Hay imágenes del mundo del deporte que se vuelven virales aunque lo competitivo en su caso quede a un lado. Sucedió, por ejemplo, en 2015, cuando Fernando Alonso se sentó en una silla a tomar el sol en pleno GP de Brasil, en el circuito de Interlagos, al dejarle tirado su McLaren. Este lunes se ha podido ver a otro deportista tirado en plena competición, en este caso en los Juegos Olímpicos de Invierno, y también debido a una profunda decepción.

Homenaje y sueño olímpico

Se trata del esquiador noruego Lie McGrath, que llegaba a Milán-Cortina con la presión y el deseo de dedicar un triunfo a su abuelo fallecido precisamente el día en el que se celebró la ceremonia de inauguración hace diez días. “No sé cómo voy a gestionar los Juegos Olímpicos sin ti aquí. Lo único que me hace seguir es que siempre has querido que yo persiguiera mis sueños”, escribió en sus redes sociales, y decidió llevar un brazalete negro en su honor cada vez que se pusiera los esquís para competir.

La cosa no iba nada mal, porque el nórdico fue claramente el mejor en la primera manga de la prueba de eslalon, con una notable ventaja sobre sus rivales, con lo que si no pasaba nada raro en el segundo y último descenso podía certificar la medalla de oro. Pero ya sabemos lo de la piel del oso, y más en un deporte de tanta técnica, donde cualquier mínimo fallo puede arruinar todo lo conseguido hasta ese momento.

Imagen para la historia

Y fue lo que ocurrió: nada más comenzar la segunda bajada, se salió en una puerta y ese error lo condenó no sólo a perder la medalla de oro, sino a cualquier opción de subir al podio, porque automáticamente quedaba descalificado. Mientras el suizo Loïc Meillard celebraba su triunfo, McGrath, enfadadísimo y decepcionado, se llevaba las manos a la cabeza y ni terminó el recorrido. Tiró sus bastones, se soltó los esquís, se abrió paso entre la red que delimitaba la pista y se marchó caminando sobre la nieve hasta desplomarse junto a un bosque cercano y quedarse tumbado boca arriba. Como si quisiera huir de una realidad que no se podía creer.

La Policía y los oficiales de seguridad olímpica, en una labor bastante ingrata, tuvieron que ir a buscarlo y escoltarlo de vuelta al recinto, como si se tratara de un niño que se había escapado después de una rabieta monumental. Mientras tanto, el podio seguía su curso: junto al suizo Meillard, que se llevó el oro, subieron al cajón el austriaco Fabio Gstrein (plata) y el noruego Henrik Kristoffersen (bronce).