Haití-París

20.08.2020 | 23:16

'ZOMBI CHILD'

Dirección y guion: Bertrand Bonello. Intérpretes: Louise Labeque, Wislanda Louimat, Adile David, Ninon Francois, Mathilde Riu. País: Francia. 2019. Duración: 103 minutos.

Bertrand Bonello siempre desbordante, siempre atípico, nunca deja indiferente al público que acepta el reto de ver sus películas. El director de Casa de tolerancia (2011) se la juega constantemente; hace un cine radical, sin atenuantes ni aditivos. En él introduce sus obsesiones, sus querencias, sus inclinaciones más íntimas. El argumento siempre deviene en pretexto. Para que se ubique bien -y salvando todas las distancias-, cabría decir que Bonello mantiene una actitud con el oficio muy parecida a la que sostuvo Eloy de la Iglesia. La diferencia entre el francés y el vasco se debe al tiempo al que pertenecen y a la identidad cultural que les conforma. Viven el cine como un sacrificio. En Zombie Child, algo así como la criatura del zombie,-la hija del zombie si se traduce a la luz de su argumento-, en poco se parece a sus obras anteriores. De hecho, una mirada más preocupada por los argumentos que por la puesta en escena, probablemente no hilvanaría como suyas esa panoplia de títulos que conforman una trayectoria cinematográfica animada por el exceso. Director, guionista, productor e incluso músico, Bonello actúa como un autor total. Aquí, alejado de su polémica Nocturama aunque sin perder de vista la juventud de sus intérpretes, el cineasta se aventura en el mundo de la zombificación. Como no cabe esperar otra cosa, su lectura se muestra poco permeable a las reglas del género establecidas por George Romero. Sus referentes tampoco están por reiterar las claves de los últimos tiempos, sino que hurga en el universo primigenio de Jacques Torneur y en la lectura fin de siglo de Pedro Costa. Más cerca de Jodorowski que de las series de HBO y Netflix, Bonello propone un paso a dos; dos relatos cosidos por un entramado mínimo. Un auténtico pulso dialéctico que Bonello combina con absoluta libertad. A veces, su filme se abraza a la oscuridad y todo se hace misterio. Otras veces, por el contrario, desgaja del relato secuencias que sobrevuelan por sí mismas, como instantes emocionales trufados por una más que sugerente banda sonora. Así, en un ir y venir, Bonello logra minutos excepcionales, imágenes de poderoso impacto sensorial. Haití a un lado, París al otro; la sensualidad de ébano frente al erotismo de porcelana; lo salvaje versus lo civilizado. Un juego que Bonello ni culmina ni cierra y apenas lo une sirviéndose de una sencilla e inexplicada bisagra de ecos telúricos.