porque demostraría las dos almas del estudio. Isao Takahata dirigió La tumba de las luciérnagas, un drama sobrecogedor sobre la posguerra mundial, mientras que Miyazaki apostó por una historia mucho más luminosa y, en ocasiones, contemplativa.

Con rasgos autobiográficos y evocando su propia infancia, el cineasta explora la ausencia de la madre como elemento impulsor de la madurez. Mi vecino Totoro, que se podrá ver desde este viernes al jueves que viene, cuenta la historia de Mei y Satsuki, dos hermanas que se trasladan al campo, a las cercanías del hospital en el que su progenitora se recupera de una enfermedad. En esos parajes descubrirán que en un gran alcanfor –árbol recurrente en el trabajo del director– reside Totoro, un espíritu del bosque con el que correrán aventuras durante el verano.

La tumba de las luciérnagas y Mi vecino Totoro no fueron especialmente bien acogidas en taquilla, aunque su éxito vino de revisiones posteriores. Aún más, Totoro se convirtió en un producto de merchandising muy rentable, además de transformarse en el icono del propio estudio, que cosecharía su primer éxito económico con su siguiente película, Nicky, la aprendiz de bruja (1989), también dirigida por Miyazaki.

La princesa Mononoke


Quizá la película más adulta de este cineasta –junto a El viento se levanta (2014)–; La princesa Mononoke se exhibirá entre el 12 y el 18 de este mes. Se trata del primer largometraje de Ghibli que se estrenó tras el pacto con Disney, que asumió la distribución internacional de todas las películas del estudio y que favoreció que esta cinta de 1997 fuese todo un éxito y que Miyazaki fuese considerado el referente indiscutible de la animación oriental a lo ancho y largo del globo.

El cineasta se embarcó en una película de corte histórico, alejándose de la narrativa habitual en el chambara –cine de samuráis– y volvió a explorar la relación entre los seres humanos y la naturaleza. Encontramos cierta similitud entre la protagonista San y Mowgli de El libro de la selva, ambos criados por lobos que en el caso de la cinta nipona vuelven a ser espíritus del bosque. La industrialización frente a la deforestación y el egoísmo del ser humano es el conflicto que vertebra esta historia.

El viaje de Chihiro


Aunque La princesa Mononoke trajo a Ghibli y a Miyazaki el éxito internacional, su trabajo más reconocido llegó en el año 2001. Se trata de El viaje de Chihiro, película con la que ganó el Oso de Oro de Berlín y el Óscar a la Mejor película de animación –es la única vez que una producción japonesa ha logrado este premio–, que en el Príncipe se podrá ver a partir del día 19. En su afán de aunar el sintoismo con una narrativa universal, Miyazaki ofrece su propia versión de Alicia en el país de las maravillas: Chihiro es una joven que se ve obligada a madurar cuando, sin querer, sus padres son convertidos en cerdos por la bruja Yubaba.

El periplo de Chihiro, que en Donostia se pudo ver en euskera y en pantalla grande en el Velódromo durante el Zinemaldia de 2002, es, por lo tanto, exterior e interior. "Yo quiero hacer de El viaje de Chihiro, una película en el que una audiencia de chicas de diez años pueda buscar lo que está buscando", reconoce el propio director en unas declaraciones recogidas en el libro Cómo piensan los niños y otros recuerdos de mi vida. Pese a esta afirmación, la filmografía de este autor no discrimina por géneros.

Si bien Miyazaki no se mira en el espejo de Lewis Carrol a la hora de hablar de esta y otras de sus películas –reivindica la influencia de cuentos folclóricos japoneses como La casa del gorrión y El palacio del ratón–, el eco de la obra del británico, del de la de los hermanos Grimm o de la de Hans Christian Andersen es algo más que patente. En este sentido, podemos apreciar una sombra de La bella y la bestia en Porco Rosso (1992) y, por supuesto, una presencia más explícita de La sirenita en Ponyo en el acantilado (2008).



El castillo ambulante


En este caso la referencia literaria es obvia: El castillo ambulante –se proyectará entre el 26 de febrero y el 4 de marzo– adapta, de una forma muy libre, la novela homónima de Diana Wynne Jones. En esta, Miyazaki vuelve hablar del sin sentido de la guerra y del paso a la edad adulta de la mano de Sophie, una joven que ha sido convertida en una anciana por la Bruja del Páramo. Para romper el sortilegio debe buscar al egoísta Howl, un mago que vive en un castillo que, al más puro estilo de la mitología eslava, cuenta con unas raquíticas piernas de pollo que le permiten caminar. Pese a defender la animación tradicional a mano, en esta obra el cineasta utilizó algunas técnicas en 3D. Fue la primera y última vez.