22 pueblos estrenan restricciones con temor a un confinamiento total

El disparo de los contagios ha provocado "temor" y "tristeza" en los municipios afectados y los vecinos asumen las medidas con resignación

24.10.2020 | 01:28
Varios vecinos paseando, ayer, por unas calles semidesiertas en Lezo.

donostia – Con los positivos disparados (545 nuevas infecciones ayer) y 22 pueblos en situación de alerta roja por sobrepasar los 500 casos por 10.000 habitantes, Gipuzkoa se prepara para un fin de semana con nuevas restricciones que persiguen reducir el impacto del COVID-19 en los municipios. Los vecinos de Andoain, Arrasate, Astigarraga, Azkoitia, Azpeitia, Beasain, Bergara, Deba, Eibar, Elgoibar, Hernani, Lazkao, Legazpi, Lezo, Oñati, Ordizia, Pasaia, Tolosa, Urnieta, Urretxu, Zumaia y Zumarraga serán los primeros en convivir con las nuevas limitaciones aprobadas por el Gobierno Vasco, una situación que muchos veían venir.

En Lezo, que suma 35 positivos en los últimos siete días, la jornada transcurre con normalidad, a la espera de que las nuevas restricciones entren en vigor. "Este es un pueblo en el que la gente se mueve mucho. Muchos salen a trabajar y por las tardes mucha gente va a Errenteria. Quizás sea por eso", señala Maria Jose Arévalo.

Tras el mostrador de la tienda en la que vende pan y golosinas, comenta, sin poder reprimir la emoción, que el ambiente en el pueblo es "triste" e incluso se percibe "miedo", especialmente entre la gente mayor, más vulnerable a los efectos del virus. Tampoco las previsiones económicas son halagüeñas. "La actividad no se ha recuperado del todo", lamenta, aunque se siente afortunada porque la venta de pan continúa funcionando. Aun con todo, se ha visto obligada a reducir el horario de la tienda, y desde hace unos meses cierra dos tardes por semana por el poco trabajo. "Es que es todo muy triste", dice con lágrimas en los ojos.

Menos pesimista se muestra Iñaki Larzabal, que de momento, aprovecha que puede moverse de Errenteria, donde vive, a Lezo, adonde acude con frecuencia a visitar a su nieta. "¡Qué vas a hacer, tienes que vivir!", exclama este hombre que asegura no tener miedo virus, porque "hay que convivir con él". Su día a día transcurre en un ambiente de tranquilidad, por ello, no le preocupan las nuevas restricciones, tampoco la posibilidad de un nuevo confinamiento. "Lo que tenga que venir vendrá. Si es lo mejor para todos no hay más historia", se resigna.

Para Edurne Esnaola, de la peluquería Ariz, la calle es una mezcla de "miedo" e "inconsciencia". "Creo que sí que hay miedo, pero luego sales, ves los bares a tope y... Es un poco contradictorio y creo que somos un poco inconscientes", reflexiona.

El incierto panorama económico y laboral es otra de las preocupaciones que planea sobre el municipio. Esnaola, por el momento, toca madera, porque desde el confinamiento ha estado "a tope" y cree saber por qué: "Hay tanta tristeza que la gente si se ve más preparada, mejor, es como que disimula ese sentimiento".

En Pasaia, en la última semana, 60 personas se han contagiado de COVID-19, una cifra que ha llevado al municipio a encender el semáforo rojo. En la calle se percibe poco movimiento, con terrazas prácticamente desiertas y comercios en los que los aforos se respetan.

A Lore Martínez le "pilló de sopetón" conocer que Pasaia estaba en "farolillo súperrojo". "Creo que en general se han respetado las medidas", dice. Su percepción es que en los últimos días la actividad social ha caído en picado: "En el pueblo no hay mucho fuste. Por las tardes, a partir de las siete ya no se ve vidilla. El pan, periódico y la compra tienes que hacer, pero se nota mucho bajón. Ayer –por el jueves– los bares estaban vacíos".

Ahora, están a la espera de que las nuevas restricciones condicionen su día a día, aunque reconoce que "el comentario general es que, al final, nos vamos a tener que meter en casa", dice en referencia a un nuevo confinamiento general.

Rosa apenas sale de casa para hacer la compra. Desde mayo, se ha impuesto un confinamiento voluntario por el temor que le provoca el virus y ver que las cifras no dejan de crecer en el municipio le causa "miedo". "Para dar una vuelta y no poder tomarme un café tranquila, me lo tomo en mi casa", afirma, hasta el punto que durante una cena con amigas en una sociedad, admite que lo pasó "realmente mal". "Me asusta mucho qué va a pasar de cara a navidades, porque para mí son unas fechas muy especiales", dice con tristeza, y es que todavía guarda en la retina los cuatro meses en los que no pudo ver ni a su madre, usuaria de una residencia de ancianos, ni a su hija, residente en Navarra.

"Lo peor de todo es que no me parece que la gente se haya relajado tanto como para que los casos se disparen tanto", admite, y reconoce que ha llegado a un punto que apenas ve las noticias porque le "desespera" la situación.

Rebeca Santos también constata un cambio en el municipio. "Se nota en general que empieza a haber miedo y la gente no sale tanto a la calle, las terrazas no están tan llenas", dice y reconoce que en el pensamiento de más de uno está un nuevo confinamiento. "Siempre se dice que eso no va a volver a pasar, pero sí que hay miedo. Yo trabajo en una tienda de ropa y eso nos puede matar", asevera.

Por el momento, seguirá con su vida con relativa normalidad, aunque invita a "andar con más ojo, hacer las cosas con cuidado y tener mucha precaución".

En Tolosa, con 97 casos en siete días, apenas se ve gente en las terrazas de los bares y el cierre de los parques infantiles aventura días de nuevas restricciones.

Josepi Garitano atiende a los pocos clientes que, sentados en su respectiva mesa, apuran un café de media mañana. "No hay alegría para entrar en los bares. No sé si es miedo o qué, pero se ha notado mucho bajón", dice esta hostelera cansada de que se demonice a su sector. "Procuras hacer lo que sabes y lo que te han dicho, pero hay mucha desinformación", lamenta, al tiempo que reconoce la "gran preocupación" existente en torno al futuro cercano. "Esta situación nos ha pillado de sorpresa. No sé qué ha podido pasar para que los contagios se disparen así y ahora a ver qué pasa", plantea.

En el bar-restaurante Bidebide, las nuevas restricciones han caído como un jarro de agua fría. Aitor Martin y Javier Hernández se afanan por reorganizar los espacios pero, sobre todo, el personal para "perder lo menos posible". Como no les da tiempo a preparar un ERTE, han llegado a acuerdos con los 25 trabajadores para reducir las horas y a partir del lunes aventuran una reducción "del 50% del personal o más". "Estamos en una situación muy muy tensa y muy crítica", denuncian. "Recuerda a la desesperación de marzo", lamentan.

Sin embargo, es una situación que veían venir. "Los mayores de 50 años han acatado todo, pero de 25 para abajo... ¡madre mía! Han pasado de todo y nos lo han puesto súper difícil. De coger los geles alcohólicos de las puertas y ponerse a jugar al fútbol. A la gente se le han puesto colmillos de lobo y han salido a la calle con ansiedad. Que si por qué quitas la música a las doce, problemas para desalojar el local... Ha sido de horror. No todos, evidentemente, pero sí muchos. Y yo no soy policía, soy camarero", cuentan.

Pese a todo, lamentan que las restricciones siempre miren "a los mismos". "Para cerrar a las nueve, casi es mejor que nos digan que tenemos que cerrar del todo", critican.

De momento, el panorama no es halagüeño. "Para este fin de semana teníamos el restaurante completo y las reservas se han anulado al 100%. Eso es que la gente tiene miedo, cuando hay más seguridad aquí dentro que fuera. Cada vez que se levanta un cliente de una mesa se desinfecta todo y en otros sitios no hacen eso".

También censuran la "gran incertidumbre" que existe, y es que las autoridades "un día te dicen una cosa y otro día te dicen otra".

Mientras el escenario se despeja y la situación mejora, habrá que amoldarse a unas restricciones que, aunque están aprobadas para los próximos quince días, tienen visos de llegar para quedarse un tiempo.

"Sí que hay miedo, pero luego sales, ves los bares a tope y... Es un poco contradictorio"

Edurne esnaola

Vecina de Lezo

"En el pueblo no hay mucho fuste. Por las tardes, a partir de las siete ya no se ve vidilla"

Lore Martínez

Vecina de Pasaia

"Hay miedo a que nos confinen. Yo trabajo en una tienda de ropa y eso nos puede matar"

Rebeca Santos

Vecina de Pasaia

"Entendemos que pongan restricciones, pero no que siempre sea a los mismos"

Javier Hernández

Vecino de Tolosa y hostelero

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